Entre aplausos y admiradores, la gran dama del cine se despoja de su personaje y sus "accesorios", revelando una vida más mundana, llena de sorpresas.
"La gran dama, primerísima y legendaria actriz, hace un gesto vago mientras la rodean su asistente, la maquilladora, el representante, el joven apuesto (...)"
"¡Corten!", grita el director. La gran dama, primerísima y legendaria actriz, hace un gesto vago mientras la rodean su asistente, la maquilladora, el representante, el joven apuesto (todos, menos ella, afirman que es su amante), el segundo asistente que le alcanza agua en bandeja, el iluminador que viene a disculparse porque ella se ha quejado a causa de la luz que no la destacaba, (...)
(...) el camarógrafo, que pide humilde perdón por no haber acertado con su perfil, el periodista que necesita ya mismo hacer la nota temiendo que, si no la consigue, sea despedido, la peinadora, el joyero que aguarda con paciencia la restitución del collar de diamantes,(...)
(...) el fotógrafo personal, que le hace las tomas adecuadas, planificadas, acordadas, el de la música y el del champán, las damas de la corte, los violines, los que aplauden, aquellos que dicen ser sus fieles admiradores de toda la vida.
La gran señora camina con su inconfundible porte, su graciosa figura, su vestido albo y único, hacia el camarín, seguida por la asistente y el fotógrafo, el periodista y el agente, los fanáticos y los aduladores, quienes aplauden, quienes piden autógrafos. De a poco, se los va quitando de encima hasta que entrega el collar al joyero y logra ingresar al camarín en total soledad.
Leve suspiro. Se sienta ante el gran espejo y lo primero que se quita es su espléndida peluca rubia y de inmediato las cejas postizas, seguido por las uñas alargadas y únicas, por el albo vestido. Retira el fuerte maquillaje, se saca los zapatos de tacos altos, las medias vaporosas, su maravillosa ropa interior. Cubre su cabello, corto y oscuro con un pañuelo grande y descolorido.
Se viste con ropa del común y se pone por fin un guardapolvo gris. Unas simples zapatillas, sin medias, calzan sus pies. Abre una frágil y estrecha puerta para sacar balde, escoba y plumero. Se dirige al camarín próximo, el del actor principal. Saluda a una segunda mujer, vestida como ella. "Con un trabajo solo no alcanza", le dice.
El reconocido autor Carlos Roberto Morán suma las ilustraciones de su hijo Gerardo para este singular ciclo literario iniciado con el relato titulado "En la peluquería", publicado por El Litoral el 21 de diciembre de 2025.