Velas sobre el río: la estirpe de navegantes que marcó la historia santafesina
“Hay lugares que no solo ocupan un lugar en el mapa, sino que se quedan a vivir en la memoria colectiva de una ciudad”, dice el timonel de veleros “Pilu” Castillo, quien recopiló gran parte de la historia de los navegantes de la región. Este sábado el Yacht Club Santa Fe celebra sus 90 años.
Mis pies pequeños apuran el paso. Aprieto fuerte la mano de mi madre. Siento el golpeteo de los tablones del Puente Colgante y veo, entre sus rendijas, bailar en pequeñas olas de plata la danza del río que corre presuroso, con ansias de llegar no sé adónde. Yo sí sé, con mi corta edad, dónde quiero estar.
Bajamos por el albardón de la costa y corremos con mi hermana, bebiendo el aroma del camalotal que anuncia la creciente. Al fin llegamos al club y siento, en mi ilusión de niño, que cruzo las puertas del paraíso.
Rumbo a la largada, los veleros clase Santa Fe bajo el Colgante. Archivo
Esa escena íntima, cargada de memoria y paisaje, condensa buena parte de la historia de la navegación a vela en Santa Fe. No es solo el recuerdo de una infancia feliz: es la puerta de entrada a una tradición que marcó a generaciones enteras y que tuvo como epicentro al Yacht Club Santa Fe, fundado el 28 de febrero de 1936.
Herencia y legado sobre el agua
La historia de la vela santafesina no comienza con un acta constitutiva, sino con hombres y mujeres que encontraron en el río un modo de vida. “Hay lugares que no solo ocupan un lugar en el mapa, sino que se quedan a vivir en la memoria colectiva de una ciudad. El YCSF fue para Santa Fe mucho más que un hito geográfico”, se afirma en uno de los pasajes que reconstruyen ese vínculo profundo entre comunidad y paisaje fluvial, en una recopilación de la historia náutica santafesina del timonel Egard “Pilu” Castillo, un socio de dicha entidad.
Las regatas de veleros, en las crónicas de El Litoral. Archivo.
La pasión por el Paraná y por la laguna Setúbal —escenario natural de regatas y aprendizajes— se transmitió de padres a hijos. “Gira alrededor del río y de los barcos”, confiesa Castillo, uno de los protagonistas, quien reconoce una pasión “heredada de mi padre”, motor de tantas vocaciones náuticas.
1936: cuando la vela tomó forma institucional
En febrero de 1936, una regata frente al Balneario Martini, en aguas de la Laguna Setúbal, dejó en evidencia que la actividad náutica local necesitaba organización y reglas claras. El diario El Litoral documentó aquella competencia del 16 de febrero, en la que ya competían nombres que luego serían fundamentales para la consolidación del club. La publicación es el registro de la primera regata de la historia de la ciudad.
La regata fue ganada por el velero “Mary”, al mando de Manuel Calcagno y Galleratti; lo siguieron el “Chorlito”, de Gustavo Courault, y el “Iponá”, de Roberto Sarsotti, timoneado por Antonio Martini. Días después, el 28 de febrero, la Asamblea Constitutiva dio forma institucional a esa energía dispersa: se redactaron estatutos y se adoptó un gallardete blanco con cruz roja y ancla azul marina, símbolo del espíritu náutico que comenzaba a consolidarse.
La caleta de antaño en el YCSF. Archivo.
A comienzos de la década del 40, las regatas frente a Javier de La Rosa ya formaban parte del calendario habitual. “En la primera regata circuito se fondearon tres boyas delimitando un triángulo con una pierna de ceñida. Participaron el Cisne, el Halcón —tipo canoa con aparejo mayor y foque—, el Chorlito y los Clase Santa Fe”, se rememora.
Ingenio y diseño propio: el “Clase Santa Fe”
La evolución deportiva estuvo íntimamente ligada a las embarcaciones. En tiempos en que no existía producción en serie accesible, los propios socios diseñaban y construían sus barcos. El exponente máximo fue el “Clase Santa Fe”, un monotipo de madera pensado específicamente para las condiciones cambiantes de la laguna Setúbal.
Los Clase Santa Fe eran pequeños dinghies de madera, de 4,5 metros de eslora y 1,25 de manga, construidos con fondo de tablas atravesadas y aparejados con velas áuricas al cuarto. Con la caja de orza entre las bancadas, requerían una maniobra particular en cada virada o trasluchada: un cabo fijado al puño de proa del pico permitía pasar la vela a sotavento del palo para que portara correctamente. Muchos de estos veleros escuela fueron construidos por el carpintero de ribera santafesino Marcos Rudi, sobre planos traídos por Gustavo Courault, y conformaron una flota integrada tanto por embarcaciones del club como por barcos particulares, identificados con la letra X seguida de un número.
X 5. Uno de los veleros clase Santa Fe que fueron construidos por los primeros navegantes a vela de la zona. En la foto, el de Gustavo Loyarte.
Archivo El Litoral.
Junto a esa clase emblemática navegaron embarcaciones que hoy son parte de la memoria grande del río: el “Quimera”, importante velero cabinado aparejado a sloop de unos 9 metros de eslora, propiedad de Gustavo Courault; el “Cisne”, de Stoner y Braútigam —marineros del acorazado Graf Spee—, de 4,50 metros; el “Mainumbí”, de Don Besciere; el “Chubasco”, de César Fernández Navarro; y el “Uru”, doble proa de seis metros, perteneciente al pintor Ricardo Supisiche, entre otros.
Cada nombre remite a historias de camaradería, competencia y aprendizaje. La antigua sede social del YCSF construida sobre el río, las tardes de entrenamiento, las crecientes que obligaban a rehacer amarras y muelles, los desafíos climáticos y urbanos: todo forma parte de una trama que excede lo deportivo y se entrelaza con la identidad misma de la ciudad.
Snipe. Otros veleros monotipo con mucha historia local, que en la actualidad siguen compitiendo.
Archivo El Litoral.
El mástil principal del Yacht Club Santa Fe, perteneciente originalmente al crucero acorazado ARA San Martín —buque insignia de la Armada Argentina a comienzos del siglo XX—, se convirtió en un potente símbolo de soberanía y tradición náutica. Botado en 1896, modernizado en 1926 en la Base Naval Puerto Belgrano y dado de baja en 1935 antes de su desguace en 1947, el navío dejó como legado ese mástil histórico que el club incorporó a su predio no solo como pieza ornamental, sino como acto de preservación patrimonial. A su alrededor se construyó una pista de baile rodeada de sauces, transformándolo en el corazón social de la institución y en un recordatorio permanente del vínculo entre la historia naval argentina y la identidad náutica santafesina.
Memoria viva
La reconstrucción de esta historia fue posible gracias a testimonios, documentos de época y al aporte de quienes preservaron archivos y recuerdos. “Aunque no esté aquí con nosotros, sigo encontrándome con él, porque su barco es mi barco” (el Pagarú Pabú), se lee en un pasaje dedicado a Enrique Arrulfo Cordiviola, “Buby”, uno de esos guardianes de la memoria náutica.
También se reconoce el valor de la hemeroteca de El Litoral y de “todos aquellos que a través de sus recuerdos” ayudaron a reconstruir este itinerario sobre el agua. Se puede acceder al trabajo, con textos, fotografías y publicaciones históricas de El Litoral, aquí.
El recuerdo del primer aniversario del Yacht Club Santa Fe. Archivo El Litoral
Más allá de la publicación que hoy recupera estos episodios, lo que perdura es la historia misma: la de una ciudad que aprendió a mirarse en el río, que diseñó sus propios barcos cuando fue necesario y que convirtió a la navegación a vela en un legado transmitido de generación en generación. Una historia que, como el Paraná -y el Santa Fe-, sigue su curso.