En su edición del 29 de julio de 1969, El Litoral publicó una reseña de Jorge Taverna Irigoyen. La misma estaba centrada en una muestra de témperas realizada en la sala de arte Ocean, con el auspicio del Movimiento de Juventud. La autora de tales obras era la artista Miguela Vera.
La artista que nunca dejó de pintar Paraguay: el exilio de Miguela Vera en Santa Fe
Obligada a abandonar su país tras la Revolución de 1947, se instaló en Santa Fe. Desde su destierro, generó una obra marcada por la memoria, la identidad y la nostalgia por su tierra natal, que nunca dejó de habitar en sus pinturas.

La exposición estaba integrada por doce trabajos con "una común línea de concepción, tanto en el dibujo cuanto en el cromatismo, que se desarrolla a expensas de dos gamas (ocres y tierras u ocres y blancos)", según Taverna.

"Las obras presentan ritmos compuestos por pequeños signos y formas de enlace constructivista, que integran los cuerpos de figuras más o menos reconocibles", indica luego el crítico. Entre esas figuras, incluye corderos, pollos, cabras, flores, tortugas y pájaros.
"En tal orden de proposición, Miguela Vera obtiene algunos efectos ponderables, en especial, desde el punto de vista compositivo", aclara el crítico.

Y señala, sobre el final, que "tres de las témperas que están regidas por una mayor claridad formal, "Cascarudo", "Maternidad " y "Cordero", son las que se distinguen, asimismo, por un más fuerte sentido americano”.
Ese "sentido americano" al que alude la crítica difundida por El Litoral es una de las claves para entender el universo de la artista, nacida en Paraguay, obligada a vivir fuera de su país y dueña de una obra regida por la nostalgia.

El exilio que marcó una vida y una obra
En efecto, Miguela nació en Asunción el 3 de diciembre de 1918. Cuando, en 1947, estalló la Guerra Civil en su país, debió emprender el amargo camino del exilio. Llegó hasta Santa Fe, donde se especializó en grabado en la Escuela Provincial de Artes Visuales Juan Mantovani.
A pesar de que pasó cinco décadas alejada de su tierra, donde volvería recién al final de su vida, nunca la olvidó. Su obra artística fue un bálsamo, a tal punto que está compuesta por recuerdos de los paisajes, la gente, las costumbres y los rituales de su añorado Paraguay.

La mujer paraguaya en el centro
Entre las temáticas preponderantes que eligió para desarrollar su obra, está la mujer. Que, desde su visión del mundo, era tanto la base de la familia como del propio país.
"En mis temas he procurado rendirle un homenaje a la mujer paraguaya, no solo a la humilde, sino a la mujer en general que tiene que luchar tanto para sobresalir", afirmó en un texto la propia creadora.

La especialista en arte Vicky Torres escribió que, durante su larga ausencia, Vera estuvo dedicada a dar cuenta, en los distintos salones del norte argentino, "de las distintas manifestaciones de la cultura popular paraguaya".
"Nos legó, así, uno de los más importantes registros gráficos, no de nuestra reciente historia, sino de esa corriente subterránea que nutre la vida, de los pueblos y a la que don Miguel de Unamuno, en uno de sus tantos aciertos, denominara intrahistoria: la verdadera historia".

Un puente hacia la tierra perdida
Para el crítico Eduardo Raúl Storni, Vera es "dueña de una técnica que va depurando en constante quehacer a la vez que su inspiración es impulsada por un sentimiento que va corporizando, en equilibradas composiciones, su acendrado apego a seres y cosas de su tierra".
En julio de 1968, Miguela escribió que desarrollaba sus temas empujada por un profundo cariño hacia su patria. "Tal vez sea un incentivo estar lejos para realizar estos temas porque entonces todo se ve a través del cariño que uno siente".

"No sé si por lo menos una vez, en todos estos años que he trabajado logré expresar lo que realmente siento, solo puedo afirmar que trabajo intensamente para lograrlo. Quiero con mi trabajo lograr comunicarme con mi ambiente”, cerró.








