Vivimos un tiempo de equívocos y eufemismos, del uso de instrumentos lingüísticos para disimular o enmascarar todo intento de aproximación a la verdad.


Vivimos un tiempo de equívocos y eufemismos, del uso de instrumentos lingüísticos para disimular o enmascarar todo intento de aproximación a la verdad.
El fenómeno socio-cultural adquiere tal magnitud, que las palabras se devalúan a una velocidad sin precedentes. Por eso a los políticos se les hace cada día más difícil encontrar sintonías con una población inmunizada contra los cantos de sirenas. La multiplicación de los medios de comunicación y la intensificación de la frecuencia informativa, satura la cotidianidad de personas que, en defensa propia, cierran sus oídos a mensajes recurrentes, y a menudo engañosos, que percuten como martillos en el minuto a minuto de cada día.
La brecha entre los que elaboran discursos con la intención de modelar la realidad, y los receptores, curtidos por la acumulada desazón de décadas, se ensancha de continuo. El deterioro de la confianza se explica por la incontrastable curva de la decadencia argentina expresada en la descendente gráfica de la economía y el ascendente y macabro dibujo de la pobreza. Y aunque ahora, en plena campaña electoral por las legislativas que se aproximan, se pretende hacer recortes temporales que atribuyen el fracaso a determinados ciclos políticos, lo cierto es que su aplastante volumen se nutre de la suma de las distintas administraciones que se han sucedido al frente del país.
Hace años que llegué a la conclusión personal -y como tal opinable-, de que, en la Argentina de nuestros días, deformada al extremo por los parches políticos de cada día, las constantes medidas de corto plazo y la imposibilidad de generar políticas de Estado, todo gobierno está condenado al fracaso. Jamás se podrá dar respuesta a la multiplicación de las demandas sociales que los candidatos alimentan con promesas incumplibles. Por eso, la confianza y la esperanza están hechas jirones. Todos hablan de la verdad al tiempo que intentan manipularla a designio, pretensión imposible, porque la verdad in totum está más allá de nuestro alcance, al menos por ahora.
Entre tanto, ¿qué han hecho los políticos para contrarrestar esta situación grave para la democracia bien entendida? En general, puestas en escena, cambios coreográficos, el reemplazo del atril por tarimas circulares, con los políticos de pie, en una exposición de 360°, además del uso creciente de las redes sociales. Asimismo, cambios de imagen, el uso de vestimentas más libres y comunes, en el afán de lograr mayor cercanía con la audiencia, y el empleo discursivo de recursos intimistas, como la mención, con cálido timbre de voz, de los funcionarios que acompañan a los gobernantes principales sobre la escena e, incluso, de algún militante que sigue las palabras desde el sector de la audiencia. La contratación de especialistas en comunicación ha provocado ostensibles mutaciones en el desempeño discursivo, la gestualidad física, los marcos rituales. Pero lo que cambia poco y nada son las cuestiones de fondo, en las que prevalecen las viejas ideas y la pulsión antigua de ganar a cualquier costo y de cualquier manera.
Si en estos años alguien encarnó con desenfado la vertiente autocrática de hacer las cosas, fue Néstor Carlos Kirchner, quien una vez lograda la presidencia en 2003, rompió todas las reglas de la política tradicional con una innovación gravosa. Como si hubiese salido de las páginas del libro "El Príncipe", escrito por Nicolás Maquiavelo en el Renacimiento, las primeras acciones del hombre nacido en la Patagonia apuntaron a la destrucción política de quien lo había proyectado al sillón de Rivadavia.
Eduardo Duhalde sintió en carne propia lo que en el 1502 había padecido Guidobaldo di Montefeltro, duque de Urbino, quien luego de apoyar a César Borgia durante su campaña de dominación de la Romaña, sufrió en su propia y desprevenida ciudad amurallada el saqueo de las tropas de su presunto amigo. Para Maquiavelo, notorio intelectual y embajador de Florencia, esa acción y otras aún peores, que le permitieron al hijo de Alejandro VI consolidar el dominio del Papado sobre esa región de Italia, resultaron muestras cabales de lo que él definió como virtud política (la que permite obtener el poder y sostenerlo a cualquier precio), separándola del significado que la virtud tiene en los ámbitos religioso y de la moral doméstica.
Lamentablemente, ese modo de hacer las cosas, que, como ocurriera antes y después con tantos otros, terminó llevando a César Borgia a la autodestrucción, mantiene su vigencia en actuales sectores de la política, como el del ala dura del frente que hoy gobierna la Argentina. El instinto de conservación y el mapa de negocios, entre otros aspectos, los empujan a la complicidad y a las trampas permanentes. Por eso, la búsqueda recurrente de la hegemonía, el apoderamiento de la noción de patria, y la exclusión del pensamiento diferente, acusado de antinacional. La patria, incrustada como nombre propio en el instituto partidario que sirve de sede alterna al gobierno de la Nación, expresa esa voluntad de apropiación. En ese sitio, la patria no es el otro, como se proclama literariamente, sino la parte que aspira a convertirse en todo. La parte que se dice plural porque suma a los que piensan parecido, adición que da como resultado una pluralidad de similares; pluralidad distante de la diversidad que caracteriza a una genuina democracia republicana, cultora de la nutricia variedad de opiniones y búsquedas en el espacio común de una convivencia civilizada. Éste, al que adscribo, es un sistema fundado en el disenso argumentado y el acuerdo inteligente; en verdades provisorias, sujetas a revisión conforme lo exijan las dinámicas de la historia, los nuevos escenarios y necesidades.
La mitad gobernante de nuestra maltrecha sociedad debería revisar su aspiración hegemónica, que prolonga sin fecha la hemiplejía que bloquea una parte significativa de nuestro capital intelectual y volitivo y nos coloca al borde del abismo. Mientras no haya acuerdos basados en la obviedad de que ambas mitades tienen iguales derechos a participar de la construcción de un destino común, y que de esa interacción deben surgir los acuerdos que permitan administrar las inexorables disensiones y armonizar una lista efectiva de políticas de Estado, seguiremos a los tumbos. Si así ocurriera, el circunstancial festejo por haber ganado una elección, se convertirá a partir del día siguiente en un fruto amargo e indigerible.
La política afronta el extendido reclamo de un cambio profundo. Ya no basta con saldos y retazos de ocasión, ni con argucias verbales o promesas vaporosas; los eufemismos se vuelven cacofónicos, y la gestación de trampas y mentiras se observan en vivo y en directo a toda hora. Los desvíos quedan rápidamente en evidencia, y gran parte de las instituciones, atrapadas en sus propias inercias, ya no son capaces de dar respuesta a los nuevos desafíos. La política debe cambiar la lógica de su desempeño, recuperar la brújula de la matemática y de la ley, ofreciendo a la ciudadanía programas bien sustentados y de factible cumplimiento que permitan salir del atolladero de modo ordenado y progresivo. El mundo está en un proceso de transformación de grandes dimensiones, mientras la Argentina permanece estaqueada con tientos del pasado. El ocaso reclama un nuevo amanecer.
Hace años que llegué a la conclusión personal -y como tal opinable-, de que, en la Argentina de nuestros días, deformada al extremo por los parches políticos de cada día, las constantes medidas de corto plazo y la imposibilidad de generar políticas de Estado, todo gobierno está condenado al fracaso.