En la mayor parte de los casos, la obra de un artista no puede leerse fuera de los parámetros del siglo que les tocó vivir. Pero hay algunos, los más geniales, que logran atravesarlos, internalizarlos, tensarlos, hasta transformarlos.

Atravesó guerras, exilios y vanguardias. Dejó una obra que no se somete a etiquetas ni admite lecturas simples. En tiempos de teorías cerradas y grupos militantes, eligió experimentar.

En la mayor parte de los casos, la obra de un artista no puede leerse fuera de los parámetros del siglo que les tocó vivir. Pero hay algunos, los más geniales, que logran atravesarlos, internalizarlos, tensarlos, hasta transformarlos.
Evocar el nacimiento de José Antonio Fernández Muro, permite aludir a un creador que dialogó, más bien discutió, con las tendencias de la pintura del siglo XX: la abstracción, la geometría y el cruce entre orden y ruptura.
Nacido en España, formado en Argentina, consagrado en Estados Unidos y Europa, Fernández Muro desarrolló obras que evitaron dogmas sin dejar de lado la experimentación.
Nació el 3 de enero de 1920 en Madrid. En 1938, en el contexto de la Guerra Civil de su país, llegó a la Argentina, país que se convertiría en escenario de su formación artística y consolidación inicial.

Para brindar algo de contexto, eran tiempos en los cuales Argentina "abrazaba" a muchos españoles obligados a huir de su país. Entre ellos, varios intelectuales, artistas, científicos y editores. Maruja Mallo y Rafael Alberti son ejemplos.
Sus primeros estudios los realizó en el taller de Vicente Puig, donde adquirió una base técnica. Durante esta etapa, su producción se inscribió en los géneros tradicionales, especialmente el bodegón y el retrato. El autorretrato que se anexa es de estos años.
En 1944 realizó su primera exposición individual en la histórica galería Witcomb, espacio emblemático del circuito artístico porteño. Aquella muestra sintetizó una etapa, pero también anunció un tránsito hacia otros territorios.
A partir de mediados de los años 40, la obra de Fernández Muro comenzó a desplazarse hacia la abstracción, en sintonía con las corrientes de arte no figurativo que ganaban fuerza en la escena local e internacional.

Sin embargo, ese giro no fue mecánico. Lejos de adoptar manifiestos cerrados, Muro se volcó a una experimentación visual abierta, en la que las formas geométricas convivían con una impronta cromática y expresiva.
Ese posicionamiento se haría explícito en 1952, cuando participó de la conformación del Grupo de Artistas Modernos de la Argentina, impulsado por Aldo Pellegrini, figura central de la crítica y la poesía de vanguardia.
Según María Amalia García "este grupo congregaba diversas líneas de artistas no figurativos: por un lado, al grupo de artistas concretos y por otro lado, a un conjunto de artistas independientes, entre ellos Fernández Muro junto con Sarah Grilo, Miguel Ocampo y Hans Aebi".
"El Grupo de Artistas Modernos de la Argentina se diferenciaba claramente de las agrupaciones invencionistas de los años 40: no solo no proponían una apuesta programática sino que en cuanto agrupación no apuntaban mucho más allá de lo que su impulsor definía como 'pura visualidad'", agrega García.

Sin adherir al rigor teórico del arte concreto, Fernández Muro desarrolló una abstracción flexible, atravesada por radiaciones geometrizantes, pero abierta al juego visual y al color.
Sus obras de este período trabajan con círculos y líneas como principios constructivos, pero sin someterse a un sistema cerrado de repeticiones. La pintura aparece como un espacio de tensiones, donde la forma no anula la expresión.
En 1958, Fernández Muro obtuvo una beca de Museología de la Unesco. Acompañado por su esposa, la artista Sarah Grilo, recorrió los principales museos de Europa y Estados Unidos, experiencia que amplió su horizonte visual y conceptual.
En 1959, la OEA en Washington D.C. organizó una muestra individual de su obra. En los años siguientes recibió premios del Museo Solomon R. Guggenheim y del Instituto di Tella, y expuso en instituciones como el Institute of Contemporary Art (ICA) de Boston.

Entre 1962 y 1969, Muro residió en Nueva York, ciudad que cambiaría su producción artística. Allí asimiló las influencias del graffiti, la palabra escrita y el Pop Art, incorporando a su obra elementos vinculados al espacio urbano.
Para comprender lo ocurrido con la obra de Muro, es necesario situarse en esa Nueva York que se consolidaba como "capital mundial" del arte contemporáneo. El expresionismo abstracto, dominante desde la posguerra, comenzaba a mostrar signos de agotamiento frente a nuevas corrientes.
Así emergieron el Pop Art y el Minimalismo, dos movimientos que, desde lugares distintos, desplazaron el eje de la pintura hacia la cultura de masas, los objetos industriales y la serialidad.
La ciudad, con su publicidad, sus carteles, sus productos y su ritmo visual, pasó a ser una fuente directa de imágenes y procedimientos artísticos.

Muchas de las piezas que Fernández Muro creó en este período muestran cómo las antiguas formas geométricas se transforman en tapas y rejillas de alcantarillas, huellas del pavimento, filas de centavos, sellos, letras y números.
En un artículo publicado en La Gaceta con motivo del centenario del artista, Jorge Taverna Irigoyen ofreció una mirada interesante sobre el trabajo del español.
"En la abstracción lírica que conjuga ritmos y transparencias pueden auscultarse trasfondos de Vasarely. Y ciertas propuestas de Albers en la jerarquización del cuadrado. Pero los planos de Fernández Muro tienen su sello propio, su huella digital cromática: azules tímbricos, muy puros, rojos tenebrosos en su luz intermedia".
Sobre la presencia de la ciudad, añade que "de pronto, en la materia quieta, la calificación de los graffitis, el sello de una letra, la formulación incierta de varios números. Es la rémora del mundo de la publicidad, la calle que grita. Otro espacio a indagar".

Concluye: "y no es que el artista pase de un extremo al otro de la expresión. Sí en cambio la necesidad -necesidad imperiosa, en su caso- de retratar las dos caras de un universo/imagen en el que el orden y el equilibrio pueden compartir espacios con la ruptura y la fricción".
En 1970, Fernández Muro regresó a España, donde residió hasta su fallecimiento, el 14 de marzo de 2014. Su obra integra hoy colecciones de referencia mundial.
A 105 años de su nacimiento, José Antonio Fernández Muro emerge como una figura imprescindible para comprender las transformaciones de la pintura moderna. Su obra no eligió entre el orden y la ruptura, los hizo convivir.