En una casa precaria de Recreo Sur, donde las paredes todavía muestran las marcas del abandono y las obras avanzan apenas hasta un 40%, ocho personas intentan reconstruir una vida que durante años estuvo rota. Allí conviven seis hombres rescatados de la calle, un colaborador y el propio Pablo Ordano, director de la Fundación Gabriel Carrón, una organización santafesina que trabaja con personas con padecimientos psiquiátricos severos y que hoy atraviesa una situación económica crítica.
“Trabajamos con personas que no existen para el sistema”: el drama silencioso que enfrenta una fundación santafesina
La Fundación Gabriel Carrón rescata en Santa Fe a personas con trastornos psiquiátricos severos que viven abandonadas y en situación de calle. Su director, Pablo Ordano, advirtió sobre las consecuencias de la falta de dispositivos estatales de contención y pidió ayuda urgente para sostener el trabajo que realizan en un predio ubicado en Recreo Sur.

“Nosotros trabajamos con personas que no cuentan, que no existen para el sistema”, resume Ordano. La frase no es una metáfora. Habla de hombres y mujeres que pasaron diez, quince o hasta veinte años viviendo en la calle, aislados de sus familias, sin documentos, sin tratamientos y muchas veces sin siquiera conciencia de enfermedad. Personas que, según explica, quedaron atrapadas entre el abandono social y las falencias de un sistema de salud mental que nunca logró construir respuestas integrales.

La Fundación nació justamente para ir a buscarlos. No esperan que alguien golpee la puerta pidiendo ayuda. Salen ellos. Recorren plazas, estaciones, barrios y zonas periféricas de la ciudad de Santa Fe para detectar casos extremos de vulnerabilidad. “Son personas que no tienen capacidad de pedir ayuda por sí mismas. Si nadie va a buscarlas, quedan condenadas a desaparecer en la calle”, sostiene Ordano.

Salir del abandono
El trabajo, explica Ordano, comienza mucho antes de un tratamiento psiquiátrico. Primero hay que construir confianza. “Lo inicial es generar un vínculo. Muchas veces están atravesados por años de abandono, de violencia o de consumo problemático. Hay que romper esa barrera para que puedan aceptar algún tipo de acompañamiento”, relata.

Después llega el abordaje clínico y social. La Fundación articula tratamientos psiquiátricos y farmacológicos con el sistema público de salud, mientras desarrolla un esquema de rehabilitación integral: hábitos de higiene, convivencia, actividades recreativas, talleres, deportes y estimulación neurocognitiva. El objetivo final es que puedan recuperar autonomía y volver a insertarse socialmente.
“En realidad, las personas con las que trabajamos tienen tan avanzada su enfermedad que es muy poco probable que recuperen la autonomía como para que salgan de la institución alguna vez”, confiesa Ordano. “Si se logra, es excelente, pero no es nuestra población objetivo. Lo que comúnmente ocurre -en un 70 u 80 por ciento de los casos- es que su patología se agrave con el paso del tiempo”.

Ordano señala que gran parte del problema actual tiene relación directa con la implementación de la Ley Nacional de Salud Mental de 2010. Según plantea, la norma impulsó el cierre progresivo de hospitales monovalentes, pero nunca se desarrollaron en cantidad suficiente los dispositivos comunitarios prometidos para contener a los pacientes externados.
“La ley proponía pasar de un modelo manicomial a uno comunitario, pero el Estado solamente cerró estructuras y nunca generó alternativas reales. Entonces muchas personas terminaron literalmente en la calle”, afirma el director de la institución.

No existir
Hoy, asegura Ordano, los dispositivos públicos existentes son insuficientes y están orientados principalmente a pacientes que ya conservan cierto grado de autonomía. “Los casos más graves quedan afuera. Pero se puede hacer mucho”, resume.

Uno de los ejemplos que más conmueve dentro de la organización es el de Juan Maidana, un hombre que durante más de dos décadas sobrevivió en inmediaciones de la Plaza del Soldado, en la ciudad de Santa Fe. Cuando la Fundación logró acercarse a él y comenzar su recuperación, descubrieron algo todavía más dramático: no existía legalmente.
“No tenía partida de nacimiento ni DNI. Era una persona sin identidad para el Estado”, cuenta Ordano. Tras meses de gestiones, lograron realizar una inscripción tardía y obtener por primera vez su documentación. “Hoy Juan está compensado, vive con nosotros y recuperó algo tan básico como tener nombre e identidad”, agrega.

La Fundación Gabriel Carrón trabaja además con personas que atravesaron conflictos con la ley penal, muchas veces vinculados a patologías psiquiátricas severas, que no tienen familia. Algunos de estos casos además han atravesado situaciones complejas por consumos problemáticos. En distintas publicaciones institucionales, la organización advierte que gran parte de estas personas son tratadas como delincuentes comunes cuando en realidad sus conductas están profundamente condicionadas por enfermedades mentales sin tratamiento adecuado.
El sacerdote suizo Gabriel Carrón fue una de las figuras más emblemáticas de la pastoral social en Santa Fe. Llegó a la Argentina en la década del ‘70 y dedicó gran parte de su vida al trabajo con personas privadas de la libertad, jóvenes de barrios vulnerables y personas en situación de exclusión social. Impulsor de la Pastoral Penitenciaria en la provincia y referente nacional en la temática, dejó una profunda huella por su compromiso con los sectores más marginados, legado que hoy continúa a través de la fundación que lleva su nombre.

Un predio para cobijarlos
En los últimos años, la entidad comenzó también a articular proyectos con universidades y profesionales. Uno de ellos se desarrolla junto a la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Católica de Santa Fe, donde estudiantes y docentes colaboran en el diseño y refuncionalización del predio de Recreo Sur.

Pero mientras las obras avanzan lentamente, la situación financiera se volvió desesperante. La Fundación asegura que no recibe aportes estatales y sobrevive exclusivamente gracias a donaciones privadas. Hoy acumulan deudas salariales, impuestos atrasados y créditos impagos.
“Estamos en una situación límite. Lo único que pedimos es que la gente conozca lo que hacemos y que quien pueda colaborar nos ayude a sostener este trabajo”, expresa Ordano.

Para la Fundación, no se trata solamente de hablar de salud mental, sino también de “poner en discusión qué ocurre con quienes quedaron completamente fuera del sistema”, dice Ordano, en el marco del Día Mundial de la Esquizofrenia, que se conmemora este 24 de mayo.
Mientras esperan una ayuda, en esa casa de Recreo Sur donde todavía faltan revoques y habitaciones terminadas, la rutina sigue. Hay medicación, talleres, comidas compartidas y pequeñas tareas cotidianas. Gestos simples que para muchos pueden pasar inadvertidos, pero que para quienes pasaron años sobreviviendo en la calle significan la posibilidad de empezar de nuevo.








