Una creciente extraordinaria del río Paraná puede tener consecuencias que se extienden mucho más allá de los meses en que el agua ocupa las islas y los bañados. En determinadas condiciones, esos períodos de inundación favorecen la reproducción de los peces y generan nuevas generaciones que, varios años después, llegan a tener un impacto concreto sobre la actividad pesquera.

El proceso ayuda a explicar una de las estrategias de supervivencia más importantes de los peces del Paraná: su capacidad para atravesar años desfavorables y aprovechar las oportunidades que ofrecen las crecientes. En lugar de depender de una única temporada reproductiva, especies como el sábalo, la boga, el dorado y el surubí desarrollaron ciclos de vida adaptados a las grandes variaciones del río.

Pablo Scarabotti, biólogo, investigador del Instituto Nacional de Limnología (Inali, Conicet) y docente de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), estudia desde hace 16 años las comunidades de organismos acuáticos asociadas al Paraná. Su trabajo permite comprender por qué una inundación puede ser determinante para la recuperación de las poblaciones de peces y por qué sus efectos no se advierten de inmediato.
El efecto de una creciente se nota años después
La relación entre las inundaciones y la pesca no es inmediata. Cuando el río crece en el período reproductivo, los peces migratorios pueden desovar y sus huevos y larvas son transportados por la corriente. Si el nivel del agua permite la conexión con las lagunas y los bañados de la planicie de inundación (la enorme extensión de terreno que el agua ocupa durante la creciente), una parte de esas larvas accede a ambientes donde encuentra alimento y refugio.

Allí comienza una etapa fundamental para la supervivencia de las nuevas generaciones. Las zonas de aguas poco profundas y con vegetación ofrecen mejores condiciones para el desarrollo de los peces juveniles que las que encuentran en los cauces principales.
Pero esos ejemplares necesitan tiempo para crecer. Por eso, una temporada reproductiva favorable no se traduce inmediatamente en más peces disponibles para la pesca comercial.

Según explicó Scarabotti, los aumentos poblacionales pueden empezar a reflejarse en las capturas dos o tres años después de las grandes crecientes. En el caso del sábalo, ese incremento puede sostener la actividad pesquera durante más de una década, aunque la duración y la magnitud del efecto dependen de las condiciones ambientales y de la evolución de la población.
El investigador identificó las crecientes de 1982, 1990, 1997, 2010 y 2016 entre los episodios que favorecieron el crecimiento poblacional del sábalo.
La creciente de 2016 constituye un ejemplo de ese efecto diferido. En una entrevista realizada durante el Primer Congreso Argentino de Ictiología, celebrado en Santa Fe en octubre de 2026, Scarabotti señaló: “De hecho, todavía estamos pescando los peces de la creciente extraordinaria de 2016, que fue el último gran fenómeno del Niño”.

La observación permite dimensionar la escala temporal con la que deben evaluarse estos procesos. Lo que sucede durante una temporada de inundaciones puede repercutir sobre la pesca de los años siguientes, mucho después de que el río haya regresado a niveles más bajos.
El sábalo, un pez preparado para resistir
Entre las especies que habitan el Paraná, el sábalo ocupa un lugar central por su abundancia y por su importancia ecológica y pesquera. Su estrategia reproductiva combina una elevada producción de huevos con una vida relativamente larga y desplazamientos migratorios.
De acuerdo con Scarabotti, estos peces pueden vivir entre 10 y 20 años. Esa longevidad representa una ventaja en un ambiente donde las condiciones para reproducirse con éxito cambian de un año a otro.
Durante una bajante prolongada, los adultos pueden sobrevivir, aunque las posibilidades de que sus larvas alcancen los ambientes apropiados para desarrollarse se reduzcan considerablemente. Cuando vuelven las crecientes y se recupera la conexión entre el cauce principal y la planicie de inundación, los peces tienen nuevas oportunidades reproductivas.

El investigador destaca que el sábalo del Paraná vive aproximadamente el doble de años que especies similares de las cuencas del Orinoco y del Amazonas, conocidas como curimbatá o bocachico. Esa diferencia constituye una adaptación a sistemas fluviales sometidos a variaciones hidrológicas importantes entre años.
La longevidad no elimina los efectos de una sequía ni garantiza la recuperación de una población. Sin embargo, amplía las posibilidades de que los ejemplares sobrevivan a varios años desfavorables y lleguen a experimentar uno o más períodos de inundación que favorezcan su reproducción.
Qué dejó la bajante extraordinaria
La bajante que afectó al Paraná entre 2019 y 2022 puso a prueba esa estrategia de supervivencia. Durante ese período, numerosas lagunas y bañados quedaron desconectados del cauce principal, mientras grandes superficies de la planicie de inundación permanecieron expuestas.
En esas condiciones, los peces podían reproducirse, pero las larvas tenían menos posibilidades de alcanzar los ambientes laterales donde encuentran alimento y protección. La consecuencia fue una reducción de las oportunidades de supervivencia durante las primeras etapas de vida.
Scarabotti explicó que durante esos años se observó muy poca reproducción de las especies que dependen de los pulsos de inundación para completar su ciclo. La dificultad no radicaba solamente en la falta de agua, sino también en la pérdida de conexión entre los diferentes ambientes del sistema fluvial.

La recuperación posterior depende de varios factores: que se produzcan crecientes en momentos favorables, que el agua alcance las áreas de cría y que las nuevas generaciones logren sobrevivir hasta incorporarse a las poblaciones adultas.
Por eso, una eventual mejora de las condiciones hidrológicas no debe interpretarse como una recuperación inmediata de la pesca. Entre el desove y el momento en que los ejemplares alcanzan tamaños relevantes para la actividad comercial existe un intervalo de varios años.
El Niño y la oportunidad reproductiva
El fenómeno de El Niño puede favorecer este proceso porque suele asociarse con precipitaciones superiores a las habituales en amplios sectores de la cuenca del Paraná. Cuando esas lluvias se traducen en un aumento sostenido de los caudales, se amplían las posibilidades de conexión entre el río, sus brazos secundarios, las lagunas y los bañados.
Sin embargo, no alcanza con que el nivel del agua suba durante algunos días. Para que el efecto reproductivo sea favorable, deben coincidir el momento del año, la maduración de los peces y las condiciones que permitan que las larvas lleguen a la planicie de inundación.

La primavera y el verano son períodos importantes para este proceso, porque muchas de las especies migratorias maduran y se reproducen durante los meses más cálidos. Una creciente que se mantenga durante un tiempo suficiente puede mejorar las condiciones para que los huevos y las larvas completen las primeras etapas de su desarrollo.
Los resultados dependerán, de todos modos, de la evolución efectiva del río. El Niño no determina por sí solo la magnitud de una creciente ni garantiza que todas las especies respondan de la misma manera.
Una recuperación que requiere tiempo
La dinámica del Paraná muestra que la pesca no depende únicamente de cuánto se extrae del río en un momento determinado. También está condicionada por procesos ecológicos que pueden haberse iniciado varios años antes.
La disponibilidad de peces adultos está vinculada con la supervivencia de generaciones anteriores, y esa supervivencia depende, en parte, de la posibilidad de que las crecientes conecten el cauce con los ambientes donde se desarrollan las larvas.

El caso del sábalo permite observar esa relación entre hidrología, reproducción y actividad económica. Una inundación favorable puede impulsar una generación abundante de peces; esa generación necesita tiempo para crecer y puede contribuir a sostener las capturas durante años.
La alternancia entre crecientes y bajantes es parte del funcionamiento natural del Paraná. Comprender sus efectos sobre las poblaciones de peces resulta fundamental para evaluar la evolución de la pesca y para tomar decisiones que contemplen tanto las necesidades productivas como la conservación del ecosistema.






