El surrealismo fue una vanguardia artística y una grieta abierta en la modernidad. Un intento de romper con el dominio de la razón para dejar que lo invisible, lo reprimido y lo inconsciente irrumpieran en la superficie de la obra.

Nacida en Estados Unidos y formada en Europa, fue una de las figuras más singulares del surrealismo. Su obra está marcada por arquitecturas deshabitadas y un fuerte sentido del aislamiento.

El surrealismo fue una vanguardia artística y una grieta abierta en la modernidad. Un intento de romper con el dominio de la razón para dejar que lo invisible, lo reprimido y lo inconsciente irrumpieran en la superficie de la obra.
Surgido en París en el año 1924 y activo hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, se propuso desarticular el orden lógico del mundo para abordar sus zonas más inestables.

Como señala el Museo Guggenheim Bilbao, "influidos por el psicoanálisis y los mitos, los surrealistas creen que adentrarse en el inconsciente puede revelar complejos mundos interiores en torno a sexualidad, deseo y violencia".
Regina Sienra lo define como una práctica destinada a "desafiar las percepciones y cuestionar la realidad a través del trabajo artístico".

Miguel Calvo Santos subraya su doble condición. "El arte surrealista suele ser incongruente, onírico y muy original, en el sentido que el artista muestra su faceta más individual, aunque es curioso, pues el arte surrealista tiene algo universal, que todos podemos entender".
En ese cruce entre lo personal y lo colectivo, entre el sueño privado y el imaginario compartido, se inserta la obra, en muchos casos perturbadora, de Katherine Linn Sage (conocida como Kay Sage), quien falleció el 8 de enero de 1963.

Sage nació en Albany, Nueva York, en el seno de una familia rica, pero eso no le dio contención. Tras la separación de sus padres, pasó gran parte de su vida en Europa con su madre, formándose artísticamente.
Su estadía en Italia, donde se casó con un aristócrata cuya familia no tomó en serio su vocación artística, reforzó la sensación de aislamiento. Pintar, para Sage fue una práctica solitaria, sostenida a contracorriente.
Ese aislamiento comenzó a resquebrajarse en 1937, cuando en París conoció a Kurt Seligman y a su esposa Arlette. El verdadero impacto, sin embargo, llegaría un año después, al visitar la Exposición Surrealista Internacional de 1938.
Allí entró en contacto con la pintura metafísica de Giorgio de Chirico: ciudades vacías, arquitecturas imposibles, sombras que parecen pensar. Ese universo visual se convertiría en una referencia permanente para su propio lenguaje.

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Kay Sage regresó a Estados Unidos. Tuvo una función importante para la huida de artistas europeos, entre ellos André Breton, Jacqueline Lamba y Roberto Matta.
Yves Tanguy, pintor surrealista, también emigró tras ser declarado no apto para el ejército. No está del todo claro cuándo comenzó la relación entre ellos, pero se casaron en 1940, con el disgusto explícito de Breton.

La relación fue intensa, conflictiva, brutal por momentos. Pero para Kay Sage, Tanguy era el único capaz de comprenderla.
La muerte de Tanguy la dejó devastada. Se recluyó, cayó en una depresión y comenzó a sufrir problemas de visión que la obligaron a someterse a operaciones. Dejó de pintar, como si eso hubiera perdido sentido sin ese otro que la miraba.

La obra pictórica de Kay Sage se reconoce por su coherencia obsesiva: motivos arquitectónicos, estructuras geométricas hacinadas, espacios deshabitados, una ausencia casi total de figuras humanas.
Para Víctor M. Pérez Benítez, "contemplar las obras de Kay Sage, es indudablemente, recordar las geometrías inclinadas, las proyecciones de sombras, las ausencias de seres humanos que tanto caracterizaron a De Chirico".

Suma un dato: "Kay Sage admiraba al pintor italiano nacido en Grecia. Adquirió en París su obra 'La sorpresa' que le acompañaría el resto de su vida".
Gelly Gryntaki profundiza esa lectura al describir sus cuadros como "escenarios de obras de Samuel Beckett o de ciencia ficción distópica: tristes cartografías de un mundo extraño".

Según sus palabras, en Sage "todo parece quieto y letárgico en las imágenes de Kay, como un paseo por un paisaje postapocalíptico o una mala premonición".
Cuando dejó de pintar, Kay Sage volcó su energía en la escritura. En su poesía reaparece el mismo clima de ambigüedad, donde el pensamiento puede ser liberador o devastador.

En uno de sus textos más representativos escribe: "tenía dos pájaros en una jaula, y como no estaban contentos, los dejé salir. Volaron hacia la luz del sol y de todo árbol en que descansaban. Cantaron canciones nuevas y hermosas, llenando el mundo de felicidad. Y estos no eran pájaros pero pensamientos míos”, dice uno de sus versos.
Kay Sage se disparó en el corazón el 8 de enero de 1963, ocho años después de la muerte de Tanguy. En su nota final dejó escrito: "el primer cuadro de Yves que vi antes de conocerlo se llama 'Te espero'. He venido. Ahora me espera de nuevo; voy de camino".