Hay algo curioso en el nombre del fenómeno climático que durante décadas ha sido asociado en la Argentina con lluvias abundantes, crecidas de los grandes ríos e inundaciones: El Niño no nació en un laboratorio, ni fue bautizado por un meteorólogo. El nombre surgió mucho antes de que la ciencia pudiera explicar qué ocurría en el océano Pacífico.

La historia comienza en las costas del norte del Perú, donde los pescadores conocían desde hacía generaciones una particularidad del mar. En determinadas épocas, especialmente alrededor de Navidad, aparecía una corriente de agua inusualmente cálida que modificaba las condiciones habituales del océano y afectaba la pesca. Las aguas frías y ricas en nutrientes que caracterizan a esa región se desplazaban o quedaban desplazadas por aguas más cálidas, y con ellas cambiaba también la disponibilidad de peces.

Por eso los pescadores comenzaron a llamarla “corriente de El Niño”, en alusión al Niño Jesús y a la proximidad de las celebraciones navideñas. La Organización Meteorológica Mundial confirma que el nombre proviene de los pescadores y navegantes peruanos, que observaron la corriente cálida y su relación con la disminución de las capturas.

El hombre que puso el nombre por escrito
Si bien el nombre no fue inventado por un científico, existe una fecha y un protagonista que permiten establecer un punto de referencia histórico: 1892, Camilo Carrillo.
Carrillo era un capitán de navío de la Marina peruana y ese año presentó ante la Sociedad Geográfica de Lima observaciones sobre la denominada “corriente del Niño”. Allí explicó que eran los marineros de pequeñas embarcaciones del puerto de Paita, en el norte peruano, quienes utilizaban esa denominación porque la corriente se hacía especialmente perceptible después de Navidad.

Esto significa que Carrillo no acuñó el nombre desde cero. Lo que hizo fue recoger y llevar al ámbito científico un conocimiento que ya circulaba entre los hombres de mar.
Y hay otro detalle que vuelve todavía más interesante aquella historia. La primera descripción científica de las consecuencias de un episodio extraordinario había sido realizada poco antes, a partir de las lluvias y anomalías registradas en Perú durante 1891. El ingeniero Luis Carranza publicó entonces observaciones sobre una “contracorriente marítima” cálida que avanzaba por la costa peruana. Al año siguiente, Carrillo documentó específicamente el nombre que utilizaban los marinos: “Corriente del Niño”.

Mucho antes de saber qué era, ya sabían que algo estaba pasando
Los pescadores no conocían los mecanismos físicos que explicaban el fenómeno. Pero habían construido, a partir de la observación cotidiana, una suerte de sistema de conocimiento climático.

Sabían que el agua cambiaba, que aparecían especies de peces que normalmente no estaban allí y que la pesca podía disminuir. También habían identificado una característica temporal: el calentamiento solía hacerse visible alrededor de las fiestas de Navidad.
La ciencia tardaría varias décadas en comprender que aquella corriente cálida costera era sólo una parte de un proceso mucho más grande.

En 1969, el meteorólogo estadounidense de origen noruego Jacob Bjerknes realizó una contribución decisiva al vincular el calentamiento anómalo del Pacífico tropical con cambios en la circulación atmosférica y con la denominada Oscilación del Sur. A partir de entonces comenzó a consolidarse el concepto de El Niño-Oscilación del Sur (ENOS o ENSO, por sus siglas en inglés).
En términos sencillos, El Niño se produce cuando grandes sectores del Pacífico ecuatorial, especialmente su región central y oriental, presentan temperaturas superficiales del mar superiores a las habituales y se modifica la circulación atmosférica asociada. Ese acoplamiento entre océano y atmósfera puede alterar los patrones de lluvia y temperatura a miles de kilómetros de distancia.

Por eso El Niño no es simplemente “el agua caliente del Pacífico”. Es un fenómeno del sistema océano-atmósfera.
Cuándo empezó a hablarse de El Niño en la Argentina
No existe una fecha única que permita decir que en determinado día o año el término “llegó” a la Argentina. La incorporación del concepto a la meteorología y la climatología argentina fue progresiva y estuvo vinculada al desarrollo de los estudios sobre circulación atmosférica, hidrología y variabilidad climática.
Pero hay un año que resulta imposible pasar por alto: 1982.

El episodio de El Niño de 1982-1983 fue extraordinariamente intenso y tuvo consecuencias enormes sobre el Litoral argentino. En la provincia de Santa Fe, ese período aparece entre los de mayor impacto de las inundaciones registradas entre 1971 y 2003. Un estudio sobre desastres en la provincia señala que el quinquenio 1981-1985 concentró los mayores impactos, justamente por el evento fuerte de 1982-1983, que provocó anegamientos prolongados y repetidos en numerosas localidades de 14 de los 19 departamentos santafesinos.
En la ciudad de Santa Fe y su región, las consecuencias fueron particularmente importantes. Durante 1982 y 1983 se produjeron varias situaciones críticas vinculadas con las crecidas del Paraná y sus afluentes. Ejemplo de ello fue el desmoronamiento del emblemático Puente Colgante de Santa Fe y los aliviadores de la ruta nacional 168, en la ciudad, producto de la imponente crecida del río Paraná y sus afluentes. Estudios históricos sobre los desastres en el Litoral señalan que tres inundaciones de aquel período dejaron, en conjunto, alrededor de 27.700 evacuados en la ciudad de Santa Fe.
El impacto fue tan importante que aquella experiencia también contribuyó a modificar la forma en que la Argentina monitoreaba sus ríos.

En febrero de 1983, en plena crisis, la entonces Subsecretaría de Recursos Hídricos de la Nación emitió el primer mensaje con información sistemática sobre alturas hidrométricas y caudales del río Paraná. La decisión de coordinar información entre organismos nacionales y provinciales había sido tomada pocas semanas antes, ante las persistentes lluvias en las altas cuencas del Paraná y el Paraguay y el incremento de los niveles registrado durante diciembre de 1982. La posibilidad de nuevas precipitaciones asociadas al episodio extremo de El Niño llevó además a coordinar información con Brasil y Paraguay.
En el Litoral argentino, El Niño dejó de ser una curiosidad meteorológica para convertirse en una cuestión concreta de gestión del riesgo hídrico.
El Niño entró al lenguaje cotidiano
Otro salto importante se produjo durante el episodio de 1997-1998, uno de los más intensos registrados durante el siglo XX.
Para entonces, el concepto ya estaba instalado en la comunidad científica internacional y había comenzado a ocupar un lugar mucho más visible en los medios de comunicación. En la Argentina, las referencias a El Niño se hicieron habituales para explicar lluvias, inundaciones, crecidas de los ríos y modificaciones de los patrones climáticos.

En la prensa “El Niño” era presentado como un fenómeno capaz de explicar cambios espectaculares en las precipitaciones y cuyos efectos podían extenderse desde el Pacífico hasta el Atlántico.
Desde entonces, cada nuevo episodio importante volvió a poner el término en circulación. En 2015-2016, por ejemplo, el fenómeno alcanzó nuevamente una intensidad extraordinaria; documentos del Servicio Meteorológico Nacional muestran que el índice oceánico del Niño llegó a igualar durante aquel episodio el máximo registrado en el evento 1997-1998.
Qué está pasando ahora
La historia del nombre vuelve a encontrarse con la actualidad. El Niño está nuevamente presente y se está intensificando. El Servicio Meteorológico Nacional señala que las condiciones del ENOS son consistentes con una fase cálida: las temperaturas superficiales del Pacífico ecuatorial presentan anomalías positivas en toda la región, con máximos cerca de la costa sudamericana, mientras que los vientos alisios se encuentran debilitados y el índice de Oscilación del Sur permanece en valores negativos. Para el trimestre julio-agosto-septiembre, el SMN estima una probabilidad cercana al 100% de continuidad de la fase El Niño.
La Organización Meteorológica Mundial ya había advertido en junio que existía un 80% de probabilidad de que El Niño se desarrollara durante junio-agosto y que la probabilidad de que persistiera al menos hasta noviembre era cercana o superior al 90%. Los modelos anticipaban entonces un episodio al menos moderado y posiblemente fuerte.

Pero las últimas previsiones son todavía más llamativas. Este jueves 13 de agosto, el Centro de Predicción Climática de Estados Unidos elevó a más del 90% la probabilidad de que El Niño alcance una intensidad “muy fuerte” durante el otoño y el invierno boreales de 2026-2027. Y hay un dato que encendió particularmente las alarmas: para el trimestre octubre-noviembre-diciembre existe un 69% de probabilidad de que alcance un nivel considerado histórico, superior al de todos los episodios registrados desde 1950.
Las temperaturas del Pacífico ya muestran la magnitud de la anomalía. En julio, la región ubicada frente a las costas de Sudamérica llegó a registrar una temperatura superficial 2,9 °C por encima de lo normal, mientras que la región utilizada habitualmente como referencia para caracterizar el fenómeno, presentó una anomalía de alrededor de 1,4 °C.
Qué puede significar para Santa Fe
Acá aparece la razón por la que la historia de un nombre nacido hace más de 130 años en los puertos del Perú tiene tanta importancia para los santafesinos. El Niño no determina por sí solo que vaya a llover en un día determinado ni permite anticipar exactamente cuándo crecerá el Paraná. Lo que hace es modificar las probabilidades climáticas.
En la Argentina, su señal suele asociarse con una mayor frecuencia e intensidad de las precipitaciones en buena parte del centro-este y norte del país. El Litoral, y particularmente sectores de Santa Fe, Corrientes y Misiones, se encuentran entre las regiones argentinas con mayor relación histórica con El Niño. En años Niño, las primaveras tienden estadísticamente a ser más lluviosas en esta región.

Eso no significa que cada episodio de El Niño produzca una inundación ni que toda lluvia intensa sea consecuencia directa del fenómeno. La respuesta depende también de otros factores atmosféricos, oceánicos y regionales; y del cambio climático.
Pero existe una enseñanza que dejó la historia del propio fenómeno: el océano Pacífico puede cambiar las condiciones atmosféricas a miles de kilómetros de distancia. Lo que los pescadores peruanos observaron durante siglos como una corriente cálida que llegaba cerca de Navidad terminó revelándose como una pieza de un sistema climático planetario.

Y quizás esa sea la mayor curiosidad de todas: uno de los nombres más conocidos de la meteorología moderna nació de una observación hecha por personas que no hablaban de anomalías térmicas, índices oceánicos ni circulación atmosférica. Simplemente miraban el mar, esperaban la llegada de Navidad y sabían que, algunas veces, el agua cambiaba y los peces desaparecían.
Más de un siglo después, los satélites, las boyas oceánicas y los modelos climáticos miran ese mismo Pacífico. Y este año, por primera vez en mucho tiempo, los pronósticos sugieren que aquel “Niño” podría estar preparando uno de sus episodios más extraordinarios.






