Oscar Vera tiene casi 60 años y más de 40 de oficio. Empezó cuando tenía apenas 20, en una época donde la vida obligaba a elegir rápido: estudiar o trabajar. Eligió trabajar. Y sin saberlo, estaba eligiendo su camino para siempre.

Hace cuatro décadas que Oscar vive entre tijeras, hilos y telas. Aprendió el oficio de su padre, fue testigo de momentos históricos y vistió a generaciones enteras en los días más importantes de sus vidas. Su historia es la de un trabajo artesanal que hoy resiste en silencio y con dignidad.

Oscar Vera tiene casi 60 años y más de 40 de oficio. Empezó cuando tenía apenas 20, en una época donde la vida obligaba a elegir rápido: estudiar o trabajar. Eligió trabajar. Y sin saberlo, estaba eligiendo su camino para siempre.
Nunca dejó la sastrería. Nunca cortó. Nunca se alejó del oficio. Desde aquel primer día hasta hoy, su vida transcurre entre telas, reglas, máquinas de coser y el sonido inconfundible de las tijeras sobre la mesa de trabajo.
El oficio no llegó por casualidad. Lo heredó. Su padre fue uno de los sastres históricos de Santa Fe. Trabajó en Rossmann y luego en New Style, dos sastrerías emblemáticas de la ciudad. Allí se jubiló, después de toda una vida dedicada al trabajo artesanal.
Oscar aprendió mirando, escuchando y obedeciendo. “Prestá atención, porque si no, chau”, le decía su padre. Y él prestó atención. Aprendió cada detalle. Cada técnica. Cada secreto del oficio que hoy casi nadie conoce.

Cuando empezó, ya le decían que la sastrería estaba desapareciendo. Viajantes de Buenos Aires le contaban que en muchas provincias ya no quedaban sastres. Décadas después, esa advertencia se volvió realidad.
Hoy, Oscar es uno de los pocos sastres que siguen activos en Santa Fe. Tal vez uno de los últimos.
Ser sastre no es solo coser ropa. Es construir prendas para momentos únicos. Casamientos, fiestas de 15, actos oficiales, eventos históricos. La sastrería es la ropa de los grandes acontecimientos.
Gobernadores, jueces, abogados, profesionales y familias enteras pasaron por su taller. Pero hay momentos que quedaron marcados para siempre en su memoria.

Uno de ellos fue en 1994, durante la reforma de la Constitución. Le tocó hacer los últimos retoques del traje del doctor Raúl Alfonsín. “Para mí fue un honor”, dice. “Fue el presidente que trajo la democracia”.
También recuerda cada edición del Premio El Brigadier, una de las fiestas más importantes de Santa Fe. Allí, la sastrería trabaja sin descanso. Porque cada prenda tiene que estar perfecta.
La sastrería es trabajo artesanal. Todo a mano. Terminaciones, costuras, detalles, picados. Nada es automático. Nada es industrial. Cada prenda es única, como la persona que la usa.
Hoy, la mayoría de los trajes vienen de fábrica. La tarea del sastre se transformó en “media medida”: adaptar, corregir, perfeccionar, dar el toque final. Convertir una prenda industrial en una prenda personal.
El trabajo sigue. Y no es poco. Oscar lo dice sin exagerar. Hubo épocas donde dormía apenas cinco horas por día. Pasó por momentos buenos, malos, muy malos y muy buenos. Como cualquier trabajador de oficio.
Pero nunca dejó. Nunca se rindió. Nunca pensó en abandonar.
Para él, ser sastre es todo. Con este oficio crió a sus hijos. Con este trabajo construyó su vida. “Fue la salida laboral que me abrió la vida”, dice con orgullo.
Y cuando piensa en el futuro, aparece una preocupación profunda: que el oficio no tenga continuidad. Que no haya jóvenes que aprendan. Que no haya manos nuevas que sigan la tradición.
“Ya no queda nadie”, repite. Y no lo dice con enojo. Lo dice con tristeza.

Oscar Vera no solo cose trajes. Cose historias. Cose recuerdos. Cose generaciones. En cada prenda hay una parte de la memoria de Santa Fe. Y mientras siga trabajando, ese oficio seguirá vivo.
Porque hay trabajos que no se aprenden en libros. Se heredan. Se viven. Y se llevan en el alma.