La pérdida de hábitat, la contaminación, el cambio climático y la introducción incontrolada de especies exóticas invasoras han demostrado ser las principales causas de pérdida de biodiversidad a nivel de ecosistema y del retroceso numérico y la extinción a nivel de especie.
Sin embargo, en los últimos tiempos se ha generado la percepción de que la defaunación se debe a las actividades extractivas para uso comercial, ya sean legales o ilegales.
Desde hace mucho tiempo, los humanos se han convertido no solo en la especie dominante en términos del enfoque trófico, sino también en los arquitectos de un nuevo ecosistema en el que los componentes naturales se ven afectados por las actividades antrópicas a nivel local, regional y global.
Hemos evolucionado moldeando el entorno en base a nuestra capacidad de aprovechar y domesticar la fauna y la flora, lo que no solo nos permitió prosperar y multiplicarnos más allá de lo que el ambiente podía tolerar de forma sostenible, sino también ocupar espacios que antes nos eran inaccesibles.
Esto generó la sobreexplotación y la falsa sensación de "abundancia eterna", que, a pesar de numerosas advertencias, finalmente chocó con la realidad entre principios y mediados del siglo XX.
El uso sostenible es una abstracción que solo se entiende desde una perspectiva humana. No es cierto que los animales solo cazan lo que pueden comer. Hay muchos ejemplos que demuestran que no es así; simplemente, cuando una especie utiliza el medio ambiente o uno de sus componentes más allá de sus límites, este se autorregula a cualquier costo.
La sostenibilidad no ocurre por procesos naturales, aunque se basa en ellos, sino por decisiones de gestión que requieren análisis, evaluación, monitoreo y remodelación. Este es claramente un proceso no natural, sino humano.
Todo ser vivo utiliza y modifica el entorno en el que vive. Los ecosistemas se configuran por la dinámica de las conexiones ecológicas entre las especies, que impulsan cambios, adaptaciones, extinciones y la aparición de nuevas especies.
Nuestros antepasados no escaparon a este proceso, pero cuando comenzaron a organizarse como cazadores y posteriormente estructuraron las bases de la agricultura, comenzaron/comenzamos a asumir un papel central en la configuración del medio ambiente, en comparación con las demás especies del planeta.
Más allá de nuestras necesidades originales de alimento y refugio, se han añadido culturalmente a nuestra sociedad otras actividades relacionadas con la territorialidad, la dominación de otros y la demostración y el uso del poder.
Si bien la mayoría de las especies tienen la necesidad de construir dominio hacia adentro y hacia afuera, nuestra creciente población y los avances tecnológicos están produciendo un estrés sostenido en esta relación que pone en riesgo tanto al ecosistema como a nuestra propia sociedad.
La recolección de pieles, carne, madera y otros productos naturales, así como la minería, fueron nuestras principales actividades extractivas como especie. Este modelo funcionó relativamente bien hasta que nuestra población en el planeta comenzó a crecer exponencialmente.
Cientos de especies de uso común estaban en declive a mediados del siglo XX, lo que condujo a un período de prohibición, control y regulación del uso de la vida silvestre que generó resultados positivos en pocos casos y lugares, pero fracasó estrepitosamente en la mayoría.
Las prohibiciones de las décadas de 1960 y 1970 demostraron que el declive de las poblaciones silvestres en muchas regiones solo podía detenerse o mitigarse con la decisión de gestionar las especies de forma sostenible.
En 1980, la Estrategia Mundial para la Conservación propuesta por la UICN, el PNUMA y el WWF reconoció y apoyó la necesidad de utilizar los recursos de forma sostenible para garantizar que las generaciones futuras también puedan hacerlo, una perspectiva que hasta entonces no había existido en las estrategias convencionales de prohibición y sanción.
Hoy en día, este enfoque, científicamente probado como beneficioso para muchas especies y ecosistemas y especialmente para el sustento de los pobladores locales, choca con las campañas globales del animalismo, el anti-uso y los supuestos promotores de los derechos de los animales.
Estas estrategias, con publicidad estructurada y promoción mediática de alto perfil, pero sin respaldo científico alguno, conducen en muchos casos a la pérdida no solo de los programas de conservación basados en el uso sostenible de las especies, sino también a los incentivos para que la población local se involucre en la conservación del ecosistema.
Los argumentos que suelen emplearse en estas campañas se relacionan con el bienestar animal, lo cual es no solo positivo sino también encomiable, ya que evitar todo sufrimiento innecesario a los animales debería ser un componente obligatorio de cualquier programa.
Hoy en día, la mayoría de estos programas demuestran científicamente el cumplimiento de este requisito, lo que no los exime de las críticas "morales", que no reciben quiénes todo matan y destruyen con el "desarrollo urbano" y el consumismo.
Al perder el argumento del bienestar animal, estas campañas vuelven a la infundada agenda anti-uso, porque hay que "dejar en paz" a los animales, mientras asistimos a su desaparición.
Por supuesto, no podemos ser ingenuos y pensar que los programas de uso sostenible pueden resolver todos los problemas de conservación in situ, ya que muchas especies y ecosistemas requieren enfoques diferentes donde el uso extractivo no es una opción.
Sin embargo, en casos donde esto no solo es posible, sino que ha demostrado durante décadas que incentivar a las comunidades locales conduce a un aumento en el número y la variedad de especies explotadas, promoviendo así la conservación del ecosistema que habitan, es inaceptable descartar la estrategia por temor a críticas en redes sociales, a veces bienintencionadas, pero siempre desinformadas.
Existen muchos ejemplos a nivel mundial de programas de uso que revirtieron la tendencia a la desaparición de especies y ecosistemas.
En muchos casos, esto ha ocurrido en un contexto adverso, con críticos que abogan por el regreso a estrategias pseudo proteccionistas que, bajo el lema de "no cazar y no usar", han fomentado la caza furtiva, desincentivado a las comunidades locales y erosionado el interés de los pobladores por la conservación.
Las tendencias poblacionales en los lugares donde los programas de incentivos para la conservación comienzan a desaparecer, muestran que el "anti-uso" mata y destruye más que lo que dice proteger, cuando la propuesta es dejar de hacer lo que funcionaba bien, para regresar a los fracasos del pasado, aunque se los pretenda maquillar de bondad, altruismo y empatía hacia los animales.
El autor es médico veterinario. Copresidente del Grupo de Especialistas en Cocodrilos. Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.