Por Ceferino Walter Ballesteros


Por Ceferino Walter Ballesteros
Cuenta la leyenda que jinetes de la antigüedad escoltaban fielmente en la llamada Ciudad Cordial a la famosa reina Bidú, la diosa amada del sabor. Por su sangre real corría el amor de su gente, que la vestía solo para ser exhibida, admirada y degustada por todo su pueblo, que siempre la trataba como reina. Un dragón celoso, disfrazado de corsario, llegó en su barco pirata y quiso ingresar al reino, pero no pudo hacerlo, ni siquiera con el brillo turbio de sus tesoros mal habidos.

Hasta que un día (¡Maldito ese día!) el dragón-corsario-celoso llevó adelante una jugada maestra: enamoró al pueblo y la reina terminó creyendo en él. Pero el visitante se las traía: en el momento de consumar su amor… ¡Mató a la reina con una infusión basada en té de coca! No satisfecho con ello, le traspasó su cola envenenada en su corazón… Y luego usó su propia vestimenta para que el pueblo ignore lo ocurrido y lo idolatre.
Muchos recordamos, hoy y siempre, a la reina Bidú, que a nadie le hacía mal y solo daba lo mejor de sí y de su gente. Mientras tanto el dragón-corsario-celoso empezó a pasar su tiempo de tramposa gloria vanagloriándose de sus proezas, aflojando bulones y destrozando el calcio de los huesos de generaciones futuras.
De los gallardos jinetes de la amada reina Bidú muy poco se sabe. Algunos conocedores de esta leyenda afirman que los jinetes se fueron yendo a otros tiempos, caminando como almas en pena, pero que aun así lograron sobrevivir por el calor del recuerdo de aquella época gloriosa.
Se los conocía por sus curiosos seudónimos: Negro, Polaco, Loco, Chinchín y Uruguayo. Uno de sus hijos (¡Un sobreviviente!) fue quien alguna vez se animó a escribir y a contar esta leyenda… la que algunos poderosos quieren ocultar. Mientras tanto, el dragón-corsario-celoso-cobarde, todavía sigue disfrazándose de bueno, enamorando a sus víctimas. Y revelando cuál es su verdadera identidad: aquella que aflora cuando se jacta diciendo que él "es así".
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