El dato objetivo elocuente es que hacía 15 años que no ocurría que no hubiera equipos argentinos en semifinales, ni de Libertadores ni de Sudamericana. No es casualidad, sino causalidad. Se podrá maquillar el duro trance que toca vivir, con el título de campeón de la Copa América logrado por Argentina. Pero la copa que alzó Messi no se puede tomar como referencial de una realidad que está a la vista y que ha sumergido al fútbol argentino en un pozo profundo: 28 equipos en 2022, competitividad con bajo nivel de juego, ausencia de figuras, 35 equipos en el torneo de ascenso, supresión de descensos de ingresos deprimidos desde todo punto de vista, incluido el de la TV, que en muchos clubes significa el pago de la totalidad de la planilla de sueldos del plantel profesional.
El tobogán del fútbol argentino
Hacía quince años que no se daba que ningún equipo argentino esté en semifinales de las dos principales copas continentales. Bajo nivel de juego, cambios permanentes en los torneos, excesiva cantidad de equipos que conspira contra la calidad y una TV que aporta ingresos cada vez más deprimidos en dólares.

Este contexto agiganta el mérito de Domínguez en Colón: le tiraron un equipo en descenso, dijo públicamente que no estaba de acuerdo conque se supriman (fue contra la corriente) y lo terminó sacando campeón.
Lo explicó el presidente de Argentinos Juniors, Cristian Malaspina, en un tuit: "La TV es el principal ingreso de la mayoría de los clubes argentinos; en el año 2017 el contrato representaba 100 millones de dólares billete al año; en 2021 representa 43 millones de dólares billete al año. Sin plata no hay jerarquía, no busquen más: hay que actualizar".
A todo esto, el Congreso brasileño permitió que los clubes puedan incorporar capitales privados, tienen un torneo más jerarquizado, la TV paga nueve veces más que en la Argentina, el real es más fuerte que el peso nuestro y no existen restricciones respecto del dólar billete, con lo cuál pueden contratar jugadores que a la Argentina no vendrían, entre otras razones, por la imposibilidad de pagarles con dólar billete.
La comparación con Brasil no es odiosa, es el fiel reflejo de una diferencia que hoy se ha visto reflejado en el nivel de juego interno, el de los clubes locales en el marco de las competencias continentales. Barcelona de Guayaquil aparece como el "convidado de piedra" para la disputa de semifinales ampliamente teñidas de colores verde y amarillo. Y en la Argentina, la desjerarquización se viene dando en forma generalizada, desde el nivel de juego de los campeonatos, el emparejamiento para abajo que se viene produciendo de manera sistemática, los cambios constantes y muchas veces inexplicables en la disputa de los torneos, la falta de atractivo para la venta de derechos (siendo el fútbol del país en el que nació Messi) y una situación a nivel general que ha empobrecido el mercado en general y que, naturalmente, tuvo su repercusión en un fútbol deprimido económicamente como el nuestro.
La excesiva cantidad de equipos hizo que el fútbol argentino perdiera categoría y, a la vez, el ingreso de los clubes sea menor. No es lo mismo dividir la torta por 20 que por 26 (ahora) que serán 28 el año que viene. Cuando Julio Grondona -cada día que pasa, su figura se agiganta- dejó el legado de un torneo de 30 equipos, todos levantaron la mano aprobándolo y "despotricaron" a partir del día siguiente que murió. A los clubes de Santa Fe les vino bárbaro: los dos estaban en la B y se encontraron, de la noche a la mañana y de un solo "saque", con diez ascensos que aprovecharon muy bien para retornar, ambos, a la máxima categoría. Pero esos mismos dirigentes que se quejaban por la excesiva cantidad de equipos, son casi los mismos que hoy están llevando al fútbol argentino nuevamente a fojas cero: habrá 28 el año que viene.
Nadie se da cuenta de que resulta inviable por dónde se lo mire, incluso desde el punto de vista de la organización de los campeonatos. En Europa y en Brasil, el fútbol es constante. Ni siquiera se puede hablar de previsibilidad, porque la constancia es la que conlleva esa previsibilidad. Se juega siempre igual, no cambian todos los años, no inventan copas (como en Argentina), donde en poco tiempo tuvimos la Copa de la Superliga, la Copa Maradona y la Copa de la Liga Profesional, más el torneo de la Superliga y ahora el torneo de la Liga Profesional, una mezcla de nombres, entes y cambios constantes que embarullan a la gente y conspiran contra un espectáculo que, de por sí, es cada vez de más bajo nivel, más allá del grado de competitividad que, afortunadamente, en el fútbol argentino sigue reinando.
¿Cuánto hace que no se juega un torneo de todos contra todos a dos ruedas, como era antes y como debe ser? Hoy, resulta una quimera, algo imposible de organizar. Un torneo de todos contra todos a dos ruedas, con los 28 equipos que habrá el año que viene, insumiría la friolera de 54 fechas. Resulta imposible e impracticable. Se quejaban -vaya a saber uno con qué grado de razón- por los torneos cortos de 19 partidos (20 equipos), porque, decían, que acortaba la paciencia para con los entrenadores, pero la realidad es que a los técnicos los siguen echando, aún en estos tiempos -otro despropósito- de eliminación de los descensos.
Ni hablar del controvertido y polémico torneo de ascenso, con clubes que son señalados como "caballos del comisario" (o de los comisarios, para mejor decir), que hasta se dio un lujito inaceptable desde el punto de vista de la legalidad, la justicia y el respeto que debe tener una reglamentación: la modificaron en el medio de un torneo. Son 35 equipos, diseminados por todo un país, con la obligación de realizar grandes erogaciones en viajes, maratónico y lleno de complejidades. Es impracticable por dónde se lo mire y lejos está de ser aquél torneo que en el momento de su creación (temporada 86-87) nucleaba a 22 equipos de todo el país -muchos de ellos grandes y populares instituciones- que jugaban a cancha llena, con equipos jerarquizados, generando grandes recaudaciones y un nivel de juego que poco le envidiaba al de Primera.
El fútbol argentino necesita un baño de realismo que necesariamente debe salir del reconocimiento de la dirigencia de los innumerables errores cometidos producto de la incapacidad, del acomodo, del aprovechamiento circunstancial del momento, de la falta de gestión para conseguir recursos, del desmanejo financiero de las instituciones y de la total ausencia del "fair play financiero" que alguna vez pretendió imponer la Superliga, sin darse cuenta de que estaba cavándose su propia fosa y firmando por anticipado el certificado de defunción. Los mismos dirigentes que la crearon, la mataron. Por voluntad propia y en defensa de sus intereses, para que el "viva la pepa" no pare.








