Estamos llegando al final de 15 días atravesados por la Fórmula 1. Entre el GP de Bélgica, entre los bosques de las Ardenas y las curvas de Spa-Francorchamps, y termina en Hungría, en un Hungaroring que celebra los 40 años de aquella primera carrera disputada detrás de la Cortina de Hierro.
De Spa a Budapest: 15 días de Fórmula 1 entre la velocidad y la historia
Una cobertura que comienza entre los bosques de las Ardenas y termina junto al Danubio. Dos Grandes Premios, dos circuitos opuestos y un recorrido por la memoria de Hungría, el país donde la Fórmula 1 atravesó la Cortina de Hierro en 1986. Mucho para agradecer.

Son dos países, dos paisajes y dos circuitos sin puntos en común. Spa-Francorchamps intimida por la velocidad, los desniveles y un clima capaz de cambiar en pocos minutos. El Hungaroring plantea otro desafío: es angosto, técnico y convierte cada adelantamiento en una maniobra difícil.
También cambia todo fuera de la pista. De la tranquilidad de las Ardenas paso a Budapest, una capital vibrante, atravesada por el Danubio y llena de turistas.
Llego pensando en otra carrera, en Franco Colapinto, en Alpine y en todo lo que significa cubrir un Gran Premio desde adentro. Sin embargo, rápidamente comprendo que Hungría tiene mucho más para contar.

Budapest, una ciudad que deslumbra
Mi primera impresión es de asombro. Budapest me conquista por su arquitectura, sus edificios monumentales, las cúpulas y las fachadas que parecen reunir diferentes épocas en una misma calle.
Después aparece el Danubio, inmenso, separando dos paisajes que alguna vez fueron ciudades independientes. De un lado está Buda, elevada, histórica y señorial. Del otro, Pest, más plana, dinámica y llena de movimiento. Desde 1873 forman una misma capital, aunque cada orilla conserva su personalidad.
Los numerosos puentes que las conectan no sirven solamente para cruzar el río. Son parte de la identidad de Budapest. El Puente de las Cadenas, el de la Libertad, el de Margarita y el de Isabel ofrecen perspectivas diferentes de una ciudad que cambia según el lugar desde donde se la observe.
Recorremos el Danubio durante el día y volvemos a hacerlo por la noche. Con la luz del sol se descubren los detalles de los edificios, los puentes y las colinas de Buda. Cuando oscurece, la ciudad se transforma.
Y entonces aparece el Parlamento.

Imponente durante el día y todavía más maravilloso por la noche, cuando sus luces se reflejan sobre el río. Es una de esas imágenes que permanecen en la memoria incluso antes de levantar el teléfono para tomar una fotografía.
Es verano y las calles están repletas. Jóvenes y visitantes de diferentes nacionalidades recorren la costanera, llenan los bares y convierten a Budapest en una capital que permanece despierta hasta la madrugada.
Mi primera mirada encuentra una ciudad luminosa, joven y abierta al turismo internacional. Pero Budapest no permite quedarse únicamente con esa postal. Basta caminar algunas cuadras para descubrir que debajo de su belleza permanece una historia dolorosa.
En este viaje también me toca asistir a una clase de historia, pero no dentro de un aula. La recibo caminando por los mismos lugares donde sucedieron algunos de los acontecimientos que marcaron a Hungría durante el siglo XX.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Hungría fue aliada de la Alemania nazi. En marzo de 1944, las tropas alemanas ocuparon el país y comenzó una de las etapas más rápidas y brutales del Holocausto. En pocas semanas, cientos de miles de judíos húngaros fueron deportados, principalmente hacia Auschwitz.
Budapest sufrió luego un sitio devastador. Los bombardeos, los enfrentamientos entre las fuerzas alemanas y soviéticas y la destrucción de sus puentes dejaron una ciudad herida.
Cuando terminó la guerra, Hungría quedó bajo la influencia de la Unión Soviética e integrada al bloque comunista. El 23 de octubre de 1956, una manifestación iniciada por estudiantes se transformó en un levantamiento popular contra el régimen y el dominio soviético.
Durante algunos días pareció posible un cambio. Los ciudadanos salieron a las calles para reclamar libertad, reformas políticas y el retiro de las tropas extranjeras. Sin embargo, el 4 de noviembre los tanques soviéticos ingresaron nuevamente en Budapest y aplastaron la revolución.
Cerca de 2.500 húngaros murieron y alrededor de 200.000 abandonaron el país. Muchos de los fallecidos eran jóvenes que decidieron enfrentar a uno de los ejércitos más poderosos del mundo.
Visitamos la plaza Kossuth, frente al Parlamento, y descendemos al espacio subterráneo dedicado a las víctimas del 25 de octubre de 1956, la jornada conocida como el “Jueves Sangriento”.
Allí, la historia deja de ser una sucesión de fechas. Las fotografías, los objetos y los testimonios reconstruyen lo ocurrido cuando una multitud desarmada se reunió en ese mismo lugar durante la revolución.
Todavía existen interrogantes sobre quién realizó los primeros disparos y tampoco hay una cifra definitiva de muertos. Esa falta de certezas también forma parte del memorial: representa una herida que Hungría continúa intentando comprender.
La ubicación produce un contraste difícil de ignorar. Arriba, turistas de todo el mundo contemplan el Parlamento y fotografían una de las plazas más bellas de Europa. Debajo, la memoria recuerda a quienes salieron a reclamar libertad y no regresaron a sus casas.
Budapest obliga a mirar sus dos caras: la ciudad que deslumbra y la ciudad que no quiere olvidar.

Las heridas permanecen en las paredes
Después de conocer lo sucedido, los edificios dejan de ser solamente construcciones antiguas y se transforman en testigos. En distintas fachadas todavía pueden verse perforaciones y bloques dañados. Algunas marcas pertenecen a los bombardeos y combates de la Segunda Guerra Mundial; otras fueron provocadas por los disparos durante la Revolución de 1956.
Muchas construcciones fueron restauradas, pero en algunos casos se conservaron sectores con impactos. No parecen estar allí por descuido. Permanecen como una decisión: recordar que en esas calles hubo armas, persecuciones y personas que murieron.
Eso es una de las cosas que más me llama la atención. Budapest recupera su belleza, recibe turistas y avanza hacia el futuro, pero no intenta borrar por completo sus cicatrices.
Reconstruye sus edificios, aunque deja algunos muros abiertos para que la historia continúe hablando.
Los zapatos que obligan a detenerse
La memoria adquiere una dimensión todavía más profunda junto al Danubio. Allí, caminando por la orilla, aparecen decenas de zapatos de hierro frente al agua.
No existe una gran construcción que anuncie el lugar. Son zapatos de hombres, mujeres y niños, inmóviles sobre la piedra. Parecen objetos abandonados, pero cada uno representa una ausencia.
El monumento recuerda a las personas asesinadas entre 1944 y 1945 por integrantes del Partido de la Cruz Flechada, la organización fascista húngara aliada de los nazis. Las víctimas, en su mayoría judías, eran llevadas hasta la orilla, obligadas a quitarse el calzado y ejecutadas. Sus cuerpos caían al Danubio.
Los zapatos tenían valor. Estaban hechos de cuero y podían venderse o reutilizarse. En medio de aquella barbarie, la vida de una persona llegó a valer menos que lo que llevaba puesto.
El memorial fue inaugurado en 2005 y está compuesto por 60 pares de zapatos de hierro, creados por el cineasta Can Togay y el escultor Gyula Pauer. No representan una cifra exacta: simbolizan a quienes fueron arrancados de sus familias y de su ciudad.
Frente a ellos, el Danubio deja de ser solamente el río majestuoso que separa Buda de Pest. También fue el escenario silencioso de una masacre.
A pocos metros se levanta uno de los parlamentos más admirados del mundo. Mientras los turistas contemplan las luces reflejadas sobre el agua, los zapatos obligan a bajar la mirada.
Cuando la Fórmula 1 atravesó la Cortina de Hierro
Mientras recorro Budapest y conozco las heridas dejadas por la guerra y la Revolución de 1956, no puedo dejar de pensar en lo que significó la llegada de la Fórmula 1 en 1986.
Hoy parece natural encontrar el paddock instalado en el Hungaroring y ver aficionados llegados desde numerosos países. Hace cuatro décadas, esa imagen resultaba casi imposible.
Hungría todavía integraba el bloque socialista y Europa permanecía dividida. De un lado estaba el mundo occidental y capitalista; del otro, los países que se encontraban bajo la influencia soviética.
En medio de esa separación apareció Bernie Ecclestone con una idea que parecía desmesurada: llevar la Fórmula 1 hacia el Este.
Su objetivo inicial era organizar una carrera en Moscú. Había quedado impactado por los Juegos Olímpicos de 1980 y llegó a conversar con las autoridades soviéticas. Sin embargo, la burocracia y las restricciones políticas terminaron bloqueando el proyecto.
Entonces surgió Budapest. Las autoridades húngaras comprendieron la oportunidad. Recibir a la Fórmula 1 permitía mostrar una nación capaz de relacionarse con Occidente y organizar uno de los acontecimientos deportivos más importantes del planeta.
El plan inicial contemplaba utilizar un circuito urbano en Budapest, pero finalmente se decidió construir un autódromo permanente en Mogyoród, a unos 20 kilómetros de la capital.
Las obras comenzaron en octubre de 1985 y el Hungaroring quedó terminado en un tiempo récord de ocho meses. El 10 de agosto de 1986, los autos de Fórmula 1 cruzaron una frontera que hasta entonces parecía reservada exclusivamente para la política.
No llegaron solamente los pilotos, los equipos y los motores. Con ellos ingresaron los patrocinadores, las transmisiones internacionales, la publicidad y toda la estructura comercial de una categoría que representaba al mundo capitalista.
Durante un fin de semana, la Fórmula 1 consiguió acercar dos realidades que la Guerra Fría mantenía separadas. Cerca de 200.000 espectadores asistieron a aquella primera carrera. Muchos viajaron desde otros países del bloque socialista para observar en persona algo que hasta entonces solamente podían imaginar o seguir desde la distancia.
Nelson Piquet ganó con Williams después de protagonizar una batalla memorable con Ayrton Senna. El adelantamiento de Piquet por afuera en la primera curva todavía es recordado como una de las maniobras más espectaculares de la historia de la categoría.
Pero aquel Gran Premio significó mucho más que una victoria. Mientras Piquet y Senna peleaban dentro de la pista, Hungría mostraba una imagen diferente. El país que había visto tanques soviéticos en sus calles recibía ahora autos de carrera, periodistas y aficionados de distintas nacionalidades.
Todavía faltaban tres años para la caída del Muro de Berlín. El dominio comunista no había terminado y la división europea continuaba vigente. Sin embargo, durante aquel agosto de 1986, el automovilismo encontró una abertura.
La Fórmula 1 no derribó la Cortina de Hierro, pero consiguió atravesarla.
Cuarenta años después, me toca recorrer ese mismo circuito. El Gran Premio de 2026 es la 41ª edición desde aquel estreno y el Hungaroring continúa ocupando un lugar permanente en el calendario.
Lo que entonces fue una apuesta arriesgada hoy forma parte de la identidad de Hungría. La carrera que alguna vez representó una excepción dentro del bloque socialista terminó convirtiéndose en uno de los clásicos de la Fórmula 1.
Dos circuitos, dos formas de desafiar
Spa-Francorchamps y el Hungaroring no se parecen. El trazado belga se extiende entre las colinas y los bosques de las Ardenas. Sus curvas veloces, los desniveles y el clima cambiante obligan a manejar con confianza.
En Hungría, el desafío es otro. La pista es angosta, técnica y encadena una curva detrás de otra. Las posibilidades de sobrepaso son escasas y cualquier error puede arruinar una vuelta. Spa exige valentía para sostener la velocidad; el Hungaroring, precisión para conservar el ritmo.
También cambia el paisaje. En Bélgica, la Fórmula 1 aparece rodeada por el verde y la tranquilidad de las Ardenas. En Hungría, el circuito se encuentra cerca de una capital llena de movimiento, historia y vida nocturna.
La vida cotidiana también muestra una Hungría diferente de aquella que aparece en los libros de historia. Hay un movimiento constante de personas, autos modernos y nuevos centros comerciales. Sin embargo, Budapest no transmite las mismas sensaciones que otras grandes capitales turísticas como Londres o Barcelona.
Aquí todavía se perciben las huellas de una Europa que permaneció durante décadas bajo el dominio comunista. No necesariamente como un peso que impide avanzar, sino como una memoria que acompaña la vida diaria.
Esa convivencia se observa en su arquitectura. Los nuevos centros comerciales funcionan cerca de espacios históricos como el Mercado Central, inaugurado en 1897, cuando todavía faltaban casi dos décadas para el comienzo de la Primera Guerra Mundial.
Lo moderno no reemplaza por completo a lo antiguo. Ambos mundos comparten la ciudad.
Budapest se abre al turismo internacional sin convertirse en una capital idéntica a todas las demás. Recibe a sus visitantes, pero continúa hablando de sí misma. Lo hace a través de sus mercados, sus monumentos y los silencios que aparecen junto al Danubio.
Ahora, mientras llega el momento de despedirme de Budapest, comprendo que la Fórmula 1 es el hilo conductor de algo mucho más grande.
La cobertura termina, pero Hungría deja algo que excede el resultado de una carrera. Me muestra un país que soportó la guerra, la persecución y el dominio soviético, y que hoy se abre al turismo sin desprenderse de su memoria.
También me permite entender por qué el Gran Premio de 1986 fue mucho más que una competencia. La llegada de la Fórmula 1 representó una abertura dentro de una Europa todavía dividida y convirtió al Hungaroring en parte de la historia del país.
Llego a Hungría para contar un Gran Premio y termino descubriendo la historia de un país. Budapest me deslumbra por su belleza, pero me conmueve por algo todavía más profundo: su manera de avanzar sin olvidar.






