El terremoto de Venezuela vuelve a recordarnos que las catástrofes no son únicamente obra de la naturaleza, sino también el resultado de las vulnerabilidades que las sociedades construyen -o no logran reducir- a lo largo del tiempo. Por estos días, millones de personas siguieron con angustia las imágenes que llegaban desde Venezuela.
Los desastres comienzan antes de que la tierra se mueva
Los recientes terremotos ocurridos en Venezuela exponen la urgencia de abordar las vulnerabilidades sociales e infraestructurales que amplifican los efectos de los sismos.

Edificios dañados, familias evacuadas, servicios interrumpidos y equipos de emergencia trabajando contrarreloj ocuparon las pantallas y las redes sociales. Como ocurre después de cada gran terremoto, una pregunta dominó la cobertura informativa: ¿qué tan fuerte fue el sismo?
Quizás esa no sea la pregunta más importante. La verdadera cuestión es otra: ¿por qué un mismo fenómeno natural produce consecuencias tan diferentes según el lugar donde ocurre?
La respuesta obliga a mirar más allá de la geología. Un terremoto es un fenómeno natural inevitable. Un desastre, en cambio, es el resultado de la interacción entre esa amenaza y las condiciones de vulnerabilidad que una sociedad ha construido -o permitido construir- durante años.
Las placas tectónicas continuarán moviéndose con independencia de nuestras decisiones políticas. Pero el número de víctimas, el colapso de edificios, la interrupción de los servicios esenciales o la capacidad para responder a una emergencia dependen, en gran medida, de decisiones humanas.
Dependen de cómo se planifican las ciudades, de la calidad de las construcciones, de la fortaleza de las instituciones, de la inversión en infraestructura crítica, de la preparación de los organismos de respuesta y de la existencia -o ausencia- de políticas sostenidas de prevención.
En ese sentido, el terremoto de Venezuela vuelve a poner en evidencia una realidad conocida por quienes trabajan en gestión del riesgo de desastres.
Numerosos especialistas venían advirtiendo desde hacía años sobre la amenaza sísmica que enfrenta el país y sobre las limitaciones que presentaban distintos sectores de su infraestructura y de sus capacidades institucionales para afrontar un evento de gran magnitud. La amenaza era conocida. Lo que permanecía pendiente era reducir las vulnerabilidades que podían amplificar sus consecuencias.
Esta mirada no es nueva. El Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030, aprobado por los Estados miembros de las Naciones Unidas, sostiene que los desastres no pueden comprenderse únicamente a partir de las amenazas naturales.
El riesgo surge de la combinación entre esas amenazas, la exposición de las personas y bienes, y las vulnerabilidades acumuladas a lo largo del tiempo. Por eso, reducir el riesgo implica actuar mucho antes de que ocurra la emergencia.
Hablar de vulnerabilidad significa hablar de desigualdades. Allí donde predominan construcciones precarias, infraestructura envejecida, servicios públicos debilitados, planificación territorial insuficiente o dificultades para hacer cumplir las normas de edificación, las consecuencias de un terremoto suelen multiplicarse.
La naturaleza libera energía; son las condiciones sociales las que determinan cuán devastadores serán sus efectos. Por eso suele afirmarse que los riesgos de desastre son, en buena medida, una construcción social. No aparecen de manera repentina el día en que la tierra tiembla.
Se gestan lentamente mediante decisiones de desarrollo, prioridades presupuestarias, políticas urbanas, capacidades institucionales y modelos de ocupación del territorio. Cada edificio que no cumple normas de seguridad, cada obra de infraestructura postergada, cada comunidad excluida de las políticas de prevención contribuye, silenciosamente, a construir el desastre futuro.
Pero existe otro aspecto que suele recibir mucha menos atención y que resulta igualmente decisivo: la comunicación del riesgo. Durante las primeras horas posteriores a un desastre, la información se convierte en un recurso tan estratégico como los equipos de rescate o la asistencia sanitaria.
Una comunicación rápida, clara, transparente y basada en evidencia científica permite reducir la incertidumbre, orientar conductas protectoras y fortalecer la confianza de la población.
En cambio, cuando la información oficial resulta escasa, contradictoria o tardía, el vacío suele ser ocupado por rumores, especulaciones y desinformación que incrementan la ansiedad social y dificultan la gestión de la emergencia.
La comunicación del riesgo no comienza cuando ocurre el terremoto. Empieza mucho antes. Se construye mediante campañas permanentes de educación, simulacros, protocolos conocidos por la ciudadanía, sistemas de alerta temprana, vocerías capacitadas y una cultura preventiva capaz de transformar el conocimiento científico en comportamientos cotidianos.
No se trata solamente de transmitir información. Se trata de generar confianza. Porque durante una crisis las personas no solo necesitan datos; necesitan instituciones creíbles, mensajes consistentes y autoridades capaces de comunicar con transparencia, reconocer incertidumbres y orientar decisiones en contextos de alta complejidad.
El propio Marco de Sendai reconoce a la comunicación, la educación y el acceso a la información como componentes centrales de la gobernanza del riesgo. Una sociedad informada y preparada responde mejor, reduce el impacto de las emergencias y fortalece su resiliencia frente a futuras amenazas.
La experiencia internacional demuestra que las comunidades más resilientes no son necesariamente aquellas expuestas a menos amenazas naturales.
Son aquellas que lograron disminuir sus vulnerabilidades mediante planificación, inversión sostenida, instituciones sólidas, participación ciudadana y políticas públicas que incorporan la gestión del riesgo como parte del desarrollo y no como una preocupación exclusiva de los organismos de emergencia.
Cada desastre actúa como un espejo. No solo revela la intensidad de un fenómeno natural. También deja al descubierto las desigualdades preexistentes, las fortalezas y debilidades institucionales, las prioridades de inversión y las decisiones que una sociedad fue tomando durante décadas. En ese sentido, los terremotos no crean las vulnerabilidades: simplemente las hacen visibles.
Posiblemente, la principal enseñanza que deja Venezuela no sea únicamente la magnitud del sismo, sino la evidencia de que las tragedias rara vez son producto exclusivo de la naturaleza.
Los desastres comienzan mucho antes de que la tierra se mueva: empiezan cuando la prevención cede frente a la urgencia, cuando las advertencias científicas no logran traducirse en políticas públicas, cuando la comunicación del riesgo deja de ser una prioridad y cuando las vulnerabilidades se naturalizan como parte del paisaje.
La naturaleza seguirá produciendo terremotos. Esa es una certeza geológica. Lo que sí está en nuestras manos es decidir si esos fenómenos terminarán convirtiéndose, una vez más, en catástrofes humanas. Ahí reside, en definitiva, el verdadero desafío de la gestión del riesgo de desastres: transformar una cultura predominantemente reactiva en una auténtica cultura de la prevención.
El autor es investigador doctoral en comunicación de riesgo en la Universidad Rovira i Virgili (España).










