En lo que será un acontecimiento histórico, el papa León XIV llegará a la República Argentina el domingo 8 de noviembre. Aterrizará a las 4.30 de la tarde, procedente de Montevideo, y permanecerá hasta el día 11 como parte de una gira que también incluye a Uruguay y Perú y en estas tierras recorrerá Buenos Aires, Luján y Córdoba.
El grito del Papa: el retrato de Velázquez que Francis Bacon recreó como una pesadilla en el siglo XX
La llegada del Sumo Pontífice a la Argentina es la excusa para recorrer una historia singular del arte. En 1650, Diego Velázquez retrató a Inocencio X y, tres siglos después, Francis Bacon tomó aquella imagen como punto de partida para crear una serie de versiones perturbadoras.

El viaje servirá como cierre de una larga espera para la comunidad católica argentina. La última visita de un Papa fue la de Juan Pablo II en 1987, y Francisco, el primer pontífice latinoamericano, no volvió a su patria debido a las tensiones internas que hubiera generado su arribo. Así el jefe de la Iglesia se volvió, para los argentinos, cercano pero ausente.
¿Por qué esta introducción en una sección dedicada al arte? Es que la figura del sucesor de San Pedro, referente principal de una de las religiones más extendidas del mundo, resonó muchísimo a lo largo de la historia entre los artistas. Melozzo da Forlì, Rafael Sanzio, Miguel Ángel, Sebastiano del Piombo, Tiziano y Jacques-Louis David, entre otros, encontraron allí inspiración para sus obras.

También Diego Velázquez, uno de los grandes pintores del Barroco español y una referencia dentro de la historia del arte europeo, se dejó influir por la densidad del pastor principal de la Iglesia Católica. En 1650 retrató a Inocencio X, el papa número 236. Y las versiones más perturbadoras de ese cuadro llegaron en el siglo XX y la pintó Francis Bacon. Vale la pena reconstruir esa historia.
Un hombre angustiado por el Estado
El retrato que Velázquez hizo de Inocencio X durante su segundo viaje a Italia, entre 1649 y 1651, rompió con algunas convenciones. En efecto, la mirada penetrante y contradictoria más el gesto firme tienen poco que ver con la imagen idealizada de un "pastor de almas" benévolo. Velázquez pintó más al hombre de Estado que al jefe de la Iglesia.
Un mandatario que no la tenía para nada fácil. Cuando Velázquez realizó la pintura, la Iglesia católica conservaba poder en una Europa apresada, tras la Reforma, por los enfrentamientos entre católicos y protestantes. De hecho, la Contrarreforma buscaba reafirmar la autoridad católica, mientras la Inquisición seguía persiguiendo a quienes veía como herejes o se apartaban de la ortodoxia religiosa.

Tres siglos después, Francis Bacon tomó aquel retrato como punto de partida. A lo largo de su trayectoria realizó numerosas versiones de la imagen, en las que el rostro y la figura del pontífice se deforman hasta adquirir una expresividad inquietante.
Una de las más célebres es Estudio del retrato del Papa Inocencio X de Velázquez, de 1953. En su interpretación, el pontífice deja de ser solamente una representación del poder religioso para convertirse en una figura cercada por el miedo, el encierro y el sufrimiento.
El Papa de Bacon remite al de Velazquez, pero tiene un rostro cadavérico, fantasmagórico, y grita sobre un trono que se parece a una silla eléctrica de esas que popularizó Hollywood. Las diagonales y verticales que cruzan la tela podrían ser la descarga que recibe. De otra forma, podría pensarse que ocupar el trono del Papa en un contexto como el que aludimos antes, tiene mucho de sufrimiento.

Alfredo García-Alargos escribió que las verticales dispuestas por Bacon "descomponen la figura al mismo tiempo que la contienen" y que corresponden a esa angustia. Elsa Salom subrayó, por su parte, el aislamiento. La figura papal, con ropas salpicadas de sangre, aparece, para ella, "atrapada tras un velo que se funde con un fondo difuminado".
El grito que no se oye, pero se ve
Para Francisco Javier Hernández Rosas, Bacon busca transmitir "la belleza de la putrefacción humana". Los tonos oscuros crean la atmósfera para reflejar el tormento causado por la Iglesia. El contraste de morado y amarillo realza al personaje, que parece emerger de una cortina sombría de pintura rústica.
Su observación más precisa es la última: como era habitual en Bacon, "el grito no se oye, pero se ve". Es válido, ya que Bacon perteneció a las corrientes figurativas expresionistas nacidas tras la Segunda Guerra Mundial. La boca entreabierta, entonces, aludiría menos a la figura del Papa que a las angustias y zozobras personales del pintor, catalizadas allí.

Lo que queda del poder
Velázquez había pintado la frialdad de un hombre que conocía los claroscuros de gobernar y asume los costos. Bacon trabajó muchísimo con ideas vinculadas con la deformación, el encierro y la soledad (¿Qué otra cosa podía esperarse después de dos guerras globales?). En el cruce, queda un Papa que, tanto cuando mira cómo cuando grita, es hijo de su tiempo, al que nunca mira complaciente.








