La obesidad dejó de entenderse como una simple cuestión de kilos de más. Hoy la medicina la reconoce como una enfermedad crónica, compleja y multifactorial que impacta en la salud física, metabólica y emocional.

La obesidad ya no se define solo por el peso. Cuáles son las causas que la originan, qué complicaciones puede generar y por qué el tratamiento actual requiere un abordaje integral con varios profesionales.

La obesidad dejó de entenderse como una simple cuestión de kilos de más. Hoy la medicina la reconoce como una enfermedad crónica, compleja y multifactorial que impacta en la salud física, metabólica y emocional.
Así lo explicó a Vivi Mejor la Dra. Marina González, especialista en obesidad; quien sostiene que el cambio de mirada permite abordarla de manera más efectiva y menos estigmatizante.
“La obesidad hoy es una patología y es multifactorial”, señaló la profesional. Esto significa que no depende únicamente de la cantidad de comida que una persona consume, sino que intervienen múltiples factores: genéticos, ambientales, hábitos de vida, nivel de actividad física, calidad del sueño y hasta el estrés.

Además, ya no se la clasifica exclusivamente a partir del índice de masa corporal (IMC). Si bien esta herramienta sigue utilizándose, hoy se considera insuficiente para comprender todo lo que sucede en el organismo. “También se tiene en cuenta la salud en general, lo físico, lo emocional y cuánto puede afectar la vida y la independencia de la persona”, explicó.
En esa línea, la médica remarcó que no es correcto hablar solamente de “exceso de peso”. La obesidad es una enfermedad crónica y cada paciente presenta características particulares. Entender esto permite diseñar estrategias más adecuadas y personalizadas.
Incluso la diferencia entre sobrepeso y obesidad ya no puede reducirse solo a un número. Más allá del IMC, se evalúa la circunferencia de cintura, que permite estimar la cantidad de tejido adiposo visceral, es decir, la grasa que se acumula entre los órganos abdominales. Ese tipo de grasa es la que más inflamación genera.

“El tejido adiposo es normal y cumple funciones importantes: almacena energía, protege ante golpes y ayuda a conservar el calor. El problema aparece cuando se inflama y se localiza en lugares donde no debería estar”, detalló González. Cuando ese tejido se vuelve disfuncional, desencadena procesos inflamatorios que están en la base de muchas complicaciones metabólicas.
Por eso puede ocurrir que una persona clasificada como “sobrepeso” según el IMC tenga un riesgo metabólico significativo si presenta grasa visceral aumentada. Esa inflamación puede generar insulinorresistencia, hígado graso y aumentar el riesgo cardiovascular.
La obesidad, además, se considera crónica porque el organismo tiende a defender un determinado “punto de equilibrio” del peso corporal, conocido como set point. Si una persona baja de peso, el cuerpo tiende a intentar recuperarlo. “Muchas veces se regana peso, pero eso no es un fracaso”, aclaró la médica. En esos casos, es necesario identificar qué factores influyeron y volver a intervenir.
En cuanto a las causas, la forma más frecuente es la obesidad poligénica, donde interactúan predisposición genética y un ambiente que favorece el aumento de peso. El consumo de productos industrializados desde la infancia, el sedentarismo, el exceso de pantallas, el estrés y dormir poco o mal son factores que contribuyen.

La obesidad aumenta el riesgo de múltiples enfermedades. El tejido adiposo inflamado favorece la insulinorresistencia, lo que incrementa la probabilidad de desarrollar prediabetes y diabetes tipo 2. En mujeres jóvenes, también eleva el riesgo de diabetes gestacional y de que sus hijos presenten a futuro síndrome metabólico.
A nivel cardiovascular, la inflamación sostenida altera los lípidos y favorece la aterosclerosis. Esto se traduce en mayor riesgo de infarto, accidente cerebrovascular y muerte por causa cardiovascular.
El exceso de peso, también puede generar dificultades en la movilidad, mayor desgaste articular y artrosis. A esto se suma el impacto emocional. La profesional advirtió que la obesidad puede afectar la autoestima, la comodidad en espacios públicos y la salud mental, especialmente en un contexto social que promueve modelos corporales poco realistas.
Frente a este escenario, el tratamiento actual es multidisciplinario. “No podemos tener un tratamiento exitoso si estamos solos”, afirmó González. El abordaje incluye médico, nutricionista, actividad física adaptada a cada paciente y, en muchos casos, apoyo psicológico para trabajar la relación con la comida.
Hoy el paradigma cambió: el tratamiento farmacológico puede considerarse desde el inicio, siempre bajo indicación médica. Existen medicamentos que actúan sobre hormonas intestinales que regulan la saciedad y el hambre, mejorando la señalización entre intestino y cerebro. Esto permite disminuir la sensación constante de hambre y reducir la inflamación asociada.
Sin embargo, la profesional es clara: no se trata de soluciones mágicas. Todo fármaco tiene efectos adversos y contraindicaciones. Su indicación debe evaluarse caso por caso, valorando el beneficio y el riesgo. Además, ningún medicamento reemplaza la adopción de hábitos saludables.

En los últimos años, algunas inyecciones para adelgazar ganaron popularidad. González recordó que fueron aprobadas inicialmente para diabetes y luego para obesidad en dosis específicas. Pueden ser útiles y mejorar el riesgo cardiovascular, pero siempre deben utilizarse bajo estricta supervisión médica.
También advirtió sobre los peligros de buscar soluciones rápidas difundidas en redes sociales. “Las soluciones mágicas no existen”, enfatizó. El descenso de peso sostenible requiere cambios progresivos y acompañamiento profesional.
En cuanto a la prevención, la médica subrayó la importancia de empezar desde la infancia. Menos pantallas, más actividad física a través del juego y mayor consumo de alimentos reales —frutas, verduras y preparaciones caseras— son pilares fundamentales. El ejemplo dentro del hogar es clave: los niños adoptan hábitos observando a los adultos.
La obesidad es una enfermedad compleja que requiere comprensión, acompañamiento y estrategias sostenidas en el tiempo. Reconocerla como tal es el primer paso para dejar atrás la culpa individual y avanzar hacia un abordaje integral que priorice la salud en todas sus dimensiones.