"En el salón Witcomb se exhiben cuarenta y cuatro telas pintadas por la artista argentina, señorita Lía Gismondi. Todas ellas representan paisajes, modalidad pictórica que parece seducir el temperamento de la distinguida artista".
Lía Gismondi: la primera pintora en exponer sola en Argentina
En un nuevo aniversario de su fallecimiento, la artista que irrumpió en 1907 con una exposición de características inéditas en Buenos Aires, vuelve a interpelar la historia cultural y el rol femenino en la escena plástica.

"De la exposición se tiene una idea muy favorable para la señorita Gismondi. Junto con las felices concepciones de sus telas y la poesía que copia de la naturaleza, la autora posee un dominio correcto en sus procedimientos pictóricos, condiciones bastantes para acreditarle un espíritu selecto y talentoso".
La reseña, publicada en Caras y Caretas el 8 de junio de 1907 señala el instante en que una mujer comenzó a torcer el rumbo de la historia del arte argentino. A más de siete décadas de su muerte, Lía Gismondi es una figura tan importante como esquiva, una pionera en todos los sentidos.

Adelantada a su tiempo
Nacida en Buenos Aires en 1879 y fallecida el 5 de mayo de 1953, Lía Gismondi fue la primera mujer en realizar una exposición individual en el país. Lo hizo en 1907, en la Galería Witcomb de la calle Florida.
Según registros de la época, "a los dos o tres días vendió todos sus cuadros". Lo cual demuestra que el público y la crítica estaban preparados para reconocer una sensibilidad distinta y moderna.
Sus muestras individuales continuaron de forma sostenida entre 1907 y 1913, abriendo camino para artistas como Julia Wernicke, Andrée Moch y Léonie Matthis, en un contexto donde la presencia femenina en el arte era todavía marginal.

Formación europea, mirada americana
La obra de Gismondi se nutre de una formación rigurosa en Italia. Estudió con Giacomo Grosso, como figurista, y con Lorenzo Delleani, como paisajista. De este último heredó "normas fuertes y sanas".
Ese cruce entre técnica europea y experiencia territorial se vuelve evidente en sus paisajes. Italia, Francia, Holanda y Brasil aparecen como escenarios, pero también como ejercicios de traducción visual.
Sin embargo, es en la geografía argentina donde su pintura se afirma. Jujuy, Córdoba, el lago Nahuel Huapi y Bariloche son territorios "interpretados", filtrados por una mirada que oscila entre lo atmosférico y lo estructural.

El reconocimiento institucional
La consagración institucional llegó temprano. En 1911 participó del Salón Nacional de Artes Plásticas, donde su óleo "Oropa" fue adquirido por el Museo Nacional de Bellas Artes.
La obra, inspirada en el monte piamontés, ingresó ese mismo año a la colección y aún hoy se exhibe. También formó parte de la Exposición Internacional del Centenario de 1910, un evento que buscaba definir la identidad cultural argentina.
En ese contexto, Gismondi aportó una mirada que escapa al academicismo rígido y a la mera copia de modelos europeos.

Entre la visibilidad y el olvido
A pesar de su relevancia, las obras que hoy se conocen de Gismondi son escasas. La prensa de la época llegó a publicar su retrato, reproducciones de sus pinturas y hasta imágenes junto a Delleani en su villa de Pollone. Pero el tiempo fue diluyendo su presencia en el relato oficial del arte argentino.
Esa paradoja (ser pionera y, al mismo tiempo, parcialmente olvidada) no es excepcional. Pero, en su caso, es más injusta, ya que Gismondi abrió puertas pero a la vez estableció un lenguaje. Las artistas que vinieron después le deben algo.
Similitudes con Sor Josefa
Si la figura de Gismondi puede pensarse como un punto de inflexión en Buenos Aires, en Santa Fe encuentra un eco temprano en la obra de Josefa Díaz y Clucellas, nacida en 1852 y considerada una de las primeras artistas del país.

Décadas antes, en un contexto aún más restrictivo para las mujeres, ya producía retratos, naturalezas muertas y escenas religiosas con una precocidad inusual. "A los 19 años, ya había realizado retratos, miniaturas, paisajes", dicen las crónicas, en un tiempo donde el acceso femenino a la formación artística era casi inexistente.
Ambas, desde geografías distintas, enfrentaron el mismo límite, el de un campo artístico que apenas comenzaba a admitir la voz de las mujeres.








