En abril de 1969, El Litoral incluyó en su página cultural, que publicaba cada domingo, un artículo de Jorge Taverna Irigoyen que es una "clase abierta" sobre el color en la historia del arte.
Una "mariposa" imposible de atrapar: el color según Jorge Taverna Irigoyen
Un artículo del crítico publicado en abril de 1969 desarrolla una reflexión sobre el color en la historia del arte. Una experiencia siempre cambiante que seduce a los artistas como una "mariposa" visible y, al mismo tiempo, inasible.

En la misma página, un texto de Gastón Gori sobre la poesía de Victorino de Carolis, da lugar a un cruce entre dos lenguajes que, desde distintos ángulos, intentan explicar eso inasible que hace del arte motivo de desvelo.

La luz y el color
Desde el inicio, Taverna plantea el problema en términos casi físicos. "La naturaleza, a través de los develados misterios de la luz, nos ofrecía permanentemente la más inimaginable riqueza en registros cromáticos", escribe.
El color, entonces, no aparece pensado como un dato estable, sino como una experiencia en constante cambio. En ese marco, señala que las formas pueden clasificarse o reconocerse, pero que el color escapa a cualquier intento de fijación definitiva.

"Los colores eran una fantasía en la naturaleza. Fantasía creíble, por cierto, pero inaprensible", afirma. La idea se refuerza con ejemplos: el hombre podía cortar una rosa o sentir el calor del sol, pero "jamás el color se dejaría atrapar íntegramente, en su secreta intimidad pigmentaria".
La obsesión de los pintores
A partir de esa imposibilidad, el artículo reconstruye una línea histórica: la del intento de los artistas por apropiarse del color. "Desde que el mundo es historia, el hombre ha pretendido tener los colores para sí", sostiene.

Los pintores aparecen entonces como una "rara casta" que persigue el color con insistencia, incluso por encima de las formas. La metáfora es clara: el color es "esa mariposa que vuela en el reino de todos los días", visible, pero fuera de alcance.
Movimientos y nuevas respuestas
El recorrido por las corrientes artísticas funciona como un "mapa" de posibles respuestas a este problema. Taverna Irigoyen repasa las principales vanguardias y sus distintas formas de abordar el color.

Recuerda que los impresionistas lo habían entendido como "sensación", mientras que los fauvistas lo utilizaron de manera directa, "a veces agresiva, siempre impactante a la retina".
Los expresionistas, en cambio, llevaron el color al terreno del subjetivismo, y los cubistas buscaron una especie de verdad estructural en los tonos puros.

En ese contexto, recupera la conocida frase de Johann Wolfgang von Goethe: "el arte es el arte porque no es la naturaleza", para subrayar que el problema no es copiar el mundo, sino reinventarlo.
La "guerra" de los colores
Hacia el final, el artículo incorpora una de sus imágenes más potentes, tomada del pintor James Ensor. Allí, el trabajo con el color aparece como un conflicto permanente.
"Compongo mis colores en tiempo claro, ojos abiertos, mirada valiente", cita Taverna, para luego describir una escena: "la señorita Bermellón empuja al negro, la señora Laca de China se enfurece roja de ira ante el señor Azul de Prusia".

El color deja de ser pasivo para convertirse en tensión, donde cada decisión implica un equilibrio inestable. La pregunta final, tomada del propio Ensor, queda abierta. "¿Cómo dirigir este hermoso mundo rebelde? Esto no se resuelve fácilmente…".
Dos artículos, un sentido
El hecho de que ese artículo conviva con el texto de Gori sobre de Carolis realza la publicación. Si Taverna Irigoyen analiza el color como problema visual, Gori se acerca a la poesía como otra forma de traducir la experiencia.

Ambos textos, leídos en conjunto, ofrecen una misma preocupación de fondo. Es decir, la dificultad de capturar aquello que, por naturaleza, se resiste a ser fijado.








