" – Sí, ya se lo prometí a mis viejos: este año, me pongo las pilas con la escuela – me dijo Santi, categórico.


" – Sí, ya se lo prometí a mis viejos: este año, me pongo las pilas con la escuela – me dijo Santi, categórico.
-¿Cómo el año pasado? – pregunté.
-Si, bueno, pero este año sí lo voy a hacer. Porque, al final, siempre digo lo mismo y me terminé llevando cuatro a diciembre y una a febrero.
-¿Y creés que este año sí vas a poder dedicarte de manera diferente?
-Y… voy a tratar – balbuceó cabizabajo – Porque mis viejos no sólo me tratan de irresponsable sino que me dicen que soy un mentiroso… y no me gusta – Me miró con un dejo de tristeza – No sé por qué me pasa así, Ale, porque yo quiero que me vaya bien, pero hay cosas que están mucho más buenas que estudiar".

Cuando un adolescente suelta el famoso "este año me pongo las pilas", está activando una de las frases más icónicas del mundo estudiantil. En esencia, es la declaración de una intención, pero su puesta en práctica suele ser de difícil concreción.
A diferencia de los niños, los adolescentes empiezan a entender las consecuencias de sus acciones a largo plazo. Decir que se van a "poner las pilas" suele significar que reconocen la situación que están atravesando, se dan cuenta de que no se dedicaron, que perdieron el tiempo y que eso les implicó no aprobar materias. Generalmente la expresión aparece cuando ven la libreta de calificaciones y se topan con notas inesperadas, cuando la presión de los padres es amenazante y se les hace insoportable o ante el inicio de un nuevo ciclo lectivo que quieren resulte diferente. A veces, más que una auto-promesa de estudio, es una herramienta de supervivencia social. ¿Por qué?
Porque, de algún modo, es una forma de pedir a los padres y a los docentes que dejen de insistir diciéndoles que deben estudiar o dedicarse más a la escuela.
Por otra parte, mediante esa expresión quieren demostrar a los otros que pueden organizarse y autorregularse, aunque les cueste terriblemente dar el primer paso.

Pero sucede algo más y es sumamente importante. Si bien para un adolescente "ponerse las pilas" es un deseo genuino, su corteza prefrontal, que es la encargada de la toma de decisiones, la voluntad y la organización, aún está en proceso de desarrollo y esta es la mayor razón de que les cueste tanto concretar ese deseo.
Lograr que un adolescente se interese por la escuela es, posiblemente, uno de los desafíos más grandes para padres y docentes. A esta edad, el cerebro está priorizando la conexión social, el sentido de pertenencia y la autonomía, por lo que destinar tiempo y dedicarse a la escuela suele quedar en segundo plano.
Muchos adolescentes se desconectan porque no ven la utilidad de lo que se les da en clases y preguntan permanentemente para qué les sirve eso que pretenden que estudien si, encima, no les gusta ni interesa. En esta era digital, en la que los dispositivos electrónicos son mucho más apetecibles para ellos que dedicarse a temas escolares, es necesario buscar la aplicación práctica, relacionando los temas a dar con la realidad circundante, captando la atención y el interés, haciendo de la enseñanza-aprendizaje algo deseable y productivo.

Para el común de los adolescentes, la escuela es un espacio de interacción social… donde se dictan clases, razón por la cual los compañeros y amigos tienen más importancia y prioridad por sobre el aprendizaje de las materias.
A veces el desinterés por una materia se relaciona con un no gusto por ese área, pero en ocasiones tiene que ver con un problema directo con el profesor, porque sea rígido, no explique del modo en que el alumno necesita que lo haga, para poder comprender o porque sea evidente que no tiene vocación para la docencia.
Si pretendemos que aprendan, el desafío es "engancharlos". Para que tengan ganas de "ponerse las pilas" es preciso despertarles la curiosidad y el deseo de aprender por sobre la obligación y el cumplimiento… y ése… es trabajo de los adultos a cargo.