Un tren a Glew, una iglesia en silencio y la pintura serena de Raúl Soldi
Publicado en El Litoral en 1961, el texto de Pedro Giacaglia construye una escena. Mientras el pueblo de Glew celebra un acto, Soldi pinta los muros de una iglesia. A partir de ahí, la crónica indaga en la inocencia, el color y el sentido de su obra.
"La dama sentada" de Raúl Soldi. Foto: Archivo El Litoral
El 5 de febrero de 1961, El Litoral publicó una crónica que merece una relectura 65 años después. Firmado por Pedro Giacaglia y titulado "Raúl Soldi y la inocencia", el texto aborda la obra de uno de los pintores argentinos más relevantes del siglo XX desde una perspectiva de observación atenta, análisis y reflexión crítica.
Soldi nació en Buenos Aires en 1905, en el seno de una familia vinculada al ámbito musical, y se formó en la Academia Nacional de Bellas Artes. Sin embargo, su desarrollo artístico tomó un rumbo decisivo cuando se radicó en Europa, donde completó su formación en la Real Academia de Brera, en Milán.
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Ese período europeo le permitió incorporar la disciplina del dibujo figurativo y, al mismo tiempo, entrar en contacto con las corrientes modernas que marcarían su sensibilidad pictórica.
De ese cruce surgiría una obra que, con el tiempo, sería identificada como uno de los exponentes de la pintura sensible argentina, caracterizada por una atención especial al color, a la atmósfera y a la dimensión introspectiva de la imagen.
Museo Nacional de Bellas Artes
De regreso en la Argentina,Soldi se desempeñó como escenógrafo en el cine y en el Teatro Colón, institución para la que realizó escenografías, vestuarios y la célebre cúpula inaugurada en 1966. Paralelamente, desarrolló una intensa producción mural, ilustró obras literarias y recibió numerosos reconocimientos. Falleció en 1994.
Glew como punto de observación
El texto de Giacaglia se construye a partir de un viaje en tren hacia Glew. Ese desplazamiento funciona como herramienta crítica y también como recurso literario: el paisaje que se despliega ante la mirada del cronista aparece íntimamente asociado a la pintura de Soldi.
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"Revivía en el cielo y en el suelo el color sereno de sus casas, con el viejo molino y la verja de alambre. Se unían las quintas añosas y el caballo que galopa o el sulky que quiere alcanzar la velocidad del viento y se confunde con él en el camino que oscurece el polvo", remarca Giacaglia.
El autor advierte, a su vez, que la obra del artista no representa un mundo idealizado, sino que establece un vínculo directo con el entorno rural bonaerense. Glew forma parte constitutiva de su imaginario visual.
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El trabajo mural de Soldi
El núcleo del artículo se sitúa en las instalaciones de la iglesia de Glew, donde Soldi se encuentra pintando los paneles dedicados a la vida de Santa Ana. Cabe recordar que el artista trabajó allí durante varios veranos, entre 1953 y 1976.
En la plaza del pueblo se desarrolla un acto público. "Aquella mañana estaban de fiesta. En la plaza una banda desafinaba marchas patrióticas y el gentío se apiñaba cerca del nuevo mástil", escribe el cronista.
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El interior del templo, en contraste, ofrece una escena de recogimiento. "Me acerqué a la iglesia, aislada de la vereda por una antigua verja con enredaderas y flores. Allí reinaba silencio y apenas se oía una música que imaginé vendría de un antiguo armonio, antiguo como la iglesia y el pueblo", dice.
Y agrega: "dos personas estaban allí: un viejo que tocaba el armonio y Soldi que, subido a unos andamios, seguía pintando la vida de Santa Ana, madre de María".
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Giacaglia describe el proceso mediante el cual los antiguos paneles se renuevan a través del color y la forma. Las figuras aladas, los tonos suaves y la integración del paisaje local al relato bíblico configuran una obra que transforma el espacio arquitectónico y propone una lectura singular de lo sagrado.
La pintura, en este contexto, no irrumpe de manera estridente: se integra al entorno, dialoga con la música y con la luz, y construye una atmósfera de calma y suspensión.
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Inocencia, forma y elección estética
Uno de los conceptos centrales del texto es el de inocencia, entendido como rasgo estructural de la obra de Soldi. Para Giacaglia, esta condición se manifiesta tanto en los temas como en el tratamiento formal: figuras serenas, gestos contenidos y una ausencia deliberada del conflicto dramático.
"Con ojos azorados y dulces, bocas jugosas y frescas, orejas acaracoladas, muestran la generosidad de estos seres pacíficos, bondadosos", destaca. Las formas aparecen suavizadas, con predominio de curvas y esfumaturas, y el color se presenta contenido, lejos de los contrastes violentos.
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El crítico señala incluso una cierta desmaterialización del cuerpo, donde la estructura ósea parece diluirse en favor de una construcción más atmosférica de la figura humana.
Una advertencia
El artículo incorpora, además, una valoración crítica del recorrido de Soldi. Giacaglia identifica en el período comprendido entre 1940 y 1945 uno de los momentos de mayor intensidad expresiva del artista y advierte que, en etapas posteriores, el énfasis creciente en el ornamento y el color puede implicar un riesgo.
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La comparación con otros creadores permite ubicar a Soldi en un lugar preciso dentro del panorama artístico argentino.
"Sus creaciones, que no tienen la fuerza dibujística de Spilimbergo, ni el color abigarrado de Raquel Forner, ni la maduración esquemática de Horacio Butler, ni el quantum telúrico de Ricardo Supisiche, rayan alto en lo lírico, gracioso y tierno, sensitivo y misterioso, con el misterio que siempre tienen los juegos prohibidos de los chicos", indica.
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Vigencia de una mirada
A más de seis décadas de su publicación, "Raúl Soldi y la inocencia" conserva su valor como documento cultural y como ejercicio de periodismo crítico. El texto de Giacaglia propone una lectura construida desde la experiencia directa y sostenida por una escritura clara, reflexiva y sensible al vínculo entre obra, territorio y mirada.