La selección, luego del desgano, la apatía, la desmotivación y una cancha a medio llenar
De no ponerse de acuerdo para jugar la Finalissima con España a enfrentar a una selección de cuarto nivel a la que apenas se le pudo ganar, jugando mal y con un segundo tiempo que fue lo peor de la era Scaloni.
Lionel Messi y un gesto que lo dice todo. Tocó cuatro o cinco pelotas, apenas remató una vez al arco (pasó muy cerca del ángulo) y punto. Entró para jugar los peores momentos de la selección. Foto REUTERS/Rodrigo Valle
Todo lo que dijo el Dibu Martínez (“hay que tener un poco más de corazón” y “si jugábamos así contra España, lo perdíamos”) es poco pero sirve de punto de partida. Scaloni sacará conclusiones (eso espero), Giay y Gabriel Rojas lo recordarán a este partido con Mauritania como el día en que debutaron en la selección y Messi estará preguntándose, a esta altura, si no era mejor quedarse a descansar en Ezeiza que entrar a la cancha a deambularla como lo hizo en el segundo tiempo. ¡Ni siquiera un tiro libre en las inmediaciones del área generó la selección, en el segundo tiempo, como para que Messi pudiera clavarla en un ángulo y la gente, al menos, sintiera que el alto costo de la entrada se pagó con esa sola jugada!
Ver a una selección campeona del mundo como se la vio a Argentina en una Bombonera que bastante lejos estuvo de estar llena, provoca fastidio y tristeza a la vez. Culpas propias (de los jugadores, que jugaron realmente mal) y ajenas (de los dirigentes que organizaron un partido desmotivante para todos). Y en medio de ese panorama, la gente. Algunos ilusionados y habiendo gastado lo poquito que sobra en épocas de bolsillos flacos, para ir a ver – en muchos casos por primera y quizás única vez – a Messi, el jugador más brillante que las actuales generaciones pueden disfrutar “en vivo y en directo”. Y se llevaron un “chasco”.
Lionel Scaloni y las indicaciones para Thiago Almada, que fue de mayor a menor. Foto REUTERS/Agustin Marcarian
La jerarquía es algo que se tiene, es innata, pero también es algo que se logra, que se consigue, por la cual se trabaja y que luego hay que saber mantener. Si jugar ante un rival como Mauritania representa algo importante, pues el compromiso debió ser también diferente. Se vio algo en el primer tiempo (al menos, hubo mucha tenencia, dominio, menos displicencia que en el segundo tiempo, más llegadas y los goles); lo del segundo tiempo, ya con Messi y De Paul (¿para qué lo pusieron si está lesionado?), fue una imagen incomprensible, plagada de desgano, de falta de compromiso, de rebeldía y ausencia total de motivación.
Scaloni anduvo probando sabiendo que al partido se lo iba ganar por más que el equipo juegue realmente mal. En el primer tiempo armó un mediocampo (habitual en él) con jugadores de buen pie, dos más retrasados, dos flotando y un poco más adelantados, más Nicolás González de wing izquierdo y el errático Julián Alvarez de punta. En el segundo, el “9” del equipo fue Messi (¡y hasta le tiraron un centro para que trate de cabecearlo entre los centrales de Mauritania!) hasta que en el cuarto de hora final entró José López, metió a Mastantuono (poquísima participación) para que trate de juntarse con Messi, salió Nico Paz, fue perdiendo preponderancia Thiago Almada, lo propio pasó con Enzo Fernández (de muy buen primer tiempo) y la imagen del equipo se desdibujó por completo ante un rival de inferior envergadura, que se agrandó en base a ganas y a lo que Argentina le permitía.
¿Dónde quedó el siempre elogiado "hambre de gloria"?
La primera pregunta que surge, se cae de madura: ¿para qué sirve jugar un partido así?, ¿para instalar la crítica?, ¿para fomentar dudas? No se entiende, máxime cuando todo hacía suponer que Argentina tenía que “bailar” y golear a esta selección de cuarto nivel y que jamás estuvo, ni cerca, de jugar un Mundial. Ganarle no era ni siquiera una obligación, debía ser solamente un trámite. Y fue 2 a 1 aburriendo, sin nada de brillo y hasta seguramente generando fastidio en el hincha que pagó la entrada, seguramente acompañado de la familia pues para eso sirven los partidos de la selección.
Los jugadores de la selección festejan el gol de Enzo Fernández luego de un muy buen centro atrás de Molina. De fondo, las tribunas de la Bombonera con muchos claros. Foto REUTERS/Agustin Marcarian
Es muy posible – y ojalá que así suceda – que esto quede rápidamente en el olvido, que haya sido una noche que hasta inclusive genere algún cachetazo para que jamás se vuelva a jugar con la desidia que se jugó este partido. Es raro además, porque si algo distinguió este proceso fue, precisamente, que ese “hambre de gloria” que siempre se le exige a cualquier jugador que se ponga la celeste y blanca, no faltó jamás a la cita. Hasta anoche.
Haberle ganado 2 a 1 a Mauritania y jugando mal, no debiera ser el presagio de un fracaso en el Mundial, pues estaríamos olvidándonos de la Copa América que se ganó hace menos de dos años, de las Eliminatorias que fueron brillantes, del baile que le pegamos a los brasileños en el Monumental (la noche del 4 a 1) y varios etcéteras. Pero estos muchachos nos acostumbraron a otras cosas, a otras actitudes y también a otro tipo de actuaciones. Un resbalón puede tenerlo cualquiera. Y ojalá que solamente sea eso.
Breve párrafo para el final: el martes, nada ni nadie debe permitir que la selección no juegue a cancha llena. Hay que despedir al equipo como se merece. Y el equipo debe tener la actuación que la jerarquía alcanzada y la gloria conseguida se merecen. Hay que lograr que lo del viernes a la noche se borre de un plumazo. El desgano del equipo y el aburrimiento inmerecido de la gente.