Se cumple un nuevo aniversario de la batalla de Caseros, el episodio que selló en 1852 la caída de Juan Manuel de Rosas y consagró el triunfo del Ejército Grande comandado por Justo José de Urquiza. Aquel combate no sólo redefinió el poder político de la época: también instaló una narrativa oficial, una verdadera pedagogía del poder, que trazó una línea directa entre ese episodio y la Revolución de Mayo de 1810. Es la llamada línea Mayo–Caseros.
Según esta corriente, existirían dos momentos clave que definirían a la Argentina en su camino hacia la modernidad y el progreso. El primero sería Mayo, cuando el país habría pasado de la esclavitud a la libertad. El segundo, Caseros, que habría marcado el tránsito de la barbarie a la civilización. Bajo este prisma, resultaba imprescindible romper con la estructura profunda del devenir histórico nacional: los vencedores debían apropiarse del origen mismo de la Nación, dejar atrás la tradición que había dado a la Patria su verdadero ser histórico antes de 1810 y clausurar la certeza de una Argentina posible, pensada desde adentro con una mirada propia, cuya continuidad fue interrumpida en 1852.
Se buscó así dotar a la Argentina de una historia arreglada, y este punto lo reconocería el propio Alberdi: “En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales Mitre, Sarmiento y Cía., han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos”.
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La Batalla de Caseros y el final de la Argentina provisoriaRosas fue un dique de contención frente a esa ideología, y por eso la narrativa de Mayo encontró su coronación natural en Caseros. Bajo esa lógica, el Restaurador ocupó el lugar del personaje maldito que debía ser superado. Se intentó borrar al gobierno de Rosas, al que el propio San Martín había señalado como ejemplo para los nuevos Estados americanos: una política realista del arraigo, en diálogo permanente con la realidad efectiva del país. Un proyecto federal orientado a la unidad de las provincias. Una concepción del poder anclada en la tradición y en la defensa de la soberanía, tanto territorial como espiritual. Todo ello se expresó a lo largo de su mandato en hechos concretos como la Vuelta de Obligado, el Pacto Federal, la Conquista al Desierto y el rescate de las cautivas, entre otras cuestiones.
La demonización de Rosas, por su parte, no fue un exceso retórico, sino una política de Estado para alimentar el mito. En 1857, el diputado Nicolás Albarellos lo dejó asentado en el Diario de Sesiones de la Legislatura: “Si no decimos desde ahora que era un traidor, y enseñamos en la escuela a odiarlo, Rosas no será considerado por la historia como un tirano; quizá terminará siendo el más grande y glorioso de los argentinos”.
Años más tarde, incluso Urquiza dejó constancia escrita de su accionar en Caseros, cuando tomó plena conciencia de las consecuencias que había desatado: “Toda mi vida me atormentará constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo en que lo hice, a la caída del general Rosas. Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que por mis esfuerzos y gravísimos errores he colocado en el poder”.
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El Estado ordenó el traslado del Sable Corvo de San Martín al cuartel de los GranaderosRosas, con todas sus luces y sus sombras, estableció orden en una tierra atravesada por la anarquía, mientras que el liberalismo que lo sucedió volvió a abrir las compuertas del conflicto interno, a lo que luego se sumó la participación argentina en la trágica Guerra del Paraguay. Frente a la defensa de la soberanía, se impuso luego una política de complacencia ante la injerencia británica. A la austeridad en el manejo del Estado le siguieron el endeudamiento y la dependencia, en una repetición tardía del desfalco inaugurado por el empréstito de la Baring Brothers en 1824.
Y mientras el rosismo concibió la política anclada en la trascendencia y orientada al bien común, el liberalismo tendió a reducirla a criterios de utilidad y lógicas de mercado. Sarmiento lo expresó con brutal sinceridad en el Senado de la provincia de Buenos Aires, en 1859: “Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran; porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios”.
Así, la llamada línea Mayo–Caseros quedó atrapada en su propia mitología. Pretendió erigir a esa batalla como umbral de la Nación moderna, pero la experiencia histórica mostró lo contrario: fue una derrota nacional y Rosas, la piedra de escándalo de una Argentina que no puede entenderse sólo desde los vencedores. “Me siento libre —diría Juan Manuel desde el exilio— porque la justicia de Dios está más alta que la soberbia de los hombres”.