El endeudamiento de las familias argentinas y el aumento de la morosidad plantean uno de los principales desafíos económicos y políticos. Mientras el presidente Javier Milei sostiene que se trata de un conflicto entre privados, gran parte de los economistas lo considera un problema macroeconómico con efectos profundos sobre el funcionamiento de la economía.
Libman: “Mientras no se reduzca la morosidad, el consumo seguirá débil”
Emiliano Libman, economista de Fundar, considera que el endeudamiento de las familias argentinas es un problema macroeconómico y no solo de partes como el gobierno nacional. La no recuperación de los ingresos entre las principales causas de la morosidad de las familias.

Entre quienes sostienen esta última posición se encuentra Emiliano Libman, economista de Fundar, licenciado y magíster en Economía por la Universidad de Buenos Aires y doctor por la Universidad de Massachusetts Amherst. Especialista en macroeconomía y desarrollo, participó en Santa Fe del encuentro “Sobreendeudamiento de las familias santafesinas: un debate sobre consumo, derechos y soluciones”, realizado en la Cámara de Diputados provincial.
“La Argentina tiene muy poco crédito en relación con el tamaño de su economía y está muy por debajo de países comparables de la región, como Chile, Brasil, Uruguay y Perú. Esta situación responde a una historia de crisis financieras, inestabilidad y alta inflación, que vuelve el crédito escaso y caro. Milei asumió en diciembre de 2023 con una inflación anual de tres dígitos; luego logró reducirla mediante un fuerte ajuste fiscal. En ese contexto, la expansión del crédito dio algo de aire al programa económico, pero no fue acompañada por una mejora de los ingresos. Así se generaron las condiciones para que muchas personas tuvieran dificultades para pagar sus deudas”, explica Libdman.

-En este contexto, el gobierno también tomó medidas de fondo como la desregulación de las tasas de interés, una de las causas de esta situación.
-Fue una de las primeras decisiones económicas del Gobierno, adoptada mediante el Decreto 70/2023 y llegó cuando muchas personas habían perdido ingresos, ya fuera por la falta de empleo o por las dificultades para llegar a fin de mes. Al mismo tiempo, el crédito comenzó a expandirse con fuerza, mientras el Gobierno prometía una rápida mejora de la economía. Ante la falta de alternativas —o con la expectativa de que la situación mejorara—, muchas familias se endeudaron, aunque las tasas ya eran elevadas. En 2025, dos episodios cambiarios agravaron el problema. El primero ocurrió a comienzos de año, cuando se recurrió al FMI, se abandonó el crawling peg, se adoptaron bandas cambiarias y se flexibilizó el cepo. Frente a la presión sobre el dólar, el Gobierno subió las tasas, lo que encareció los préstamos, la refinanciación de deudas y las tarjetas de crédito. El segundo episodio fue el desarme de las Lefis a mediados de año. A mi juicio, fue una decisión comprensible solo desde una perspectiva ideológica: el Gobierno canceló pasivos monetarios y liberó liquidez, lo que generó nuevas presiones cambiarias. Luego reaccionó con una fuerte contracción de la liquidez y llevó las tasas a niveles prácticamente impagables. Como resultado, la economía se enfrió, el crédito se frenó y aumentó la morosidad.
- Ahí empezó la bola de nieve.
-Venías gestándose, pero si venías con la soga al cuello, ahí directamente te tapa el agua
-En 2024 la gente se endeudó suponiendo que iba a poder pagarla porque, pensaba, después de unos meses, iba a haber una recomposición de los salarios que nunca llegó porque las paritarias se homologaban por debajo de la inflación y además hubo un aumento muy fuerte de los servicios públicos.
-La recuperación no llegó. El gobierno tenía una fe ciega en que el programa de baja de inflación iba a continuar a un ritmo muy acelerado, pero se apuró porque cuando la inflación baja del 200 al 30 por ciento lo hace mucho más rápido y la gente se pone mucho más contenta y aliviada, inclusive si tiene otros problemas, que cuando la querés llevar del 30 al 5 porque es más difícil, pagás un costo más alto y la gente lo siente menos. Como el gobierno empezó a darse cuenta de que no era tan fácil bajar la inflación, empezó a hacer un montón de cosas como no homologar paritarias por arriba de la inflación que impidió que las personas que estaban endeudadas tengan los ingresos para poder pagarlas.
- ¿Hay una parte de los endeudados que tiene instalada en su memoria que la inflación finalmente licúa las deudas, como ha sucedido en las últimas décadas?
-Puede haber algo de eso en la memoria de los argentinos, pero no explica la mayoría de los casos. Quien compra un electrodoméstico en cuotas puede beneficiarse si la tasa es fija y la inflación aumenta. Sin embargo, nadie toma una deuda con un costo financiero anual del 3.800 %, por poner un porcentaje, esperando que la inflación la licúe: para eso tendría que producirse una hiperinflación. Con las tarjetas de crédito ocurre lo contrario, porque la deuda no se reduce con la inflación. Quien no puede pagar ni el mínimo suele carecer de recursos o no dimensionar el costo de financiarse. Por eso, atribuir la morosidad a esa expectativa me parece un argumento engañoso y poco representativo.

-Respecto de los morosos, tenés una visión distinta a la del gobierno que lo considera un problema entre privados mientras que para vos se trata de uno macroeconómico. ¿Por qué?
- El gobierno tiene una visión muy individualista de cómo funcionan los mercados, como si fueran entes que cada tanto se chocan entre sí, hacen transacciones, una cosa medio rara. Lo que yo digo es que, si bien son decisiones individuales y obviamente hay gente que se tiene que hacer responsable de las decisiones que toma al margen de cuánto nos pueda gustar, cuando las decisiones individuales se generalizan al conjunto tienen implicancias para todos, incluso para los que no están endeudados. Llevándola al extremo incluso podría tener consecuencias negativas para los propios acreedores. No me queda claro que éste sea el caso, pero a veces se necesita el empujoncito de alguien para resolver este problema porque solamente con la buena voluntad de los bancos o negociando individualmente con los acreedores me parece que no lo van a resolver y al haber tanto nivel de morosidad el crédito se frena y la economía se quede sin combustible. De hecho, la reactivación del año pasado es crédito.
-El gobierno está pensando medidas para reactivar el consumo como una baja de las tasas de interés y una expansión del crédito. ¿Pensas que con eso solamente van a reactivar el consumo?
-Hasta que no se reduzca la morosidad, el consumo seguirá débil. Algunos sectores pueden mostrar una mejora, pero en promedio no veo una recuperación en el corto plazo: la industria y la construcción, que generan empleo, siguen estancadas y la inversión es escasa. Las medidas que se adopten pueden ayudar, pero su efecto será marginal. El Gobierno enfrenta, además, una tensión ideológica: quiere intervenir, aunque procura hacerlo de manera discreta, casi con culpa. Es una suerte de keynesianismo culposo, porque para Milei la intervención parece ser una mala palabra. Caputo es algo más audaz, pero Milei lo limita y las iniciativas terminan siendo pequeñas. Tampoco creo que el Gobierno haga una apuesta fuerte antes de las elecciones, porque teme una dolarización electoral: parte del dinero que se inyecta en la economía puede filtrarse al mercado cambiario. Por eso, pese a que Milei asegura contar con una “bazuca” cada vez mayor, no parece asustar a mucha gente que sigue comprando dólares.
-En este contexto sube el riesgo país, que de todas maneras no se si sirve para medir algo de la economía real.
-Es uno de los termómetros. Si tu abuela o la mía compra dólares, no se refleja en el riesgo país, pero si en inversores que tienen bonos globales. Yo creo que esto es un fenómeno más doméstico. Los mercados ven que el gobierno de Milei pierde popularidad porque la cosa no está funcionando bien, porque el consumo no arranca y porque las medidas para hacer arrancar esto son medio tibias. Los mercados te piden el ajuste, pero después te piden que ganes las elecciones para lo que tenes que poner plata en la calle y te dicen que no hagas eso y que le compres sus bonos.
-Lo curioso es que este mecanismo lo conocemos y seguimos creyendo.
-Porque siempre creemos que esta vez será diferente: “Yo sí voy a poder porque hice el ajuste más grande de la historia”, aunque eso no sea cierto, o “somos el mejor gobierno de la historia”. No sé si figuras como Milei o Trump se apoyan en cierta prepotencia, pero esa actitud también explica parte de su atractivo, sobre todo entre los jóvenes. Al menos fue así durante un tiempo; después de dos años, ya no estoy seguro de que conserve la misma eficacia.

- ¿Pensás que haciendo lo que hace Milei la inflación puede empezar con cero como viene prometiendo?
-Llevar la inflación a esos niveles es muy difícil. A Chile y Colombia, que atravesaban situaciones similares en la década de 1990, les tomó cerca de diez años. No puedo afirmar que sea imposible, pero requeriría un escenario muy favorable o tendría un costo muy alto en términos de actividad, recesión e ingresos. Por eso, no creo que el próximo año sea muy distinto de este. En estos niveles, la inflación suele mostrar una fuerte inercia: muchos precios, como las prepagas o ciertos servicios, se ajustan según la inflación pasada. Si fue del 2,9 %, por ejemplo, tienden a actualizarse alrededor del 3 %. Además, no existe una política de ingresos coordinada. Para llevar la inflación a un valor que empiece con cero habría que alinear paritarias, prepagas, tarifas y otros precios de la economía, de modo que ninguno aumente por encima del índice general. Otra razón por la cual no va a llegar a la inflación cero es porque hay contexto internacional en donde subió mucho el precio de la nafta por la invasión de Trump a Irán. Es muy difícil en ese marco pretender bajar la inflación.
-La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán podría mantener elevado el precio del petróleo, sostener la inflación mundial, impulsar las tasas de interés y encarecer el financiamiento para la Argentina. ¿Coincidís con este diagnóstico para los próximos meses?
-Sí. No soy especialista en petróleo, pero los analistas señalan como probable un escenario de mayor inflación y tasas más altas. Paradójicamente, eso no sería necesariamente negativo para la Argentina, porque también podría aliviar el sector externo. Con términos de intercambio muy favorables y exportaciones en niveles récord, el Gobierno tendría margen para moderar el ajuste y priorizar algo más de actividad, aun si eso implicara una inflación algo mayor, siempre que no se desestabilice el mercado cambiario. Sé que es una decisión difícil en un año electoral y que quizá no encaje con la estrategia de Milei, centrada en sostener el ajuste hasta las elecciones. Sin embargo, su buena reputación ante los mercados podría darle espacio para impulsar la economía. El dato llamativo es que la Argentina atraviesa una actividad muy débil, probablemente ya en recesión, sin la habitual crisis del sector externo. Es una situación poco frecuente en casi cincuenta años: existen condiciones externas para aplicar otra política, pero la economía interna sigue sin reaccionar, no camina.
-La Argentina registra exportaciones récord —superó los 10.000 millones de dólares en un mes— y términos de intercambio muy favorables, quizá comparables con los de 2003-2008. Además, el Gobierno conserva apoyo político, de los empresarios, de Estados Unidos. Sin embargo, la inversión no aparece, la economía no arranca y siguen cayendo la cantidad de empresas y empleos. ¿Cómo se explica que, con condiciones que cualquier ministro de Economía habría deseado, la actividad interna siga tan deteriorada?
-El Gobierno ya está pensando en 2027 y, a mi juicio, enfrenta dos opciones. La primera es mantener el ajuste y resistir hasta las elecciones, confiando en que el peronismo no se reorganice y en que podrá ganar de todos modos. La segunda, más audaz, consiste en aflojar la política económica para mejorar la actividad y atraer a los votantes que no forman parte ni del apoyo incondicional ni de la oposición firme. Si esas personas perciben una mejora sostenida, podrían respaldar la continuidad del programa. Ambas alternativas implican riesgos, pero yo elegiría la segunda. El Gobierno, en cambio, parece inclinarse por la primera, que considera conservadora; para mí, es la apuesta más arriesgada.
-Escribiste artículos en Fundar sobre el bimonetarismo en Argentina, que para muchos es el problema más serio de la economía argentina. ¿Tiene solución?
-La buena noticia es que el bimonetarismo tiene solución; la mala es que llevará décadas. Recuperar la moneda exige cuidar las instituciones y sostener una inflación baja y descendente. Chile inició ese proceso hace unos cincuenta años; Perú y Uruguay también ofrecen referencias, aunque conservan cierto grado de bimonetarismo. El problema es que una parte del ahorro argentino queda inmovilizada en dólares y pierde valor porque este puesto a menos del 3% anual que es la inflación en dólares, cuando podría financiar actividades más productivas que estar durmiendo debajo del colchón. Para reconstruir la confianza en el peso se necesitan políticas de Estado acordadas por empresarios, trabajadores y dirigentes. Si la inflación baja de forma sostenida y deja de ocurrir que quien apuesta al peso pierde frente a quien compra dólares, el bimonetarismo podrá reducirse gradualmente. No puede eliminarse por decreto.
- ¿Se puede dolarizar la economía?
-Se puede, pero creo que es una mala idea y que hoy no existen las condiciones para hacerlo sin provocar un grave desorden económico y posibles conflictos legales. Además, pese a que fue una promesa de campaña, Milei no parece dispuesto a avanzar hacia una dolarización como la de Ecuador o El Salvador. Hace dos o tres años estuvimos cerca de perder la moneda, pero, si queremos preservarla, debemos encarar un proceso largo y gradual de reconstrucción de la confianza, similar al que siguieron otros países de la región.








