La escena se repite en hospitales, consultorios y centros de salud barriales: una mordedura, un susto, una familia que no sabe cómo reaccionar. En la ciudad de Santa Fe, esos episodios no son aislados. Solo en enero y febrero de este año, 52 niños fueron atendidos por ataques de perros, una cifra que expone la dimensión del problema y que funciona como punto de partida para una nueva estrategia municipal.
Alicia Lavernia: “No hay razas peligrosas, hay perros que pueden serlo”
La especialista en comportamiento animal es la encargada de capacitar a quienes tienen este tipo de perros en Santa Fe. Brinda charlas en el marco del programa municipal “Huellas”. Una política pública que busca anticiparse a los conflictos y reducir los ataques de perros a partir de la educación y la responsabilidad.

En ese contexto nació “Huellas”, el programa que combina capacitación obligatoria, registro de animales y colocación de microchips, y que tuvo su primera jornada de charlas de capacitación a tenedores de este tipo de perros esta semana con una convocatoria que superó expectativas. Pero más allá de la herramienta tecnológica, “la clave está en otro lado”, advierte la médica veterinaria Alicia Lavernia, a cargo de las charlas.
“Este es el inicio de un programa que tiene por objetivo la prevención por sobre todas las cosas. Sabemos que todo comienza a partir de la prevención y la educación”, afirma la veterinaria, especializada en medicina comportamental.
Más adelante confesará que durante mucho tiempo en sus charlas sintió que “siempre se llegaba tarde”. Y esta es “la primera vez que se comienza por donde se debe hacerlo, que es por la prevención”, dijo Lavernia, que se pasó los últimos 13 años brindando este tipo de capacitaciones y, en consecuencia, adquiriendo una gran experiencia.
Ese “llegar tarde” se expresa en números, que son víctimas y tienen secuelas. Sólo durante los meses de enero y febrero pasado se registraron 52 casos de mordeduras de perros a niños y niñas, de acuerdo a las estadísticas suministradas por el Hospital de Niños Orlando Alassia. Durante todo el año pasado la cifra total trepó a 258 casos, mientras que en 2024 fueron 226 y en 2023, 255 casos; lo que habla de un total de 791 ataques en 39 meses.

“Los especialistas sabíamos desde entonces cómo se iba a ir agravando este problema que hoy estamos teniendo como sociedad a lo largo del tiempo”, dice la experta, que luego citará como ejemplo de lo que se vino haciendo en materia de prevención a las políticas dispuestas por ley en Córdoba, como un faro.
Cambiar la mirada
Lavernia no habla solo desde la clínica, sino desde una perspectiva que vincula la conducta animal con la salud pública. Para ella, uno de los errores más extendidos es simplificar el problema.
“Los accidentes por mordedura son la causa de abandono en los perros número uno a nivel mundial. Es decir, los problemas de agresividad son la causa número uno de abandono”, explica.
Esa afirmación encuentra eco en la política pública que impulsa el municipio: pasar de una lógica reactiva —multas, sanciones, intervenciones posteriores— a una preventiva, basada en la formación de los tutores. “El programa busca llegar antes, prevenir y no solamente ir atrás del castigo”, había señalado el intendente Juan Pablo Poletti al presentar la iniciativa.

El cambio de enfoque también alcanza a un debate histórico: el de las razas peligrosas. Lavernia es categórica: “No hablamos de razas potencialmente peligrosas, hablamos de individuos o perros potencialmente peligrosos”.
En la misma línea, desde el Instituto Municipal de Salud Animal (Imusa) advierten que “cualquier perro de más de 15 kilos puede generar daño, por lo que el eje debe estar en la educación y no en la estigmatización”, dice el médico veterinario Pablo Ortiz, al frente del organismo.
Lo que el perro “dice” antes de morder
Uno de los puntos centrales de las capacitaciones tiene que ver con aprender a leer al animal. Porque, según la especialista, los ataques rara vez son imprevisibles.
“Los perros no muerden porque sí, el mayor problema son todas las señales previas que va dando el animal y que las personas no saben”, sostiene.

Gruñidos, tensiones corporales, incomodidad: señales que muchas veces se ignoran o, peor, se corrigen de manera inapropiada. Ahí aparece uno de los nudos del problema, sobre todo en el ámbito doméstico.
“Casi el 70% de los accidentes por mordedura son intrafamiliares o de un perro conocido”, advierte Lavernia, y pone el foco en los adultos: “En el caso de los niños, los padres sobrevaloran la tolerancia de algunos perros”.
La escena, entonces, deja de ser la del “peligro en la calle” para trasladarse al interior de las casas.
Antes de que llegue el cachorro
Para la especialista, la prevención empieza incluso antes de adoptar. Elegir un perro implica considerar tiempo, espacio, presupuesto, pero también —y sobre todo— respetar los procesos biológicos.
“La edad de adopción es fundamental. Hoy hablamos de 60 días, ya no de 45, porque la madre cumple un rol fundamental en la crianza”, explica.
Y profundiza: “Los autocontroles los enseña la madre, la inhibición de la mordida la enseña la madre canina”. Esos aprendizajes, “invisibles para muchos, son los que luego determinan conductas en la vida adulta”.
En ese sentido, la especialista deja una definición que resume buena parte del enfoque del programa: “No tenemos el perro que queremos, tenemos el perro que podemos”.
El chip: herramienta, no solución
Uno de los aspectos más visibles de “Huellas” es la colocación de microchips en perros —principalmente aquellos de más de 15 kilos—, una medida que comenzó a implementarse este sábado tras la capacitación obligatoria de la semana que termina.
El dispositivo, que no requiere cirugía, contiene un código único que permite vincular al animal con su tutor y mejorar el control sanitario.

Pero tanto los funcionarios como la propia Lavernia coinciden en un punto: no alcanza.
“El chip no soluciona el problema”, reconoció Poletti. La herramienta sirve para identificar y actuar, pero el verdadero cambio depende de otra cosa: el compromiso social.
Una convivencia que se aprende
“Huellas” se apoya en dos pilares —educación y registro— y en una idea más profunda: que la relación entre humanos y animales no es espontánea, sino construida.
“Hoy hay que tener en cuenta que la función del perro es ser compañía. Ya no tenemos más un perro para que nos cuide”, concluye Lavernia.
La frase, sencilla, encierra un cambio cultural. En una ciudad que —como reconocen las propias autoridades— tiene una fuerte tradición de vínculo con los animales, el desafío no es solo quererlos, sino aprender a convivir.

Porque, como repite la especialista, “el problema casi nunca empieza con la mordedura. Empieza mucho antes”.








