¿Por qué viajar a Malvinas puede ser un puente de paz?
Turismo de Memoria vs. Turismo Oscuro. Las islas ofrecen al futuro viajero dos posturas o conductas absolutamente distintas, que el autor describe aquí en profundidad y con agudeza, más allá de los números y las estadísticas.
En el campo de batalla. El turismo de memoria propone recorrer estos sitios desde la historia, el respeto y la construcción de sentido.
Un turista se saca una selfie en un antiguo campo de batalla. A pocos kilómetros, el hermano de un soldado argentino caído en combate deja una flor sobre una tumba blanca. Dos formas de pisar Malvinas. Dos formas de habitar la historia. Una consume el dolor como si fuera una postal; la otra intenta comprenderlo.
Ese es el dilema, profundo y actual, entre el Turismo de Memoria y el llamado Turismo Oscuro. La línea que separa la conmemoración respetuosa del consumo morboso es increíblemente fina y fácil de cruzar. ¿Es posible visitar un antiguo campo de batalla sin banalizar el sufrimiento que todavía late bajo esa tierra?
En Malvinas, esta no es una pregunta teórica: es una decisión que cada visitante toma, aun sin advertirlo. Antes de cualquier debate político o diplomático, el territorio interpela. Y quien llega, no vuelve indemne. Hablar de turismo suele remitirnos al ocio, al descanso y al movimiento de divisas. Sin embargo, existen viajes que no se explican en folletos ni en rankings globales.
Hay viajes que no buscan desconectar, sino recordar. En el marco de la relación entre Argentina y el Reino Unido, con la herida de Malvinas aún abierta, viajar a las islas no es un simple desplazamiento físico: es un acto cargado de sentido histórico, emocional y simbólico. No se trata solo de ir, sino de cómo, por qué y desde dónde se pisa ese suelo.
Para los argentinos, las islas son territorio irrenunciable, memoria viva del sacrificio de 1982 y parte constitutiva de la identidad nacional. Mientras la diplomacia formal permanece muchas veces congelada por reclamos de soberanía contrapuestos, emerge una pregunta incómoda pero inevitable:
¿Qué papel juegan los ciudadanos que deciden estar allí, cuerpo presente, frente a una historia que aún duele y divide? Responderla exige una distinción ética fundamental.
El Turismo de Memoria no busca la espectacularización del sufrimiento. Busca comprender, homenajear y reflexionar. Cuando un veterano, un familiar o un ciudadano visita el Cementerio de Darwin, o los antiguos campos de batalla, el sentido del viaje no es el impacto emocional inmediato, sino la resignificación de la pérdida para que el sacrificio no caiga en el vacío del olvido.
No se puede ser neutral
Este tipo de turismo incomoda, obliga a mirar de frente y demuestra que una misma historia puede ser narrada desde perspectivas distintas sin relativizar verdades ni diluir responsabilidades. En el extremo opuesto, el Turismo Oscuro, cuando se vacía de contexto y profundidad, corre el riesgo de convertir el dolor ajeno en una experiencia de consumo rápido.
Entre el recuerdo y el espectáculo, el turismo también puede elegir de qué lado de la historia pararse.
Allí, el visitante deja de reconocerse como sujeto histórico para transformarse en un espectador pasajero de una tragedia que no le exige nada. En Malvinas, el turismo no puede ser neutral: o es consciente y respetuoso, o reproduce una forma silenciosa de violencia simbólica.
Este riesgo se vuelve tangible en las más de 70.000 visitas anuales de excursionistas de cruceros que desembarcan por apenas unas horas. Llegan, miran y se van. Frente a esa marea de visitas fugaces emerge un grupo casi invisible en las estadísticas, pero de enorme peso simbólico: los 558 argentinos que en 2024 decidieron viajar para quedarse, habitar las islas durante, en promedio, seis noches.
¿Qué memoria puede construirse en una excursión cronometrada de tres horas frente a seis días de silencio en los mismos paisajes? El 95% de los visitantes a las islas llega en cruceros. Esa lógica de consumo rápido transforma al territorio en una postal exótica y a la historia en un decorado.
La experiencia de quienes eligen detenerse queda, en ese contexto, diluida por una industria que empaqueta la tragedia como un producto más del catálogo. En el caso de los visitantes argentinos, la motivación para viajar está atravesada por una dimensión difícil de cuantificar, pero central para comprender el fenómeno: la necesidad de estar.
No se trata, en la mayoría de los casos, de un viaje recreativo ni de la búsqueda de impacto emocional, sino de una aproximación silenciosa a un territorio cargado de sentido histórico y simbólico. Caminar esos espacios y detenerse en los sitios de memoria funciona como una forma de conocimiento, más cercana a la introspección que al consumo turístico.
El perfil del visitante confirma que no se trata de turismo convencional. La edad promedio supera los 50 años, predomina el público masculino y la participación en actividades vinculadas al conflicto, como los battlefield tours o la visita al Cementerio de Darwin, es significativamente más alta que en otros mercados.
Además, cerca de una cuarta parte de los turistas ha viajado a las islas tres o más veces, un dato que sugiere fidelidad emocional más que repetición turística.
El concepto de soberanía moral
Pero más allá de los números, el dato verdaderamente relevante es otro: la forma en que se visita un territorio también expresa una posición política. No se trata solo de quién administra un espacio, sino de cómo se lo habita.
En ese sentido, existe una dimensión menos visible, pero no menos decisiva, de la soberanía: una soberanía moral, que se construye a partir del respeto, la memoria y la voluntad de comprender al otro sin renunciar a la propia historia.
El viaje, además, rompe el monólogo interior que todos llevamos sobre el otro. Para que eso ocurra, hay que estar dispuesto a escuchar una historia que no siempre encaja con la propia narrativa del conflicto. Estas experiencias generan pequeñas fisuras en los prejuicios; grietas mínimas que, una a una, pueden desarmar décadas de distancia emocional.
Desde las Relaciones Internacionales, el Turismo de Memoria puede leerse como una forma silenciosa pero efectiva de poder blando. Cada visitante se convierte, quiera o no, en un actor de intercambio cultural. La experiencia directa humaniza al “otro” y abre canales que la diplomacia formal muchas veces no logra habilitar.
En este contexto, la conectividad aérea deja de ser un asunto técnico para convertirse en una decisión política. La ausencia de vuelos directos desde Argentina y la dependencia de una única conexión semanal postergan encuentros posibles. Cada vuelo que no existe es una conversación que no sucede. Aun así, los argentinos siguen llegando.
La cantidad puede ser modesta, pero su peso simbólico es enorme. No es una estadística fría: es el reflejo de una necesidad persistente de conexión. Cada uno de esos viajes es un acto consciente que desafía la idea de que la única relación posible con Malvinas es el conflicto perpetuo. Son pequeños puentes humanos que se construyen uno a uno.
El interrogante clave es si estos 558, parte de los 2.695 turistas internacionales que pernoctaron al menos una noche en las islas, son puentes potenciales o simples anomalías dentro de un sistema diseñado para el visitante fugaz que permanece apenas 180 minutos.
Respeto, memoria y empatía
Promover el Turismo de Memoria no es solo una postura ética: puede y debe ser una política pública. No reemplaza el reclamo de soberanía ni la diplomacia internacional, pero los dignifica. La soberanía se defiende con derecho y persistencia; la paz, en cambio, se construye entre personas.
Cuando la política entra en punto muerto, los ciudadanos pueden ejercer otra forma de soberanía, basada en el respeto, la memoria y la empatía. El gran riesgo es que un conflicto que sigue siendo una herida abierta se transforme en un simple telón de fondo: un decorado histórico para experiencias personales emotivas.
En ese proceso, la urgencia política se diluye y el conflicto se empuja injustamente hacia el pasado, cuando no lo es. Aun así, el Turismo de Memoria, especialmente el que practican los argentinos, representa una de las formas más humanas de abordar un conflicto que lleva décadas congelado.
Cada viaje es un pequeño acto de paz; una prueba de que el deseo de comprender y recordar puede abrir caminos de encuentro que la política tradicional no logra transitar. Viajar a Malvinas desde la memoria es un acto de soberanía moral. Mirar las cicatrices del pasado no perpetúa el rencor: puede abrir caminos de comprensión.
En Darwin, el silencio pesa. Se camina más despacio, se habla menos, se aprende a escuchar. El viento sopla igual sobre la pradera, sobre las cruces blancas y sobre los cerros donde aún resuenan nombres que no figuran en los mapas.
En Malvinas, el territorio interpela. Porquesi quienes combatieron y cargan con la memoria más pesada han podido tender puentes de respeto,... ¿qué nos impide a nosotros, los que no estuvimos, aceptar que, a veces, un viaje puede ser el primer paso hacia una paz que aún no sabemos nombrar?