A fines de abril de 1974, mientras la Argentina se adentraba en un torbellino de tensiones políticas y redefiniciones culturales (que, dicho sea de paso, todavía no se saldaron) en Santa Fe se planteó un interrogante de vigencia inagotable: ¿qué significa, en definitiva, "lo argentino"?
Entre el gaucho y el puerto: la exposición que pensó "lo argentino" desde Santa Fe
En abril de 1974, el museo santafesino reunió a los grandes nombres del arte nacional, de Prilidiano Pueyrredón a Emilio Centurión, entre otros, para intentar “esbozar” un mapa en el cual la identidad argentina no apareciera como una forma cerrada, sino como una tensión persistente.

El intento de respuesta llegó a través de la materia y el color. Las salas del Museo Rosa Galisteo de Rodríguez se convirtieron en escenario de una exposición antológica: "Lo argentino en el arte". Allí, más de 70 piezas de jerarquía inapelable fueron una suerte de cartografía estética del país.

Fue un esfuerzo por centralizar una tradición que, hasta entonces, se percibía dispersa y heterogénea. Como bien lo señaló el crítico Jorge Taverna Irigoyen en El Litoral, la exposición buscó vertebrar esa "vibración de contenido" y el mensaje profundo que late en toda obra con raíz auténtica.
De la academia a la construcción del mito
El recorrido no proponía una lectura lineal, sino lo que Taverna definió como un friso de sensibilidades. En ese espacio convivieron épocas y estilos que daban cuenta de una tensión fundante, el peso de la tradición europea frente a la urgencia de una mirada propia.
La presencia de Prilidiano Pueyrredón marcó el punto de partida. En obras como "Un alto en el campo", se perciben los albores de una iconografía nacional, donde el paisaje deja de ser fondo para convertirse en signo identitario.

A su lado, la transición hacia la modernidad asomaba con Martín Malharro y Eduardo Sívori, quienes dotaron a la escena cotidiana de una nueva dimensión introspectiva.
Sin embargo, el clímax de esta búsqueda se halló en Fernando Fader. Su serie "La vida en un día", inspirada en la luz de las sierras cordobesas, lograba un diálogo técnico con el impresionismo de Monet, pero sin resignar ni un solo gramo de su arraigo territorial.
Territorios, símbolos y el pulso de la ciudad
Uno de los mayores aciertos de la muestra fue esquivar la trampa del pintoresquismo superficial. El relato expositivo prefirió la complejidad: el hombre, el trabajo y la tierra entrelazados como motores de una identidad en constante construcción.

Las escenas rurales de Carlos Ripamonte hallaron su contrapunto en la potencia expresiva de Cesáreo Bernaldo de Quirós, mencionado varias veces en esta misma sección. Su célebre "Embrujador" emergió como un testimonio de la mística del mundo gaucho.
La modernidad del puerto y la ciudad encontró en Pío Collivadino a su cronista ideal. Esa línea social se profundizó con Benito Quinquela Martín, donde el barrio de La Boca se transformó en materia pictórica y sudor inmigrante.
Artistas como Raquel Forner y Lino Enea Spilimbergo aportaron una densidad existencial y crítica, elevando la figura humana a una dimensión universal.

El interior profundo y la huella del Litoral
La muestra dejó en claro que "lo argentino" es, por definición, plural. En el norte, la pintura adquirió una gravedad ligada a lo ancestral.
Los niños de Ramón Gómez Cornet se hicieron eco de la quietud y dignidad de la infancia rural, mientras que Adolfo Gramajo Gutiérrez ofrecía un costumbrismo de texturas santiagueñas casi primitivas.

Por su parte, Emilio Centurión sorprendió con su "Venus criolla", una audaz operación estética que resignificó el canon clásico en términos locales.
Santa Fe y la región tuvieron un protagonismo insoslayable, permitiendo leer la identidad regional inserta en el mapa nacional.
Nombres como Ricardo Supisiche, con su manejo del espacio; Juan Grela, el renovador moderno y César López Claro, con su carga onírica, conformaron una constelación local junto a figuras como Enrique Estrada Bello, César Fernández Navarro y García Carreras.

Un espejo que no deja de reflejarnos
"Lo argentino en el arte” no pretendió clausurar el debate con una definición estanca. Al contrario, abrió un juego de espejos. ¿Es lo nacional una cuestión de temática o de sensibilidad? ¿Se construye desde el horizonte del campo o desde el hormigón del puerto?
La respuesta, medio siglo después, parece ser la misma que sugirió Taverna Irigoyen: la identidad reside en la coexistencia. Somos esa suma de miradas donde lo académico y lo popular, lo urbano y lo rural, lo europeo y lo criollo, terminan por reconocerse en un mismo cuadro.









