Hay algo que este año llamó particularmente la atención en los ámbitos académicos y científicos vinculados al clima: El Niño, un fenómeno que forma parte desde hace décadas de los sistemas habituales de monitoreo y pronóstico climático, se convirtió en una de las grandes preocupaciones de la agenda gubernamental y social.

La particularidad no está en que los gobiernos se preparen. De hecho, esa es precisamente una de las finalidades de los pronósticos climáticos. Lo novedoso, en la mirada de especialistas como Gabriela Müller, es la intensidad con la que el fenómeno ingresó al discurso político, institucional y mediático; y a la discusión social en la calle y en las redes sociales.

En Santa Fe la evidencia es visible. Desde mayo, la Provincia viene coordinando acciones con la Municipalidad de Santa Fe y otros gobiernos locales, mientras que la Agencia Federal de Emergencias (AFE) convocó a las provincias de la Cuenca del Plata para trabajar en prevención y respuesta. En julio, el gobernador Maximiliano Pullaro reunió a intendentes y entidades para coordinar acciones y anunció un fondo de $10.000 millones para emergencias.
En la ciudad de Santa Fe, el fenómeno también se transformó en un eje de la planificación hídrica. Provincia y Municipio firmaron convenios para reforzar el drenaje urbano, con intervenciones sobre canales, reservorios, estaciones de bombeo y defensas. Se vienen realizando reuniones en los barrios para que los vecinos sepan cómo actuar, entre otras medidas. El intendente Juan Pablo Poletti afirmó que se trabaja “con previsión para llegar a tiempo”.
Y la agenda siguió escalando: Nación y provincias desarrollaron mesas de coordinación y protocolos específicos para El Niño 2026/2027. Incluso la AFE diseñó un Plan de Coordinación Federal ENOS para articular el trabajo entre organismos nacionales, provincias y municipios.
Es decir: por primera vez en mucho tiempo, o al menos con una magnitud que sorprende a quienes trabajan habitualmente con el clima, El Niño parece haber dejado de ser un asunto reservado a los especialistas para convertirse en una palabra central de la política de gestión del riesgo.
“¿Por qué ahora?”
La pregunta aparece casi inevitablemente en la reflexión de Müller. Y no porque considere innecesario que los gobiernos se preparen. Todo lo contrario. La anticipación es una de las principales herramientas de la gestión del riesgo.
Lo que pone en discusión es que la excepcional atención política pueda generar una percepción equivocada acerca de la novedad científica del fenómeno. “Los pronósticos climáticos existen hace décadas”, advierte la investigadora. Y agrega que, en realidad, “lo que ha cambiado es la respuesta mediática y la prensa que se le otorga al fenómeno, no la ciencia detrás de él”.
La observación adquiere especial relevancia en este 2026. El Servicio Meteorológico Nacional ya informaba en julio que las condiciones del ENOS eran compatibles con una fase cálida o El Niño y que los modelos climáticos globales indicaban una probabilidad cercana al 90% de que el fenómeno alcanzara una magnitud calificada en la escala máxima como muy fuerte hacia el ultimo trimestre del año.
Los organismos internacionales también vienen siguiendo la evolución. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) había advertido en junio que existía un 80% de probabilidad de establecimiento de El Niño entre junio y agosto y alrededor de 90% para el período septiembre-diciembre, con modelos que sugerían un evento al menos moderado y posiblemente fuerte.

A fines de julio, la propia OMM elevó el tono de su diagnóstico: señaló que se estaba desarrollando un El Niño fuerte, con expectativas de intensificación durante hacia el ultimo trimestre del año.
Y el Centro de Predicción Climática de la NOAA ya había señalado en julio una probabilidad del 81% de un El Niño muy fuerte durante octubre-diciembre y un 97% de posibilidades de que las condiciones persistieran hasta comienzos de la primavera de 2027, pero con una intensidad menor.
La actualización más reciente, difundida el 13 de agosto y recogida por Reuters, confirmo estas probabilidades de un evento muy fuerte hacia final de año.
Pero una cosa es pronosticar un fenómeno climático y otra muy distinta es anticipar exactamente qué ocurrirá en un territorio determinado.
El Niño no “camina” por Santa Fe
Ese es uno de los principales puntos sobre los que Müller insiste. “cuando nos referimos que en un evento El Niño la precipitación estará por encima de lo normal en la región del sudeste de Sudamérica y en particular en el noreste de Argentina, nos referimos a son condiciones medias estadísticas”, explica. Por eso considera técnicamente incorrecto atribuir automáticamente un episodio meteorológico particular al fenómeno, porque las consecuencias por ejemplo en la precipitación que resultan del evento, son la sumatoria de cada lluvia en el periodo de tiempo que dura el evento El Niño.
La advertencia resulta especialmente importante para Santa Fe, una provincia en la que la discusión climática está inevitablemente atravesada por el agua: lluvias intensas, crecidas de los ríos Paraná y Salado, funcionamiento de defensas, drenaje urbano y riesgo de inundaciones.
En otras palabras: que El Niño aumente la probabilidad de determinados patrones de precipitación no significa que cada tormenta, cada lluvia extraordinaria o cada inundación pueda ser explicada simplemente diciendo “es por El Niño”, aunque efectivamente el Niño aumenta la probabilidad que haya más lluvias extraordinarias, inundaciones y tormentas.
La misma precaución vale para el cambio climático. Un clima que se está modificando puede alterar la frecuencia, intensidad o distribución de los eventos extremos, pero demostrar que un episodio particular fue intensificado por el calentamiento global requiere análisis específicos que solo los científicos que trabajan en estos temas saben hacerlo.
La investigadora también cuestiona expresiones utilizadas en ámbitos públicos que, a su juicio, simplifican en exceso el fenómeno. Entre ellas, la idea de que “El Niño camina entre nosotros”.
La frase puede ser efectiva desde el punto de vista comunicacional, pero para la ciencia introduce un problema: personifica un fenómeno que, en realidad, se define a partir de un conjunto de variables oceánicas y atmosféricas y de sus anomalías respecto de determinados períodos de referencia.
La palabra “superniño” y el problema del alarmismo
Algo similar ocurre con expresiones como “Super Niño”, “Niño extraordinario” o “Niño histórico”.
Müller señala que la terminología científica no utiliza esos conceptos como categorías anticipadas y advierte que la intensidad del fenómeno no alcanza por sí sola para determinar el impacto que tendrá sobre una región. “El impacto real de un evento depende de múltiples factores moduladores que solo pueden evaluarse a medida que el sistema evoluciona y madura”, explica.

Esto es particularmente importante para el litoral argentino. Un mismo fenómeno de El Niño puede producir respuestas diferentes según las condiciones previas de la atmósfera, los océanos, los suelos, y otros patrones de variabilidad climática, según la época del año y las características regionales.
La investigadora recuerda, en ese sentido, el episodio 2015-2016: fue un El Niño muy fuerte desde el punto de vista de su categorización como evento, pero sus efectos sobre algunas regiones fueron atenuados por oscilaciones de gran escala que limitaron el aporte de humedad, entre otros.
Por eso, incluso ante un fenómeno que pueda ser excepcional por su intensidad, no existe una traducción automática entre “El Niño fuerte” y “inundación inevitable” en Santa Fe.
Una ciudad que tiene razones para prepararse
La advertencia científica no significa, sin embargo, minimizar el riesgo. Para Santa Fe, ubicada en la confluencia de los sistemas del Paraná y el Salado y atravesada por una extensa infraestructura de defensas, reservorios, canales y estaciones de bombeo, anticiparse resulta razonable.
La Provincia informó que viene realizando obras hídricas y tareas preventivas, mientras que la Municipalidad trabaja sobre el sistema de drenaje urbano y las estaciones de bombeo.
Además, Santa Fe fue sede en mayo de la primera reunión de la Mesa de Preparación ante El Niño de la AFE, con representantes de varias provincias de la Cuenca del Plata. Posteriormente hubo nuevas reuniones en Corrientes y Misiones.
Y en julio, en el Museo de la Constitución de la ciudad de Santa Fe, Müller participó precisamente de la presentación del Plan Provincial de Respuesta al Cambio Climático y expuso el Informe de Línea de base Climática de la provincia ante unas 250 personas, entre funcionarios, representantes productivos y otros actores institucionales.

Allí aparece, quizás, una de las claves de esta historia: la ciencia y la política se encuentran frente al mismo problema, pero cumplen funciones diferentes.
La ciencia puede decir cuáles son las probabilidades, cuáles son las incertidumbres y qué escenarios son plausibles. El Estado debe decidir qué hacer frente a esos escenarios.
El problema aparece cuando esas dos dimensiones se confunden y un pronóstico probabilístico termina convertido en una certeza.
“La gente prefiere el relato catastrófico”
Müller extiende su preocupación al modo en que se comunica el conocimiento científico. “Existe una tendencia en el público a preferir noticias catastróficas o escandalosas”, observa. Y considera que existe allí un “contrasentido lógico y antiintuitivo”, porque esa búsqueda permanente de escenarios extremos termina llevando a la sociedad a vivir “en constante miedo”.
Para la investigadora, el periodismo tiene una responsabilidad central en ese proceso. “Mi intención principal es llevar luz sobre temas de conocimiento científico a la sociedad, considerando que el periodismo es la vía indispensable para lograrlo”, plantea.
En relación a esto, la investigadora manifiesta otra gran preocupación, y es en relación a los supuestos especialistas, que usan los medios de comunicación para difundir información exagerada, fuera de contexto y en general falsa, lo cual aumenta la confusión y potencia el descredito cuando los que sí son especialistas, hablan con conocimiento y experiencia.
Y agrega una reflexión particularmente dirigida a quienes trabajan con información científica: “El periodismo serio es el puente fundamental para que los hallazgos científicos lleguen a una sociedad que a menudo prefiere ignorar la lógica académica”.
La preocupación no se limita a los medios. También alcanza a los funcionarios públicos. Müller lamenta que personas con responsabilidades institucionales y sus asesores puedan difundir información científicamente incorrecta. En su mirada, cuando una autoridad presenta como certeza algo que la ciencia expresa como probabilidad, no solamente se genera confusión: también se pierde una oportunidad para educar a la población sobre cómo funciona el conocimiento científico.
La oportunidad detrás de la alarma
Hay, entonces, una paradoja en este El Niño 2026. Por un lado, la atención de los gobiernos es una buena noticia. Que Nación, Provincia y municipios incorporen información climática a sus decisiones, planifiquen obras, revisen protocolos y coordinen respuestas es exactamente lo que recomiendan los organismos científicos internacionales.
La propia OMM destaca que los pronósticos climáticos permiten abrir una ventana para la acción temprana y la toma de decisiones.

Por otro lado, esa misma atención puede convertirse en un problema si el fenómeno se transforma en una explicación universal para cualquier evento meteorológico o en un argumento para anticipar catástrofes.
La diferencia entre ambos enfoques es sustancial: prepararse no significa alarmar.
Para Santa Fe, donde la memoria de las grandes inundaciones forma parte de la identidad urbana y donde el riesgo hídrico es una realidad permanente, contar con información científica rigurosa puede ser mucho más útil que cualquier pronóstico espectacular.
Por eso, detrás de la pregunta de Müller —“¿por qué ahora?”— aparece otra todavía más importante: ¿cómo aprovechar este inédito interés político y social por El Niño para construir una cultura de prevención basada en conocimiento y no en miedo?
La respuesta, para la investigadora, comienza por recuperar una regla elemental: distinguir entre lo que la ciencia sabe, lo que puede pronosticar, lo que todavía desconoce y aquello que simplemente no puede afirmar porque no estamos hablando de reglas de tres simples, sino de complejos sistemas físicos, que como en todo en la naturaleza no responden linealmente, es decir causa-efecto.
En una ciudad que mira de forma cotidiana el río, las defensas y el cielo, esa diferencia no es una cuestión académica. Puede ser, también, una herramienta de gestión del riesgo.






