A veces las efemérides surgen sin un calendario oficial que las respalde, pero se instalan con la fuerza de la comunidad. El 10 de julio, el Día de Apreciación del Capibara —popularizado en América Latina gracias a las redes sociales— pone en el centro de la escena al roedor más grande del planeta: el carpincho (Hydrochoerus hydrochaeris). Este animal, que ostenta nombres tan diversos como "chigüiro" en Venezuela o "capivara" en portugués, encuentra en la raíz guaraní de su denominación, "capí-guazú" o comedor de hierba, su definición más exacta: el señor que come pasto.
¿Chigüiro, capibara o carpincho?: los nombres del gigante que habita Santa Fe y alerta en los humedales
Tras los recientes avistamientos en el Puerto local y el monitoreo de poblaciones en la Reserva de la UNL, especialistas explican las particularidades biológicas del roedor más grande del mundo. Entre los mitos de "invasión" y la presión del desarrollo inmobiliario, las claves de una convivencia necesaria para proteger el ecosistema litoraleño

En Santa Fe, su presencia no es una novedad, pero los recientes avistamientos en zonas urbanizadas como el Puerto local y los barrios privados de la región han reavivado un debate histórico sobre la tensión entre la expansión de las ciudades y la preservación de la fauna nativa.
Para comprender la biología de este gigante y las pautas para una convivencia armónica, diálogo con Alba Imhof, coordinadora del Programa Ambiente y Sociedad de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y miembro del Comité de Manejo de la Reserva Ecológica de Ciudad Universitaria, quien aporta una mirada científica y empírica sobre la realidad de la especie.

El rastro de una presencia silenciosa en la UNL
"El carpincho es un símbolo cultural, ambiental y social en toda Sudamérica", definió Alba Imhof. Aunque en postales turísticas de los Esteros del Iberá o los Llanos venezolanos se los observa en imponentes manadas de hasta 60 ejemplares en zonas de vegetación baja, en los humedales santafesinos —con mayor densidad de vegetación— los grupos suelen ser más reducidos.
En la Reserva Ecológica de la UNL, el retorno de estos roedores fue detectado gracias a un trabajo minucioso de observación biológica. "Por muchos años no tuvimos población de carpinchos y hace un par de años empezamos a ver bosteaderos", relató Imhof. Los excrementos elípticos, de color verde aceituna a marrón claro, son la firma inconfundible de su presencia. "Identificamos por dónde se mueven por estos acúmulos de bosta. Encontramos de tamaño grande, de los padres; de tamaño más pequeño, de los juveniles; y más chiquititas, de las crías que han nacido hace poco", detalló la especialista.

Ante este hallazgo, la estrategia de la Reserva fue el respeto absoluto del espacio: "Dejamos de transitar por esos lugares para que descansaran. De esa manera, los animales ganaron confianza. Después vimos las cópulas y hoy ya tenemos un grupo establecido de seis o siete ejemplares de distintas generaciones", explicó. Los animales han adaptado sus hábitos a la presencia humana: permanecen ocultos durante el horario de apertura de la reserva y transitan los senderos después de las cinco de la tarde, demostrando una notable capacidad de adaptación.

Avance inmobiliario y el dilema de los barrios privados
La aparición de carpinchos en el Puerto de Santa Fe o en urbanizaciones cerradas del Gran Buenos Aires suele interpretarse erróneamente como una "invasión". Imhof descartó de plano esta idea y apunta al corazón del problema: el conflicto entre el avance de la urbanización y el desplazamiento de la fauna. "Los carpinchos, al ser roedores, tienen un crecimiento exponencial en determinados momentos, buscan nuevos territorios y buscan humedales. Ellos no deciden si el humedal es natural o construido por el hombre", reflexionó.
La convivencia es posible, y el ejemplo más claro es el turismo respetuoso de Corrientes, donde los animales no se alteran ante los visitantes. El verdadero foco de conflicto en las zonas residenciales surge con los animales domésticos. El carpincho no es agresivo y tiende a huir del ser humano, pero posee un fuerte sentido de la territorialidad. "Si bien son herbívoros, cuidando su terreno, su familia o su grupo pueden tener conductas defensivas e incluso morder. Tienen dos incisivos muy importantes destinados a cortar vegetales que pueden producir un daño severo", advirtió la bióloga.
La recomendación ante un avistamiento en áreas como el Puerto es simple: mantener a los perros con correa, no intentar interactuar, no alimentarlos y retirarse para disfrutar de su presencia a una distancia prudencial. "En el Puerto suelen quedarse poco tiempo porque no hay tanta vegetación permanente para alimentarse; se los ve más cuando se junta camalotes en las bajantes", añadió.
Un termómetro de la salud ambiental
Más allá de las controversias urbanas, la presencia del carpincho es, fundamentalmente, una buena noticia para el ecosistema. "Su presencia nos indica que seguimos teniendo humedales y que estos están en buenas condiciones", afirmó Imhof, aunque dejó una advertencia: "También debe tomarse como un signo de alerta para evaluar si se está produciendo una modificación drástica de su ambiente natural que los obligue a desplazarse hacia los ámbitos urbanos".
El carpincho requiere de tres condiciones básicas para subsistir: agua para termorregularse y reproducirse; vegetación ribereña para alimentarse; y áreas secas de descanso o "asentaderos" para criar a sus cachorros y amamantar. Proteger estos espacios es asegurar el futuro de una especie que, aunque fuera de peligro de extinción a nivel continental, sigue sufriendo la presión de la caza ilegal y la fragmentación de su hábitat.

Radiografía del roedor más grande del mundo
- Clasificación y subespecies: su nombre científico es Hydrochoerus hydrochaeris. En Argentina habitan dos subespecies: H. h. dabbenei (en Misiones) e H. h. uruguayensis (distribuida por el Litoral, Chaco, Formosa, Santa Fe y Buenos Aires).
- Morfología: los adultos pesan entre 45 y 70 kg (con registros máximos de 105 kg) y miden entre 107 y 134 cm de largo. Tienen patas cortas con membranas interdigitales que los convierten en excelentes nadadores, capaces de bucear hasta 10 minutos.
- Diferenciación sexual: los machos adultos presentan una protuberancia desnuda de unos 2 cm sobre el hocico que aloja una glándula para el marcado territorial.
- Alimentación y competidores: consumen principalmente gramíneas y plantas acuáticas. Su dieta se superpone hasta en un 65% con la del ganado doméstico en verano y en un 17% con la de la nutria o coipo.
- Reproducción: el ciclo es anual y ligado al agua. Tras un cortejo con inmersiones, la cópula ocurre en el agua. La gestación dura de 4 a 5 meses, pariendo camadas de entre 2 y 7 crías (siendo 4 lo más frecuente). Las crías nacen pesando 1,5 kg y ya pastan a los pocos días, alcanzando la madurez al año de vida.
- Predadores y amenazas: en la adultez son presa de pumas y yaguaretés, mientras que los juveniles sufren la presión de yacarés, zorros y caranchos. Sanitariamente, los afectan la leptospirosis, el mal de Chagas y el "mal de caderas" (tripanosomiasis).

El Puerto como oportunidad y compromiso colectivo
Desde la gestión pública de los espacios, la mirada sobre estos animales dejaron de ser un problema de control de plagas para convertirse en un indicador de responsabilidad ambiental. Desde el Ente Administrador del Puerto de Santa Fe (EAPSF) se posicionaron firmemente ante este escenario: “Hoy estamos ante un hecho fascinante con el grupo de carpinchos eligió estar cerca de nuestro entorno como muestra de que nuestro compromiso con el ambiente lo estamos haciendo con responsabilidad, y que la verdadera transformación ocurre cuando toda la sociedad se involucra. No es una tarea solo de las instituciones como el ente portuario o el propio ministerio, sino de cada uno de nosotros: vecinos, escuelas, empresas y cada santafesino que ingresa al puerto”.
Por su parte, las autoridades del Ministerio de Ambiente y Cambio Climático de la provincia reforzaron que esta interacción con la fauna autóctona nos obliga a mirarnos al espejo como comunidad: “Esta interacción, lejos de ser un problema, es una oportunidad única para reflexionar sobre nuestra relación con el entorno y asumir el rol protagónico que nos corresponde en la conservación de la biodiversidad”.
Cuidar la biodiversidad
El rastro silencioso que los carpinchos dejan en los senderos de la Reserva Universitaria o los avistamientos fugaces en el Puerto local funcionan como un diagnóstico vivo de nuestro ecosistema. Su permanencia es el indicador más fiel de que los humedales del Paraná medio aún conservan la vitalidad necesaria para albergar la biodiversidad.
Proteger al roedor más grande del mundo es, al mismo tiempo, proteger el agua, la vegetación ribereña y el equilibrio ambiental que sostiene la vida en la región. Escuchar sus silbidos de alerta o registrar su excrementos en la orilla del río no debería ser solo una postal dominical para la fotografía, sino un compromiso colectivo para asegurar que el Litoral siga siendo el hogar seguro de las generaciones por venir.








