El pontificado de Juan Pablo II se caracterizó por su proyección internacional y su firmeza doctrinal. Tras ser elegido el 16 de octubre, asumió formalmente el 22 de octubre de 1978, un día como hoy, y en aquella primera jornada dejó indicios de cómo sería su labor al frente de la Iglesia. Un recorrido que, décadas más tarde, tendría algunos puntos de contacto con el de Francisco.
Cómo fueron las primeras horas de Juan Pablo II como papa y qué señales dejó al mundo
Karol Wojtyla inició su pontificado ante una multitud en la plaza de San Pedro. Su mensaje y los diversos gestos que tuvo durante aquella jornada, como no usar corona y recibir a referentes de Iglesia anglicana, anticiparon algunos de los rasgos principales que marcarían su relación con la Iglesia y el mundo.

El papa número 264, el primero en 455 años que no era italiano, asumió sus funciones sin la tradicional coronación con la triple tiara, en continuidad con la decisión de su antecesor, Juan Pablo I. En su primer mensaje formuló una frase contundente: "El hombre moderno está acosado por dudas que se tornan en desesperación". También se dirigió al mundo en varios idiomas, entre ellos el castellano.
La afirmación sobre el hombre moderno se comprende mejor a la luz del contexto. En 1978, el mundo todavía estaba marcado por la Guerra Fría. La frase puede leerse como una respuesta a una época en la que el progreso científico y tecnológico convivía con la incertidumbre política y el cuestionamiento de las certezas tradicionales.

A su vez, la Iglesia atravesaba las transformaciones derivadas del Concilio Vaticano II, con debates sobre cómo relacionarse con la modernidad y cómo interpretar los cambios sociales sin perder su identidad. En ese escenario, Juan Pablo II manifestó su preocupación por los conflictos, las injusticias, la falta de libertad y las amenazas a la paz.
La frase también anticipaba una de las ideas centrales de su pensamiento: el progreso humano no garantiza, por sí solo, una vida más plena ni seguridad existencial. En su encíclica "Redemptor hominis", de 1979, desarrolló esa preocupación al advertir que las propias creaciones del ser humano podían volverse contra él y generar miedo e incertidumbre. Una reflexión que conserva su vigencia.
Priorizar la cercanía
La ceremonia de inicio del pontificado consistió en una misa celebrada al aire libre, en la plaza de San Pedro, ante unas 200.000 personas, según consignó El Litoral en su edición de aquella jornada. En la celebración participaron 125 cardenales y el Papa distribuyó personalmente la comunión a un centenar de personas, en su mayoría peregrinos y religiosas.

Entre los asistentes se encontraban los reyes Juan Carlos y Sofía de España, el príncipe Rainiero y la princesa Grace de Mónaco, así como una delegación estadounidense encabezada por el asesor de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter.
Durante la ceremonia, colocaron sobre los hombros del nuevo pontífice un palio blanco, confeccionado con lana de corderos criados en un convento de Roma y esquilados cada año. La pieza, de unos cinco centímetros de ancho, estaba adornada con cruces negras bordadas, de acuerdo con la crónica de El Litoral.
La elección del palio como insignia de la ceremonia se inscribía en una transformación del ceremonial pontificio que ya había comenzado con Pablo VI y continuado con Juan Pablo I. Pablo VI había dejado de utilizar la triple tiara en 1963, y sus sucesores mantuvieron esa decisión. Juan Pablo II tampoco recurrió a la silla gestatoria, el trono portátil que era transportado por doce personas.

Estos cambios modificaban la representación pública de la autoridad papal: reducían el protagonismo de los símbolos asociados con la pompa monárquica y reforzaban la dimensión pastoral del cargo. Una orientación que Francisco llevaría más lejos durante su pontificado, aunque sus antecedentes se remontaban a décadas anteriores.
Otro dato significativo fue la presencia del arzobispo de Canterbury, Donald Coggan, máxima autoridad espiritual de la Iglesia anglicana. Su participación en la ceremonia constituyó una señal de acercamiento entre ambas confesiones, separadas desde la ruptura de la Iglesia de Inglaterra con Roma en el siglo XVI. También anticipaba la importancia que Juan Pablo II otorgaría al diálogo ecuménico.
"Ayudadme para que pueda serviros"
Durante la misa, el Papa, que tenía entonces 58 años, pronunció un mensaje que sintetizaba algunas de las prioridades de su pontificado: "No temáis, abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo, abrid a su potestad salvadora los confines de los estados, tanto los sistemas económicos como los políticos, los campos extensos de la cultura, de la civilización y del desarrollo".

Hacia el final de la ceremonia, también se dirigió a los representantes de otras confesiones cristianas presentes. "Abro mi corazón a todos los hermanos de las iglesias y comunidades cristianas, saludando de manera particular a vosotros, que estáis aquí presentes, en espera de un próximo encuentro personal, pero ya desde ahora os expreso mi aprecio por haber querido asistir a este solemne rito".
Un detalle que lo emparenta con sus sucesores es que, al concluir la ceremonia y antes de retirarse a su biblioteca privada, Wojtyla dedicó palabras a los jóvenes, por quienes expresó tener "un gran reconocimiento". Esa valoración anticipaba la importancia que les otorgaría durante su pontificado y que, años más tarde, Francisco retomaría con una consigna que se volvió emblemática: "Hagan lío".
Un apostolado exigente
Con el paso de los años, aquellos primeros gestos dieron paso a uno de los pontificados más extensos e influyentes del siglo XX. Durante casi 27 años, Juan Pablo II tuvo un papel destacado en los acontecimientos que acompañaron la caída del comunismo en Europa del Este y multiplicó sus viajes apostólicos para acercar la Iglesia a millones de fieles en todo el mundo.

Al mismo tiempo, sostuvo una posición doctrinal conservadora frente a los grandes debates sociales y morales de su época. Entre la apertura al diálogo con otras confesiones, la convocatoria a los jóvenes y la defensa de las certezas de la fe, dejó una huella profunda en la historia contemporánea de la Iglesia, con un legado que también estuvo lleno de controversias y cuestionamientos.
Casi medio siglo después de aquella asunción, la Iglesia tiene al frente a León XIV y la Argentina se prepara para recibirlo. La expectativa por su visita ofrece una oportunidad para volver sobre la historia reciente del papado y observar cómo cada pontífice, desde su tiempo y sus convicciones, imprime su sello a una institución milenaria.








