En una casa austera de las sierras de Córdoba, envuelto en ponchos y frente a una represa que él mismo había construido para dominar el agua y la luz, Fernando Fader pinta los últimos reflejos del cielo serrano. La enfermedad avanza sin pausa.

La recuperación de textos publicados por El Litoral, entre ellos uno firmado por Horacio Caillet-Bois, verifica la maestría del pintor francés que falleció en Córdoba. Su dominio del color y la luz en el paisaje serrano es una experiencia visual única.

En una casa austera de las sierras de Córdoba, envuelto en ponchos y frente a una represa que él mismo había construido para dominar el agua y la luz, Fernando Fader pinta los últimos reflejos del cielo serrano. La enfermedad avanza sin pausa.
Cuando murió, en febrero de 1935, empezó a consolidarse lentamente un mito. La prensa argentina -y en Santa Fe, de manera especial, El Litoral- fue construyendo esa figura con el paso del tiempo.

Nacido en Burdeos en 1882, formado en Múnich y premiado con la Medalla de Oro en San Francisco en 1915, Fader fue una de las figuras centrales del impresionismo argentino. También tensionó la tradición académica, salió del taller, pintó al aire libre y enfrentó el paisaje directamente.
A comienzos de 1935 su enfermedad era conocida. Sin embargo, la confirmación de su muerte generó una fuerte conmoción.

El Litoral escribió: "la muerte de Fernando Fader produjo una profunda impresión en el país; sensación de pesar no disminuida por la circunstancia de que era público y notorio el estado de salud del artista, cuyo organismo, asediado por una cruel enfermedad, no podía resistir mucho tiempo la mortal penetración del mal que lo aquejaba".
Y agregó: "No por sospechado, el anuncio de la desaparición de Fader dejó de constituir un doloroso acontecimiento para el arte nacional".

Las expresiones elegidas ("doloroso acontecimiento", "sentir colectivo", "gratitud nacional") muestran respeto y voluntad de consagración. Fader dejaba de ser el pintor de algarrobos e higueras y pasaba a ser patrimonio cultural del país.
En mayo de 1935, "La Peña" de Santa Fe, junto con el Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo, organizó un homenaje. El director, Horacio Caillet-Bois, dio la conferencia "Fernando Fader; su vida y su obra", ilustrada con proyecciones y acompañada por una muestra de cuadros.

El programa incluyó un momento musical a cargo de Carlos Guastavino, quien interpretó el "Preludio" de la Suite Bergamasque de Claude Debussy y obras de Federico Mompou.
Más de dos décadas después de su muerte, El Litoral volvió a ocuparse de Fader con motivo de una exposición en la ciudad. El tono ya no era elegíaco, sino analítico. El diario lo definía como "uno de los pintores argentinos de más completo oficio y jerarquía".

La crítica destacaba su formación con Heinrich Von Zügel y esa "vibración especial" del color que lo diferenciaba incluso de los franceses.
También señalaba su evolución: el progresivo desprendimiento de la influencia de su maestro hasta alcanzar "esa perfección realista y ese dominio colorístico que hace inconfundible un cuadro suyo".

El análisis iba más allá de la técnica. Recordaba sus dificultades económicas (la ruina y el embargo de sus bienes) y la voluntad que le permitió recomponerse. Aparecía así una dimensión moral del artista, como ejemplo de perseverancia.
En su madurez, afirmaba el diario, Fader sintetizó y simplificó su paleta. La serie "La vida de un día" mostraba que el paisaje podía narrar el paso del tiempo sin caer en lo decorativo. La realidad no era estática, era "variable, rica, poética o deprimente", según el temperamento del artista.

La lectura santafesina era clara: Fader no era sentimental ni trágico, sino "afirmativo". Documentaba la vida rural, los trabajos del campo, los desnudos y los cielos serranos. No especulaba con teorías, pintaba.
El 12 de abril de 1956, El Litoral publicó un texto de Horacio Caillet-Bois donde aparece el Fader de los últimos años, casi ascético.
"Encerrado en su casita de Loza Corral, había hecho construir una gran ventana que daba hacia un estanque semioculto entre los árboles. Esta era su famosa represa de tantos cuadros".

Esa es la imagen final: el artista enfermo, envuelto en ponchos, frente al fuego constante de la chimenea, pintando nubes y cielos reflejados en el "espejo muerto" del agua.
Caillet-Bois dejó una frase que es resumen de la herencia de Fader: "la vista o el tacto de cualquier centímetro de un cuadro de Fader es un placer sensorial. Todo lo hizo con la misma exigencia para consigo mismo y el mismo amor".