La noticia llegó como llegan las cosas inevitables: en silencio, acumulada en mensajes. “Era un día muy cercano a la Pascua, el día siguiente. Me desperté, vi un montón de mensajes… y ahí tomé conciencia”, recuerda monseñor Sergio Fenoy, arzobispo de Santa Fe. La muerte del papa Francisco —Jorge Mario Bergoglio, el cura de Flores que llegó a Roma sin dejar de ser porteño— ocurrió, para Fenoy, en una fecha cargada de sentido: “Fue un hermoso día para morir. Creo que ha sido un regalo de Dios para él, porque era el día de Pascua”.
A un año de la muerte de Francisco: la cercanía como legado, en la memoria de Mons. Fenoy
El arzobispo evoca la figura de Jorge Bergoglio desde su paso por Santa Fe y resume el núcleo de su legado en una de sus enseñanzas más insistentes: “La escucha es el primer paso”, como punto de partida de un camino que propone discernir y encontrarse con el otro. La trascendental anécdota íntima de cuando con 18 años orientó su vocación espiritual.


A un año de su fallecimiento, la figura del primer Papa latinoamericano vuelve a ser revisitada desde múltiples ángulos. En Santa Fe, esa mirada tiene un matiz particular: aquí, en las aulas y pasillos del colegio de la Inmaculada, Bergoglio fue un joven jesuita en formación, mucho antes de convertirse en líder espiritual global.
Nacido el 17 de diciembre de 1936 en Buenos Aires, hijo de inmigrantes italianos, técnico químico antes que sacerdote, Bergoglio ingresó a la Compañía de Jesús en 1958 y fue ordenado en 1969. Su biografía es conocida, pero hay trazos menos visibles que ayudan a entender su estilo: la vida en barrios populares, la enseñanza, la austeridad cotidiana. En Santa Fe, dejó una marca silenciosa que todavía hoy emerge en la memoria colectiva.
Fenoy lo resume en una palabra, casi sin dudar:
—Si cierra los ojos y busca una palabra que lo defina, ¿cuál es?
—Cercanía. Cercanía.
La repite como quien subraya una idea central.
“Yo no he sido amigo del Papa Francisco —aclara enseguida—. Nuestra relación fue más bien de trabajo, de servicio, y de admiración de mi parte. Pero aun así pude comprobar esa cercanía, esa confianza que generaba, esa imagen de un Dios Padre misericordioso, abierto a todos”.
Esa cercanía no era un gesto superficial ni una estrategia comunicacional. Era, en todo caso, una forma de estar en el mundo. Un rasgo trabajado, incluso, sobre su propia personalidad: “Ha sabido manejar mucho su afectividad. Por momentos podía ser distante, duro, pero supo moldearse según los lugares y responsabilidades. Y al mismo tiempo, ser muy tierno con los ancianos, con los niños, con los pobres”.
En Santa Fe, ese rasgo se volvió experiencia concreta.
—También los santafesinos vivieron esa cercanía. Bergoglio fue un sacerdote aquí.
—Sí —responde Fenoy—. Fue enviado en su juventud, en su etapa de formación. Y es notable cómo la ciudad siempre recordó ese paso antes de que fuera Papa. Me hablaban del cardenal Bergoglio que había estado aquí.

El recuerdo no es abstracto. Tiene escenas, incluso pequeñas bromas: “Se acordaba de personas, de lugares. A veces me preguntaba ‘¿cómo está fulano?’, o me nombraba algún prócer santafesino que ya no estaba (risas)”.
Para el arzobispo, esa persistencia en la memoria es una señal: “No creo que haya dejado a nadie indiferente. A favor o en contra, pero no dejó indiferente. Y eso habla de una personalidad muy rica, y también de una gracia”.
En el plano personal, la cercanía se traducía en gestos mínimos pero constantes.
—¿Qué anécdota guarda de ese vínculo?
—Tenía esos detalles. Llamaba él mismo para saludarme en mi cumpleaños, incluso siendo Papa. Se tomaba ese tiempo. No era amistad, pero sí afecto, educación.
La escena se repite en otros ámbitos, más formales pero igual de reveladores. Fenoy lo conoció en la Conferencia Episcopal, donde Bergoglio ejercía una rigurosa ética del trabajo: “Seguía cada tema personalmente, me corregía los textos, no firmaba nada sin leerlo tres veces. Me hacía rehacer los documentos. A la cercanía hay que sumarle la laboriosidad y la responsabilidad”.
Y también, a veces, una atención inesperada. Como aquella vez en que un joven seminarista llamado Sergio Fenoy, de 18 años, dudaba sobre su vocación y escribió a la Compañía de Jesús.
“La sorpresa fue que me respondió él mismo —recuerda Fenoy—. Podría haberlo hecho cualquier otro, pero me respondió él y me orientó muy bien. Se tomó el tiempo de atender a alguien que no conocía. Eso para mí lo hacía único”.
Ese modo de estar —personal, directo, atento— fue trasladado luego a su pontificado. Elegido Papa el 13 de marzo de 2013, tras la renuncia de Benedicto XVI, Francisco inauguró una etapa marcada por reformas, gestos simbólicos y una insistente apelación a las periferias. Documentos como Laudato si’ y Fratelli tutti ampliaron su voz más allá del mundo católico, mientras su estilo —vivir en Santa Marta, simplificar ceremonias, priorizar el contacto directo— redefinió el rol papal en el siglo XXI.
Para Fenoy, sin embargo, el legado no se mide todavía en su totalidad.
—¿Qué dejó Francisco?
—Eso se va a ver con el tiempo. Ahora está todo muy fresco. Pero creo que dejó un camino, un método.
Ese método, dice, puede resumirse en tres palabras: escucha, discernimiento y encuentro.

“La escucha es el primer paso. Escuchar de verdad, con atención, con empatía, poniéndonos en el lugar del otro. Él insistía mucho en mirar la realidad desde las periferias”.
Luego viene el discernimiento: “No decidir desde un escritorio, sino después de haber escuchado, comprendido, incorporado la realidad”.
Y finalmente, el encuentro: “Fue un maestro del encuentro. Incluso sabiendo que puede haber conflicto. Pero sin miedo al diálogo, sin miedo a ceder, a abrirse”.
No es, subraya Fenoy, un esquema exclusivamente religioso. “Es un camino que la sociedad política, las instituciones, todos podrían recorrer”.
En Argentina, la figura de Francisco mantiene una singularidad: nunca regresó como Papa. La expectativa, ahora, se traslada a su sucesor.
—Se habla de una posible visita del Papa León XIV. ¿Qué se sabe?
—No tenemos ninguna confirmación oficial. Siempre está el rumor, pero un viaje se prepara. No es algo inmediato. Yo no descarto la posibilidad, pero hoy no hay nada concreto.
Mientras tanto, el aniversario de su muerte se vuelve una oportunidad íntima, más que protocolar.
—¿Cómo hay que recordar hoy a Francisco en cada hogar santafesino?
—Tomando alguna de sus palabras. Una frase que llegue al corazón, escribirla, tenerla cerca.
Fenoy lo explica con una imagen sencilla: “Es como cuando uno recuerda algo que decía su padre o su madre. No hace falta leer una encíclica. Una frase, un gesto, algo que nos acompañe”.
Y en esa práctica mínima, casi doméstica, se cifra tal vez la persistencia de su figura. Francisco, el Papa que hablaba “en dialecto”, que inventaba palabras como “primerear” o “misericordiar”, que construyó su liderazgo desde la cercanía, sigue siendo —un año después— una voz que no se apaga del todo.
O, como lo sintetiza Fenoy, una presencia que todavía interpela: “Es una herencia que con el tiempo se va a valorar cada vez más”.








