"Cada 24, un jardín": una propuesta pedagógica para sembrar memoria en las aulas de Santa Fe
Nació en cautiverio, creció entre cartas y ausencias, y convirtió su historia en una herramienta para enseñar en las escuelas sobre el pasado reciente. Desde hace dos décadas, cada 24 de marzo Ana Castro recorre escuelas e instituciones para hablar de la dictadura desde el arte y la educación.
Una charla de Ana Castro en la Escuela Industrial Superior, en 2022. Foto: Guillermo Di Salvatore
A la madre de Ana Castro la torturaron en Devoto, donde estuvo detenida durante la dictadura militar, mientras estaba embarazada de ella. Ambas sobrevivieron a esos tiempos oscuros, aunque sus vidas recorrieron un camino de crianzas separadas, de ausencias, de añoranzas. Ella nació y estuvo un año y medio en cautiverio con su mamá. Luego, creció con una de sus abuelas y más adelante vendría el reencuentro familiar y los relatos compartidos. Ya de joven encontró la forma de cicatrizar su historia personal mediante el arte y la educación, dos pilares sobre los que fundó su hacer y su manera de mantener viva la memoria.
Hoy, 50 años después, Ana es docente de Artes Visuales y directora de la Escuela Primaria N° 16 de San José del Rincón. Recientemente publicó su ponencia pedagógica "Cada 24, un jardín", un trabajo en el que recupera más de 20 años de recorridos por escuelas y distintos espacios educativos cada 24 de marzo, convocada para trabajar la memoria sobre la última dictadura militar argentina. La propuesta se apoya en su propio testimonio, en archivos personales y cartas familiares, así como en producciones artísticas y actividades interdisciplinarias pensadas para abordar el pasado reciente dentro y fuera del aula.
El texto fue seleccionado para el XI Coloquio Latinoamericano y el Caribe en Derechos Humanos y Educación (en Costa Rica) y fue publicado en diciembre del año pasado. Hija de ex presos políticos, la docente incorpora su propia historia como parte del trabajo en el aula. "Hay una doble dimensión -explica-: la educativa y la autobiográfica. Yo trabajo mucho con el testimonio, con la narración en primera persona, pero siempre situada en un contexto. No es contar mi historia sola, es contarla dentro de lo que nos pasó como sociedad".
El proyecto se enmarca en la Pedagogía de la Memoria, impulsada por políticas educativas nacionales desde 2005, y que tiene como objetivo fortalecer la enseñanza del pasado, promover los derechos humanos y consolidar valores democráticos en las nuevas generaciones.
El recorrido de la docente quedó plasmado en "Cada 24, un jardín", un texto presentado en un coloquio latinoamericano de derechos humanos. Foto: Gentileza
Sembrar memoria a través del arte
El nombre de la ponencia alude a la idea de "sembrar memoria". A partir de ese eje, las actividades fueron combinando distintos lenguajes -visual, oral, escrito y audiovisual- para acercar a estudiantes y docentes a la historia reciente mediante experiencias sensibles y participativas.
Según explica, la propuesta nació de un recorrido largo, que recién en los últimos años pudo ordenar. "Tenía registro de todo lo que venía haciendo desde hacía mucho tiempo, pero nunca lo había sistematizado. Cuando se acercaban los 50 años del golpe sentí la necesidad de mirar hacia atrás y ver qué significaban estos 20 años de trabajo en las escuelas", cuenta. Ese proceso la llevó a reconstruir experiencias realizadas en primarias, secundarias, institutos superiores, universidades, bibliotecas populares y cárceles.
El nombre Cada 24, un jardín también remite al lenguaje artístico que atraviesa toda su propuesta. "Soy profesora de artes visuales y nunca abandoné el código estético como forma de contar. En mis trabajos aparece mucho la botánica del litoral, el paisaje, la idea de sembrar y de ver crecer. Hay una analogía entre lo que nos da el territorio y lo que nos da la historia", explica.
La escuela pública es uno de los espacios privilegiados para transmitir la memoria colectiva y construir ciudadanía. Foto: Gentileza
Según sostiene, la expresión artística permite que la memoria se vuelva una experiencia más cercana. "Cada año preparé un dispositivo distinto. A veces fueron muestras, otras murales, otras intervenciones o instalaciones. El arte abre otra sensibilidad para hablar de estos temas".
"Querida chiquitita…"
"...Se extraña todo aquello que se quiere, hija. Y también entenderás que, todo lo que se quiere, se defiende. Por eso, por quererlas tanto, hoy no podemos estar con ustedes". Las líneas de la madre de Ana fueron escritas desde el encierro y la misiva fue recopilada también por la Universidad Nacional de Quilmes. En otra carta, esta vez de puño y letra de la niña, le cuenta a su padre en 1981: "Querido papá, esta es para saludarte y decirte que te quiero mucho y para que sepas que sé escribir solita…".
"Las cartas son muy importantes para mí -explica Ana-. Mis padres estuvieron detenidos durante 9 años y nosotros crecimos leyendo esas cartas. Cuando las llevo a las charlas, la reacción cambia. Una cosa es escuchar una explicación histórica y otra es tener el documento en la mano, escuchar la voz directa. Ahí aparece la reflexión y expresiones como 'yo no sabía que había sido así', que permiten abrir el diálogo".
Entre otras intervenciones realizadas por la docente a lo largo de los años aparecen siluetas negras utilizadas en marchas del 24 de marzo, Cajas de la Memoria -con recortes periodísticos de la época-, lecturas literarias y producciones colectivas con estudiantes como los murales. "Las siluetas, por ejemplo, nacieron para una marcha y después quedaron en la plaza toda la noche. Más tarde las llevé a escuelas, al campo San Pedro, a la cárcel de Las Flores, a distintos lugares. Esas imágenes siguen hablando, siguen dejando huella", sostiene.
Un mural por la memoria pintado por la artista y docente luce desde 2022 en el patio de la escuela Industrial Superior de Santa Fe (UNL). Foto: Di Salvatore
Un contenido curricular
El trabajo considera que la escuela pública es uno de los espacios privilegiados para transmitir la memoria colectiva y construir ciudadanía. En ese sentido, la docente remarca que enseñar el pasado reciente del país "no es una elección individual sino una obligación" dado que es parte de las políticas educativas vigentes. "Desde hace años esto está en la currícula. No se trata solo del 24 de marzo, sino de trabajar derechos humanos, identidad, convivencia, democracia. Hay muchos materiales disponibles y mucha producción pedagógica para hacerlo", afirma.
Para Ana, el paso del tiempo también modifica la manera de narrar. "Hay cosas que durante muchos años no pude contar y recién ahora encuentro la forma. La pedagogía de la memoria también es eso: aprender a hablar del dolor desde el 'no dolor'".
-¿Qué opinás de quienes dicen que enseñar la historia reciente argentina en la escuela es adoctrinar?
-Yo siempre respondo a ese cuestionamiento con mi historia. Cuando el relato llega en primera persona cambia todo. Muchas veces alguien me dice "qué suerte que tuviste", refiriéndose a que no fui una beba apropiada o a que mis padres sobrevivieron. Y yo siempre explico que con la dictadura nadie tuvo suerte. Nos atravesó a todos de distintas maneras. Hay una dimensión colectiva del daño, pero también una dimensión personal. Solamente yo puedo hablar de mi propia historia y de lo que viví, y para poder hacerlo también tuve que estudiar mucho, buscar herramientas y formarme. La Pedagogía de la Memoria también es aprender a hablar del dolor desde un lugar que permita reflexionar. No en todos los espacios cuento lo mismo, ni digo lo mismo. Cada grupo requiere un cuidado distinto, y transmitir la memoria también implica responsabilidad.
A 50 años del golpe de 1976, la docente insiste en que sostener estos espacios en las aulas sigue siendo "muy necesario". Lleva cartas, imágenes, relatos y preguntas a cada escuela que la convoca, convencida de que la memoria no se impone, se cultiva.
"Todo lo que se fue sembrando durante tantos años hoy empieza a florecer", dice. Y vuelve a nombrar el jardín. Porque para ella, enseñar derechos humanos también es eso: cuidar lo que crece para que no vuelva el silencio. Como reza una obra de su autoría, instalada en la plaza de Rincón: "Soy pedazo y retazo de un dolor que florece".