Tal vez, ya te conté la historia de Marcos y Aquiles, pero, bueno, hoy sucedió algo que me hizo revivirla y quiero compartirlo con vos. Me llegó por mail un mensaje de una persona que no conozco, preguntándome si yo era la esposa de Marcos. Cuando le contesté que sí, me escribió que Aquiles había fallecido, que se lo dijera a Marcos.
Cuando a Marcos lo detuvieron, en una de las apretadas que le hicieron, dio el nombre de Aquiles. Marcos salió a los dos o tres años y Aquiles estuvo preso durante mucho tiempo más. Coronda. Magdalena. Rawson. Marcos vivió siempre con la culpa de no haber resistido y haber cantado su nombre. Perdió todo contacto con él. Por razones laborales, entró en estrecha relación con una madre que conseguía permisos especiales para ver a su hijo preso. Lo visitaba en Rawson.
Ella conocía el vínculo entre Marcos y Aquiles, quien por ese entonces también estaba en Rawson. Inventando un parentesco, se las ingenió para verlo y, a partir de ese momento, hizo de correo con notitas y recados, incluso llevándole regalos que en realidad compraba cada vez que hacía el viaje y le decía que eran envíos de Marcos: plantines, alguna latita, libros… Después del 83, Aquiles salió.
Un día, algunos años después, sonó el portero eléctrico de nuestro departamento en Rosario y al atender escuché "Soy Aquiles". No lo conocía personalmente. Tuve ganas de desaparecer, de hacerme humo. Abrí la puerta y él entró. Marcos se acercó a recibirlo. Los dos se sentaron en los sillones del hall, uno frente al otro, tocándose casi con las rodillas. Hablaron muy bajito.
Marcos le dijo: "Disculpame, no aguanté". Eso alcancé a oír. Aquiles se puso de pie, le tendió la mano para que Marcos se levantara y lo abrazó. Eso fue todo. Hoy, un desconocido me pide que le avise a Marcos que Aquiles falleció y tuve que avisarle que Marcos también había fallecido y que, tal vez, seguirían la charla en otro lado.
Y sentí que yo también necesitaba hablar con una amiga. Por eso te llamo.