El ruido es una porquería. Sin vueltas. Una patología socio-urbana en expansión, pese a las advertencias y prédicas de profesionales de la salud y organismos internacionales como la OMS y la Agencia Europea del Medio Ambiente (AEMA), cuyas estadísticas indican que el ruido causa, solo en Europa, 66.000 muertes prematuras, 50.000 casos de enfermedad cardiovascular y 22.000 de diabetes tipo 2 por año.
El ruido puede matar

Latinoamérica, culturalmente alérgica a las estadísticas, carece de indicadores similares, pero los efectos se sienten. Los profesionales de la salud alertan sobre las consecuencias de la cotidiana agresión acústica.
En el cuerpo, las más comunes suelen ser las pérdidas de audición en distintos grados, trastornos del sueño, tensión muscular, incremento de la presión arterial, fallas cardíacas, cambios hormonales, alteraciones dañosas en el proceso digestivo.
Y, en la mente, mayor estrés, aumento del nerviosismo, fatiga e inestabilidad, pérdida de la concentración, caída en los desempeños físico e intelectual, deficiencias cognitivas en el aprendizaje. También, oleadas de sentimientos negativos hacia quienes polucionan el compartido ambiente de vida con excesos de estridencia perfectamente evitables.
Cualquiera sea la edad del receptor de energías acústicas elevadas, los cuerpos y las mentes registran la agresión. Y, aunque puedan procesarla de maneras diferentes, la huella queda en todos.
Las universidades y el incremento del ruido callejero
Singulares usinas en el incremento del ruido urbano evitable, son las universidades con asiento en Santa Fe. Desde hace unos años, los ritos celebratorios de las graduaciones, han escapado de los confines de las respectivas casas de estudio para desparramarse en los principales espacios públicos de la ciudad e invadir paseos y lugares de tranquila recreación.
Al respecto hay que decir que la agresiva expansión de los festejos universitarios mediante sonoras caravanas de vehículos con compulsivos tocadores de bocinas y estruendosos gritos de chicos y chicas, rompen, con una frecuencia cada vez mayor, desde la mañana a la noche, la tranquilidad de los vecindarios que atraviesan.
El cotidiano problema, pone sobre el tapete falencias diversas. En primer lugar, las concernientes a la educación universitaria, que no se debería agotar en la enseñanza de conocimientos específicos, sino proyectar luz sobre conductas integrales, sociales, que conjuguen aprendizajes teóricos y actitudes cotidianas dentro y fuera de los claustros.
Y, ni qué decir de las autoridades municipales, a las que también les arden los oídos sin que atinen a reacción alguna frente al perturbador fenómeno.
No solo respecto del control de los ruidos molestos, sino de la aplicación de las normas municipales al desplazamiento de camionetas cargadas con chicos en sus cajas traseras que, a la vez, disfrazados, bailan o se bambolean con peligro cierto de que una frenada termine en grave accidente.
Lo manifesté en una nota anterior sobre este tema y, como era previsible, ocurrió días pasados, cuando una flamante egresada de la carrera de Diseño Industrial cayó de la caja de una camioneta, golpeó con su cabeza contra el asfalto, se quebró la clavícula y estuvo internada en un sanatorio unos días.
Felizmente, el accidente no tuvo la gravedad imaginada en el momento del hecho. Pero la advertencia quedó flotando en el ambiente, como flotan los cuerpos de los chicos en las sobrecargadas cajas de camionetas en movimiento.
Otro tanto puede decirse de los chicos que se desplazan en los baúles traseros de autos con sus puertas abiertas para salir con facilidad en los semáforos para hacer bailecitos y pegar gritos que solo a ellos divierten.
Estas dos prácticas constituyen faltas graves tipificadas en las ordenanzas municipales. Pero nadie mueve un dedo. La reacción, tardía, llegará cuando se produzca un accidente irreparable.
Autoridades, docentes y padres
Queda claro que las conductas celebratorias de los chicos, alcanzan, en el terreno de las responsabilidades a las autoridades públicas, los directivos de las universidades y sus docentes, y los padres de familia.
La graduación de un alumno universitario, tanto en el plano personal como en las potencialidades de sus futuros aportes a la sociedad que integran, son motivo de festejo.
Pero es muy incoherente que se haga a costa de las normas que, en los claustros, supuestamente les enseñaron a respetar, de los saberes adquiridos en sus respectivos procesos educativos, y de un espíritu de sana convivencia con la mayor parte de la población.
Estos fenómenos exhibicionistas y autosatisfactorios que se desarrollan en las calles y paseos de la ciudad, se hacen con daño manifiesto de la convivencia con los demás y la salud de muchos.
En esos recorridos tumultuosos, motorizados con prepotencia hacia quienes son ajenos, se vulneran numerosas ordenanzas municipales (ruidos molestos, circulación peligrosa, conducción imprudente, violación de las reglas del transporte de personas, etc., etc.).
Para los egresados de abogacía, se trata de normas del Derecho Municipal que les fueron enseñadas por sus profesores. En el caso de los nuevos médicos, han aprendido los efectos nocivos en la salud de la polución sonora, conocimientos que vulneran el mismo día de su graduación.
En el supuesto de los ingenieros, que han aprendido el lado peligroso del desplazamiento de los cuerpos, las relaciones de masa y velocidad, las consecuencias de la inercia, cuesta digerir que acepten sin chistar los riesgos de accidentes de tránsito para ellos mismos, sus compañeros de carrera o sus amigos próximos y, eventualmente, conciudadanos que sólo pasean por el lugar.
El efecto de la manada
En distintas oportunidades he hablado con padres que desaprueban estas conductas, pero no se animan a ir más allá de advertencias de cuidado a sus hijos. Varios me han dicho que sus hijos les manifiestan que no quieren quedarse afuera de los festejos, porque serían los únicos en apartarse y quedarían mal vistos frente a sus compañeros.
Esa respuesta expone de manera cruda el poder de la manada, que, de jóvenes, en busca de aceptación, todos hemos experimentado. Por eso es necesario abordar esta compulsión, que afecta la libertad de decisión de cada quien.
Y el mejor lugar para hacerlo es el claustro universitario, en ejercicios de reflexión conjunta, con la participación de profesores y, llegado el caso, de autoridades. A los desvíos conductuales, sobre todo cuando son presionados por la fuerza de la manada, hay que exponerlos al análisis de conjunto y a la altura de la responsabilidad que nace de la educación superior.
En consonancia con este enfoque, sería muy bueno que se organizaran seminarios breves y operativos con la asistencia de funcionarios y concejales municipales que son quienes deben hacer cumplir las normas nacidas en las esferas de gestación de sus ámbitos institucionales.
Lo que no se debe aceptar es que estas cosas sigan ocurriendo sin que nadie se haga cargo, porque a las transgresiones de los jóvenes graduados se suman, en tal caso, las de las autoridades universitarias y municipales, en abierta contradicción de sus funciones y responsabilidades.






