Una de las acepciones de la palabra “País” en el Diccionario de la Real Academia Española es “Tira de papel, piel o tela que cubre la parte superior del varillaje del abanico”. Es lo que integra a las partes, lo que une a la estructura.
¿Qué país?
¿Recursos naturales o industria? ¿Mercado interno o mundo? ¿Crecer o distribuir? Con empresas sofisticadas, ciencia y una historia industrial, la Argentina tiene con qué construir capacidades en un mundo de velocidad tecnológica inédita. Lo que todavía no tiene es un acuerdo sobre la pregunta que lo ordena todo: ¿Qué país queremos ser?

Hay preguntas que olvidamos hasta que vuelven, una y otra vez. ¿Qué producimos? ¿Qué lugar ocupa el trabajo de valor en nuestra sociedad? ¿Qué capacidades institucionales, productivas, científicas y tecnológicas tenemos? ¿Qué Estado necesitamos para que esas capacidades no se pierdan? Y, detrás de todo, insistente, ¿Qué país queremos ser?
Las tres Argentinas
Bernardo Kosacoff (2026), propone una imagen potente para pensar la Argentina. No existe una sola Argentina productiva, sino tres. Hay una Argentina moderna, competitiva, integrada a las fronteras tecnológicas internacionales; otra enorme, vinculada fundamentalmente al mercado interno y con una función central en la generación de empleo; y una tercera marcada por la informalidad, la baja productividad y la exclusión. Son tres estructuras económicas con su correlato social. La pregunta por el desarrollo es, esencialmente, una pregunta por la posibilidad de integrarlas.
La primera es extraordinariamente valiosa. Reúne sectores capaces de competir internacionalmente, exportar, invertir en investigación y desarrollo y emplear trabajadores altamente calificados. Allí aparecen las capacidades más sofisticadas que construyó nuestro país y están en los sectores de agroindustria, energía, biotecnología, industria nuclear y satelital y servicios basados en conocimiento. Kosacoff señala que son capacidades que pocos países en desarrollo poseen y que constituyen un activo estratégico.
La segunda es más amplia y está vinculada al mercado interno. Allí se encuentran buena parte de las empresas PyMEs y actividades que generan empleo y que acumularon capacidades productivas durante décadas. Sin embargo, están lejos de las mejores prácticas internacionales, con problemas de productividad, escala, financiamiento e innovación. Su importancia no radica solo en cuánto produce hoy, sino en su capacidad de generar empleo de calidad y en que allí pueden desarrollarse capacidades que mañana permitan crear nuevos sectores exportadores.
La tercera Argentina es la de la informalidad, la baja productividad y la exclusión en la que se encuentran amplias capas de la población. Para Kosacoff, el desafío no es simplemente asistirla, sino encontrar caminos para brindarle capacidades, formación, empleo y oportunidades de integración.
Las tres Argentinas no pueden pensarse como compartimentos estancos. El verdadero desafío del desarrollo es trabajar sobre las necesidades de cada una de ellas.

¿Por qué la industria?
La industria tiene una característica decisiva para el desarrollo: genera encadenamientos, vínculos con el resto de la economía. Una nueva actividad productiva demanda insumos, maquinaria, servicios profesionales, conocimiento y nuevas capacidades. Determinadas actividades pueden generar nuevas inversiones y empresas a su alrededor y modificar progresivamente la estructura productiva. Albert Hirschman llamó la atención sobre estos efectos de “enlace” hacia atrás y hacia adelante: el desarrollo no consiste simplemente en producir más, sino en generar conexiones capaces de multiplicar las oportunidades productivas.
Por eso, hablar de industria es hablar de capacidades. Y las capacidades no aparecen espontáneamente. Se construyen durante años, y hasta durante décadas.
Friedrich List, el economista alemán del siglo XIX planteó una idea que Ha-Joon Chang recuperaría mucho después en Kicking Away the Ladder (2002). Los países hoy desarrollados utilizaron protección, promoción industrial, políticas tecnológicas y otras herramientas para consolidar sus capacidades productivas y alcanzar posiciones de liderazgo internacional. No construyeron necesariamente sus capacidades productivas siguiendo desde el comienzo las mismas reglas de libre comercio que posteriormente recomendaron a otros.
La cuestión no es copiar mecánicamente esas políticas, sino saber que el desarrollo tiene historia y que las ventajas competitivas se construyen. Tampoco es hacer una defensa automática del proteccionismo, sino saber que el desarrollo es un proceso de construcción de capacidades y, por lo tanto, requiere estrategia.
¿Mercado interno o exportaciones?
En Argentina esta discusión suele plantearse como una disyuntiva: mercado interno versus exportaciones, pero quizás la cuestión sea otra: cómo lograr que ambos se refuercen.
Una economía compleja necesita exportar para generar las divisas que permiten sostener el crecimiento y financiar importaciones. Pero también necesita un mercado interno dinámico, que puede ofrecer escala, aprendizaje, desarrollo de proveedores e incorporación tecnológica.
Un problema cierto es que una economía puede necesitar simultáneamente expandir el consumo y la inversión internos y generar un superávit externo suficiente para financiar sus importaciones. Allí aparece uno de los dilemas macroeconómicos argentinos: cómo crecer sin que el crecimiento de la demanda vuelva a producir rápidamente una crisis de divisas.
El desafío es construir una relación virtuosa: que el mercado interno contribuya a desarrollar capacidades productivas y tecnológicas, y que esas capacidades puedan traducirse en mayor productividad y capacidad exportadora. A su vez, que las exportaciones no sean solo una fuente de divisas, sino también una oportunidad de aprendizaje e innovación.
Entonces, ¿Qué estructura productiva necesitamos para que ambos se potencien?
El planteo de Aldo Ferrer en La economía argentina: desde sus orígenes hasta principios del siglo XXI (2004), continúa vigente. Su idea de desarrollo combinaba industrialización, innovación, mercado interno, estabilidad macroeconómica, empleo y distribución del ingreso. Hablaba de construir una economía “integrada y abierta”; integrada internamente pero abierta al mundo, capaz de generar tecnología y exportaciones, pero también de sostener una sociedad con empleo y demanda.
La discusión, entonces, no debería ser “cerrarnos o abrirnos”. Debería ser: ¿qué capacidades necesitamos construir para poder abrirnos al mundo sin quedar reducidos a aquello que el mundo ya nos compra?
La velocidad tecnológica parece arrasar todo
Hay, sin embargo, una nueva cuestión. El cambio tecnológico actual parece avanzar a una velocidad que desafía el actual paradigma económico. Una tecnología puede transformar una industria completa en pocos años.
¿Tiene sentido entonces que cada país intente desarrollar sus propias capacidades? No se trata de desarrollar tecnología de frontera en todo, sino de tener capacidad de absorción. La diferencia entre importar una tecnología y tener capacidades para comprenderla, adaptarla, mejorarla y desarrollar riqueza a partir de ella puede ser decisiva.
En una época en la que el ritmo es inédito, la pregunta por las capacidades nacionales se vuelve todavía más importante porque un país puede tener recursos, capital, científicos, empresas y mercado, pero si no consigue articularlos en una estrategia sostenida, difícilmente esos activos se conviertan en desarrollo.
Aquí aparece Mariana Mazzucato con El Estado emprendedor (2013). Su planteo cuestiona la idea de que el Estado solamente debe corregir las fallas del mercado y dejar que la innovación ocurra exclusivamente en el sector privado. La investigación pública, las universidades, el financiamiento de largo plazo y las compras estatales pueden asumir riesgos que luego permiten la aparición de nuevas empresas, mercados y tecnologías.
Esto no significa reemplazar al sector privado. Significa reconocer que las grandes transformaciones tecnoeconómicas suelen requerir el desarrollo de ecosistemas donde Estado, empresas, universidades y sistema científico interactúen y generen sinergias de desarrollo.
El think tank Fundar plantea en La política industrial en el siglo XXI (2024), que necesitamos conectar mejor el conocimiento científico y tecnológico con el aparato productivo y construir una política industrial capaz de seleccionar objetivos, evaluar resultados y desarrollar capacidades estatales.

El mercado tampoco es una fuerza natural
Karl Polanyi aporta otra pieza a este rompecabezas. En La gran transformación (1944) mostró que los mercados no existen separados de las instituciones y de la sociedad que los organiza. Las reglas, derechos de propiedad, sistemas financieros, infraestructura, educación, moneda y legislación son parte de la arquitectura institucional sobre la cual funcionan los mercados.
Por eso, la discusión no debería ser simplemente “mercado o Estado”. Debería ser, ¿Qué instituciones necesitamos para que el mercado contribuya a construir las capacidades que nuestro país necesita?
Y aquí aparece uno de los desafíos centrales de la Argentina. Construir políticas que no sean ni protecciones eternas ni abandonos repentinos.
Hay empresas que necesitan integrarse más al mundo. Otras necesitan desarrollar productividad. Otras necesitan financiamiento, escala, tecnología o nuevas formas de organización. Algunas pueden ser futuras grandes exportadoras. Otras cumplen funciones decisivas por su empleo y por su presencia territorial aunque tengan escasas posibilidades de exportar.
Una política industrial moderna necesita objetivos, evaluación, plazos y exigencias de productividad, innovación y exportación. Fundar señala que la política industrial no debe ser solamente defensiva, debe promover inversión, investigación, productividad, exportaciones y nuevos sectores de alta intensidad tecnológica.
La industria, por lo tanto, no debería ser protegida por el simple hecho de existir, pero tampoco debería ser abandonada simplemente porque hoy no puede competir en igualdad de condiciones con empresas que operan con escalas, tecnologías o políticas estatales diferentes.
La cuestión es saber qué capacidades puede generar, qué encadenamientos produce, qué aprendizaje permite y qué objetivos puede alcanzar con políticas adecuadas.
Pensar en un país
La discusión sobre desarrollo debe recuperar una pregunta que parece sencilla, pero es compleja, y es económica, social y política:
¿Qué país vamos a construir?
¿Uno que se especialice en exportar recursos naturales?
¿Uno que aproveche esos recursos para generar cadenas de valor cada vez más sofisticadas?
¿Uno que desarrolle industrias capaces de exportar conocimiento?
¿Uno que convierta su sistema científico en nuevas empresas, tecnologías y soluciones productivas?
¿Uno que fortalezca sus instituciones para sostener capacidades generadas durante décadas, más allá de los ciclos políticos?
¿Uno que tenga un mercado interno capaz de generar empleo, aprendizaje y oportunidades para amplios sectores de la sociedad?
¿Uno que pueda hacer todo esto al mismo tiempo?
No hay una respuesta sencilla. Tampoco hay una receta universal, pero la historia económica muestra que los países desarrollados no llegaron a serlo simplemente porque dejaron que sus ventajas naturales determinaran qué producir y venderle al mundo. Construyeron empresas, conocimiento, infraestructura, instituciones, mercados y capacidades.
El mundo cambió. La velocidad tecnológica es otra. Las cadenas globales son más complejas. La inteligencia artificial transforma actividades enteras. El capital se mueve con una velocidad que hace más difícil sostener estrategias nacionales.
Argentina tiene activos valiosos. Tiene empresas con capacidades sofisticadas. Tiene recursos naturales. Tiene un mercado interno significativo. Tiene universidades, científicos, ingenieros y una historia industrial que constituye un activo que muchos países no poseen. La cuestión es cómo articularlos.
Que los recursos naturales generen divisas, pero también proveedores, tecnología e industria.
Que el mercado interno genere empleo, pero también aprendizaje y nuevas empresas exportadoras.
Que la ciencia produzca conocimiento, pero también nuevas actividades económicas.
Que el Estado financie riesgos, pero exija resultados.
Que las empresas inviertan, innoven, exporten y desarrollen proveedores.
Que la apertura al mundo sea una oportunidad para aumentar capacidades y no solo un mecanismo para reemplazar producción local por importaciones.
Que el desarrollo económico tenga también su dimensión social; que las capacidades creadas por una sociedad puedan ampliar las oportunidades de quienes hoy están afuera de sus circuitos productivos.
Desarrollar un país es construir la capacidad integrada de saber y decidir cómo generar riqueza y bienestar para la sociedad que imaginamos.
Quizás, entonces, se trate de pensar en un país, eso que une las partes, eso que integra la estructura. Como en el abanico.
Quizás, entonces, todas las preguntas remitan a una primigenia. Esa sobre la cual Argentina aún no genera consensos mínimos.
Esa pregunta inquietante y necesaria: ¿Qué país?








