Últimamente estamos bombardeados por datos y estadísticas económicas. Pero para muchas empresas y familias, la situación se resume en pocas palabras: cuesta vender, cuesta cobrar y cuesta cada vez más sostener la actividad.
El crecimiento tiene que llegar al trabajo

Al mismo tiempo, vemos inversiones y movimiento en petróleo, gas y minería, junto con el aporte del agro a las exportaciones. Argentina tiene superávit comercial y sectores con enormes posibilidades de crecimiento.
Entonces, la pregunta es sencilla: ¿cómo aprovechamos esa oportunidad para que también mejoren la industria, el comercio, la construcción y la vida de la gente?
Porque los dólares son necesarios. Lo sabemos bien en un país donde tantas crisis comenzaron cuando faltaron. Pero también necesitamos que esos dólares se conviertan en producción, inversión y trabajo argentino.
Los industriales santafesinos venimos planteando algo que tiene bastante de sentido común. Cuando cae el poder adquisitivo, se vende menos. Cuando la mercadería importada reemplaza producción nacional, también se vende menos. Y cuando los costos internos suben por encima de nuestros precios de venta, se pierde rentabilidad.
Hacia afuera sucede algo parecido. Exportar productos con valor agregado se hace más difícil cuando el tipo de cambio, los impuestos, el financiamiento y la logística nos dejan fuera de competencia.

La ecuación no tiene mucho misterio: menos ventas, mayores costos y márgenes cada vez más chicos. Primero se posterga una inversión, después se achica la actividad y finalmente quedan en riesgo la empresa y los puestos de trabajo.
No hay sorpresas ni explicaciones raras. Una empresa puede aguantar un tiempo. Lo que no puede es perder plata indefinidamente.
Ahora bien, cuando proponemos recuperar el consumo, mejorar los salarios, bajar las tasas o corregir el tipo de cambio, aparece una preocupación válida: cómo hacerlo sin que vuelva a dispararse la inflación.
Esa preocupación también es nuestra. Los industriales necesitamos estabilidad para presupuestar, invertir y vender. Pero necesitamos que esa estabilidad permita producir.
El desafío es aprovechar los motores que ya están funcionando para que traccionen al resto de la economía.
Petróleo, gas, minería y agro necesitan equipos, repuestos, mantenimiento, ingeniería, transporte, construcción y servicios. Detrás de cada gran proyecto puede haber cientos de empresas nacionales trabajando.
Pero esa integración necesita una decisión política y una gestión concreta. El Gobierno debe sentarse con las grandes compañías, impulsar el desarrollo de proveedores argentinos, facilitar su incorporación y seguir los resultados.
No alcanza con organizar una ronda de negocios o presentar un listado de empresas. Hay que lograr que las pymes puedan cotizar, cumplir las exigencias técnicas, financiar la producción y, finalmente, vender.
A nosotros también nos corresponde invertir, mejorar productividad, cumplir plazos y entregar calidad. Esa es nuestra responsabilidad.
El RIGI puede ser una herramienta importante, pero necesita estar acompañado por una política que conecte las grandes inversiones con el entramado productivo nacional. Una inversión multiplica su aporte cuando, además de exportar, desarrolla capacidades y genera trabajo en el país.
También necesitamos infraestructura. Llegar con equipos y mercadería a Neuquén, San Juan, Salta o Catamarca puede convertirse en una odisea. Caminos, rutas, ferrocarriles y energía forman parte del costo de producir.
Hay que priorizar esas obras y buscar financiamiento de largo plazo, incluso internacional, evaluando su costo y su impacto fiscal. Endeudarse exige responsabilidad, pero financiar infraestructura que baja costos y amplía la producción tiene una lógica económica. Además, pone en movimiento a la construcción y a sus proveedores.
Con las tarifas necesitamos previsibilidad, eficiencia y una relación razonable entre lo que se paga y el servicio que se recibe. Cada aumento termina pesando sobre una fábrica, un comercio o una familia.
Con el tipo de cambio necesitamos evitar que la inflación interna siga encareciendo al país en dólares. Sabemos que funciona como un ancla del programa económico, pero también debemos mirar qué pasa con quienes producen y exportan. Cualquier corrección debe ser ordenada y acompañada por medidas que eviten trasladarla rápidamente a los precios.
Competir requiere una relación razonable entre nuestros costos y los del mundo. No podemos resolver todos los desequilibrios con restricciones a las importaciones, ni pedirles a las empresas argentinas que absorban diferencias que no están en condiciones de sostener.
Y hace falta crédito accesible. Para producir, invertir y también para consumir. Una pyme necesita financiar una máquina o su capital de trabajo; una familia necesita poder comprar sin que las cuotas se vuelvan impagables.
Necesitamos vender, bajar costos, recuperar rentabilidad y volver a invertir. Así se sostiene el empleo y se pueden pagar mejores salarios. Así también se recupera el consumo.
El Gobierno tiene una oportunidad para incorporar un programa productivo a su programa económico. Los sectores que generan divisas ofrecen una base para hacerlo. No esperemos a que se pierdan más empresas, más oficios y más capacidad industrial.
Detrás de cada puesto de trabajo hay una familia que organiza su vida. Y detrás de cada pyme hay años de esfuerzo, conocimiento y capital que cuesta muchísimo reconstruir.
El objetivo debe ser claro: crear puestos de trabajo privados, de calidad y sostenibles. Para eso necesitamos más valor agregado argentino y más empresas capaces de competir.
La oportunidad está. Tenemos recursos, empresas, trabajadores y conocimiento. Hace falta conectarlos con decisiones concretas.
Si ya sabemos lo que está pasando y tenemos herramientas para empezar a cambiarlo, ¿para qué esperar?








