Cuando le preguntaban a Miguel Diomede quiénes eran los maestros con los que se identificaba, respondía: "Paul Cézanne, Vincent Van Gogh y Leonardo". Toda una declaración de principios para un artista argentino que realizó la parte troncal de su obra en la primera mitad del siglo XX, cuando se produjo una ruptura con la tradición académica y se empezaron a cuestionar las reglas dominantes.
Miguel Diomede: la pintura de un solitario que encontró poesía en las cosas más humildes
Retratos, flores, naturalezas muertas y autorretratos fueron parte de una obra que críticos y especialistas destacaron por su sutileza, su dominio del color y su profunda búsqueda personal. Hace medio siglo, Santa Fe le rindió homenaje.

Habitante, desde joven, de aquel mítico barrio porteño de La Boca, en la misma época en que allí pintaban Benito Quinquela Martín y Miguel Victorica, Diomede se decantó sobre todo hacia los retratos, las flores y las naturalezas muertas. "Dueño de un trazo sutil e intimista, trabaja principalmente en pequeños formatos respetando el color del soporte", según el portal Arte de la Argentina.

Juan Carlos Miraglia escribió en 1951, en la Revista Confort, que la obra de Diomede era "el trasunto fiel de una existencia nada fácil, sobrellevada con entereza; con la conducta incontrovertible con que sabe afrontar un artista los obstáculos del vivir cotidiano, creándose un mundo adecuado a su sentir, en donde las cosas, aún las más humildes adquieren resonancia de jerarquía poética".
Ese estilo de vida influyó en su trabajo. Cómo señaló Talía Bermejo, en un texto para el Museo Nacional de Bellas Artes, "tras un paso breve por la academia, su formación estética se desenvolvió de manera independiente respecto de maestros e instituciones, aunque nutrida en el diálogo con sus pares y la información visual proveniente de exposiciones y revistas contemporáneas".

Con motivo de una exposición dedicada al artista en el Museo Quinquela Martín, Yamila Valeiras se pronunció en similar sentido. "Al igual que muchos de sus compañeros de vocación, Diomede tampoco recibió una formación artística regular, pero forjó un medio expresivo autónomo que lo condujo a ser calificado por destacados críticos como uno de los mayores exponentes del oficio pictórico", remarcó.
Homenaje en el Rosa
Diomede murió en octubre de 1974. Dos años después, el 9 de octubre de 1976, se inauguró en la sala mayor del museo Rosa Galisteo una muestra en homenaje a este "maestro de la pintura argentina", según lo definió El Litoral. Fue con la presencia de los titulares de Cultura de la provincia, Héctor de Galarreta y Jorge Taverna Irigoyen y el director de la Fundación Lorenzutti, Hilario Lorenzutti.

Precisamente Lorenzutti, en la apertura, se refirió a Diomede como "autodidacta, solitario, trabajador incansable, dueño de un espíritu de autocrítica exigente no admitió jamás que subterfugio alguno facilitare la realización de sus obras. Poseedor de un sentido de visión notable, nada escapaba a su análisis, sorprendiendo el alcance de sus observaciones a quienes lo conocían profundamente".
Según el referente de la Fundación, "su obra abarcó todos los géneros: naturalezas muertas, flores, paisajes, figuras y autorretratos con una estructura básica aplicada en cada trabajo en que la trilogía fondo, imagen, atmósfera es perfecta. Además, complementariamente y respetando las leyes ortodoxas de la creación, encara en cada cuadro un aspecto diferente, un enfoque nuevo de las mismas".

También dijo sobre Diomede que dibujaba permanentemente, buscando en esta disciplina la expresión plástica anticipada del color más que la lineal. "Poseedor de un oficio consumado, jamás dejó, sin embargo, que éste le dominara, manteniéndolo al servicio de su imagen creativa como simple apoyo y no como realizador", destacó.
Lorenzutti se refirió también a los autorretratos del artista boquense, una parte central de su producción. "Frutos de su exigencia, resultados del paso del tiempo, reflejan a la vez el equilibrio perfecto de la dualidad humana interior-exterior", explicó. "En definitiva, Miguel Diomede, que pintaba sus cuadros como escribiendo de estupendos poemas, nos ha dejado una obra trascendente", finalizó.

La estética de un solitario
Taverna Irigoyen, a su turno, destacó a la pintura de Diomede como "producto de la visión estética de un solitario". Y puso de relieve su gran compenetración cromática y su casi místico pronunciamiento frente a la forma con contenido. "Forma generalmente humilde y sin desbordes especiales de poses o de fondos", subrayó.
Advirtió sobre "cierta hermandad de atmósfera" con Pierre Bonnard y por otro lado, "el hecho que, después de toda una obra sedimentada y madura, sólo a los 52 años de edad haya creído oportuno ir a Europa para 'tocar y beber en sus fuentes'. Para Taverna, eso era "una lección de humildad y de despojamiento que bien podría dar lugar a más de una reflexión frente al vértigo de nuestra época".

En ese sentido, Diomede es como un prisma para mirar desde otra óptica la pintura argentina de la primera mitad del siglo XX. Mientras las vanguardias rompían con las formas previas de producir arte, surgían búsquedas personales que intentaban nuevos abordajes del color, la atmósfera y la intimidad. Diomede fue uno de esos pinceles que dialogaron con su tiempo pero fueron fieles a su singularidad.








