La riquísima lengua española tendrá que buscar algún adjetivo que ayude a definirlo a Messi. Yo, al menos, no lo encuentro. Se han utilizado todos. Y parecen pocos. O da la sensación de que no alcanzan las palabras que puedan expresar lo que transmite este jugador que a los 38 años y 357 días, no solamente jugó un partido para 10 puntos, sino que alcanzó a Miroslav Klose como goleador histórico en los mundiales, en su partido 200 y desatando una euforia indescriptible en los casi 70.000 espectadores que colmaron el estadio de Kansas.
Ganó Argentina 3-0 y Messi jugó como lo que es: un dios
Hat trick de un jugador que desafía a la naturaleza humana: hizo tres goles, alcanzó a Klose como máximo goleador de los mundiales con casi 39 años y en su partido 200 con la selección. El equipo lo respaldó: jugó a lo grande. La lengua española debiera crear una palabra que lo defina. Yo no la tengo.


Argentina jugó como lo que es: un campeón del mundo. Y Messi jugó como lo que es: un jugador incomparable, único y al que el paso del tiempo parece mejorarlo en vez de disminuirlo. Desafía todas las reglas, hasta las de la naturaleza humana. Es demasiado. La “rompió”. La dejó “chiquitita”. Pero no fue solamente por los tres goles (aclarando que hizo uno más y se lo anularon), sino por lo que jugó, por lo que corrió, por lo que transmitió al resto de sus compañeros. Tremenda actuación en una noche histórica.

Fue indiscutible la ventaja parcial que alcanzó Argentina, con una figura estelar: Lionel Messi. La producción del capitán fue notable en ese primer tiempo en el que primero le anularon un gol por posición adelantada, pero luego resolvió de manera estupenda un pase filtrado de De Paul, recibiendo por el centro y encarando a una defensa que le dio espacios y le permitió acercarse a zona de disparo, para luego someter al hijo de Zidane con un remate al ángulo que le dobló las manos al arquero argelino.
Argentina fue dominador del partido. Y por momentos lo hizo a voluntad, salvo en el pasaje final del primer tiempo, cuando Argelia se animó y desnudó falencias defensivas que el equipo de Scaloni deberá corregir. Con poquito (Moussa y Chaibi bien abiertos por los laterales), Argelia encendió la luz de alarma en una defensa que no dio sensación de seguridad.

Después, fue todo de Argentina. Manejó el ritmo del partido, lo hizo pausado y lento en su propio terreno y aceleró cuando las circunstancias se lo permitieron. Messi estuvo inspirado, porque además de haber marcado el gol desde afuera del área, cada vez que entró en juego se lo vio rápido, explosivo y peligroso. Como definidor, no falló. Como asistidor, fue uno de los que más juego se encargó de generar.
Argentina aprovechó también que Argelia le permitió manejar la pelota. Quizás hubiese sido más productivo si se lo hubiese buscado un poco más a Facundo Medina por izquierda, porque apareció muchas veces solo y destapado. Pero jugaron poco con él. Argelia lo dejó libre y Argentina no aprovechó esa posibilidad de llegada.
En el medio, De Paul fue el que más se mostró. Volcado por derecha (el que se paró de “5” fue MacAllister), jugó como a él le gusta jugar. Metió, corrió, protestó y no pasó desapercibido. Su presencia en la cancha es gravitante, con o sin la pelota. Por eso, la importancia de tenerlo. Un compromiso al que respondió sin guardarse nada y aportando ese vigor y presencia que le brota naturalmente.
El cambio del entretiempo era totalmente previsible (Molina por Montiel). Y no porque Montiel haya jugado mal, sino porque Scaloni resolvió dosificar a ambos, que vienen de desgarros, y así protegerlos. Argentina retrocedió 15 metros en la cancha. No más que eso. Y allí empezaron a aparecer espacios. Siguió creciendo la figura de De Paul y ni hablar de Messi, que inició el camino e la victoria arrancando la jugada en la que Nicolás González (unos minutos antes había reemplazado a Thiago Almada) metió un centro que fue despejado y el rebote lo capitalizó MacAllister para meter un violento remate que dio rebote Zidane y allí apareció Messi, de derecha, para empezar a darle forma a la victoria. Y también para ratificar por qué, a los casi 39 años, sigue siendo un jugador incomparable.
Otro de los cambios “previsibles” llegó con el ingreso de Julián Alvarez por Lautaro Martínez. Y apenas llegando a la media hora del segundo tiempo, vino el tercero de Messi para igualar el record de Klose y para dejar roncas las gargantas de la multitud que se dio cita en este estadio de Kansas que se cansó de explotar con cada gol del “10”. Una actuación fenomenal de un jugador formidable e inigualable.
El partido ya estaba definido cuando Scaloni tuvo una actitud que lo engrandece en medio de una demostración soberbia de fútbol de su equipo. Lo sacó a Messi y lo puso a Nicolás Paz, pero al mismo tiempo decidió el ingreso de Otamendi por el Cuti Romero y Messi le colocó la cinta de capitán a un jugador –Otamendi- que está jugando sus últimos partidos en la selección y disfrutando de estos gestos que recibe en su cuarto mundial.
El equipo se “pinchó” de allí hasta el final. Era lógico. Faltaba poco, el partido estaba definido, los argelinos se animaron a toquetear un poco más la pelota pero sin comprometer la estabilidad defensiva y Argentina se dedicó a esperar que pasen los minutos, dándose algunas licencias y exclusivamente pensando en el cuidado de un 3 a 0 que no dejaba lugar a dudas y con un partido (otro más) extraordinario de Messi.
Que la lengua española me ayude… Yo, francamente, no encuentro palabras para definir a ese pedazo de monstruo que no para de emocionarnos. Se llama Lionel Messi. Y forma parte de un equipo que revalidó la chapa de campeón del mundo. Porque de eso tampoco tenemos que olvidarnos.








