Experiencia en India: viaje a los extremos de la humanidad
Inspirada por Teresa de Calcuta, la estudiante de la Licenciatura en Psicología viajó a la India para vivir un voluntariado junto a las Misioneras de la Caridad.
De izq. A der., segunda, Paz Mina con su delantal rosado, junto a un grupo de voluntarias y hermanas Misioneras de la Caridad. Foto: Gentileza UCSF.
Paz Mina es estudiante avanzada de Psicología de la Universidad Católica de Santa Fe y decidió dar un paso que venía gestándose en su vocación: ponerse al servicio de quienes más lo necesitan. La decisión surgió luego de realizar sus Prácticas Profesionales Supervisadas (PPS) de la carrera, en la Unidad de Terapia Intensiva (UTI) del Hospital José María Cullen.
Motivada por su admiración por la obra de la Madre Teresa, eligió Calcuta, una ciudad atravesada por profundas desigualdades sociales.
Meses después de esta experiencia, con 24 años y a un paso de recibirse de licenciada en Psicología, Mina comparte lo que supuso para ella vivir y servir en uno de los lugares más desafiantes del mundo.
-¿Cómo fue llegar a la India y quién te acompañó?
-Es un destino de voluntariado accesible porque no requiere inscripción previa. Las "sisters" -las Misioneras de la Caridad- reciben voluntarios que simplemente se acercan y se ponen a disposición por unos días o semanas. No hay requisitos formales ni exigen un inglés avanzado. En mi caso, viajé con un grupo pastoral universitario de Madrid, me contacté con ellos, y así surgió el viaje.
El grupo era muy diverso, con personas de distintos países, especialmente de Corea. Durante el mes que estuve allí, fui la única argentina. Participaban personas de distintas edades, incluso familias enteras. Todos somos necesarios allá: no importa si sos presidente o estudiante, cuando estás dando de comer a un enfermo todos volvemos a la misma realidad y servimos desde el mismo lugar.
-¿Cómo es la sociedad en la India y qué lugar ocupan las hermanas en ese contexto?
-La superpoblación se percibe con claridad: hay un ruido constante, sobre todo de bocinas; y cruzar la calle puede convertirse en una verdadera aventura, porque las normas de tránsito casi no se respetan.
Conviven distintas religiones: el hinduismo es mayoritario, seguido por el islam, mientras que el catolicismo representa un porcentaje muy pequeño de la población. La cultura está profundamente marcada por estas creencias, especialmente sobre la reencarnación. Esto influye en la forma de entender la vida y la muerte, y también en el vínculo con los animales, que muchas veces son considerados al mismo nivel que las personas. En ese contexto se observa mucho abandono y pobreza, aunque la gente suele ser muy generosa y amable.
Paz Mina junto a una de las mujeres que cuidaba habitualmente durante su voluntariado. Foto: Gentileza UCSF.
La congregación sostiene numerosas casas de acogida en distintas partes del mundo, donde el eje es el mismo: ofrecer cuidado, dignidad y presencia a quienes viven en situaciones de mayor vulnerabilidad. Una de las más conocidas es Kalighat, destinada a personas moribundas que se encuentran en la etapa final de su vida, para ofrecerles una muerte digna y acompañada. Existen otras, como Prem Dan, que acoge a personas en situación de calle con discapacidad física o intelectual; hogares para mujeres con problemáticas de salud mental y centros especializados en personas con parálisis cerebral.
-¿Cómo era un día en Prem Dam?
-Los días seguían una rutina bastante marcada, excepto los jueves, que era nuestro día libre. A las 5.30 nos levantábamos, participábamos de la misa, desayunábamos con las hermanas y a las 8, íbamos a la casa asignada para el voluntariado. Allí realicé tareas de limpieza, di de comer a varios residentes y brindé afecto a través de gestos sencillos, como pintarles las uñas o hacerles compañía. Después del almuerzo podíamos seguir ayudando en la calle o descansar. A las 18 nos reuníamos en la Mother House -la casa madre de las Misioneras de la Caridad- para la hora santa y la adoración eucarística. El día terminaba con la cena y un descanso temprano.
-¿Qué vínculos encontraste con tu formación en Psicología?
-Junto al tutor de mis PPS en la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital Cullen, el psicólogo Martín Alloati, veníamos reflexionando sobre la deshumanización desde una perspectiva clínico-ética. Las personas son sujetos de derecho y merecen ser tratadas como tales, más allá de las condiciones que muchas veces no las reconocen de esa forma. En contextos de extrema vulnerabilidad -como puede ser una UTI- existe el riesgo de reducir al paciente a su cuerpo biológico. El sufrimiento allí es muy grande.
En Calcuta vi algo que dialogaba con esas reflexiones: el trabajo de las hermanas consistía, en gran medida, en devolver humanidad a quienes habían sido olvidados. Darles ropa, abrigo o comida, pero también presencia y cuidado. Recuerdo especialmente a una mujer -a la que apodé "negrita" por su tez- que tenía dificultades para comunicarse y hablaba un idioma que yo no entendía. Mientras le daba de comer, enfriaba la comida y le hablaba en español, diciéndole cosas simples: que estaba linda o que sus collares eran hermosos.
De repente se le cayó una lágrima. Pensé que algo le dolía, la sequé y seguí hablándole. Luego comenzaron a caerle más lágrimas, así que le pedí a una compañera que le preguntara en su idioma si se sentía mal. Ella respondió que lloraba por la forma en que la estaba tratando. En ese momento todos nos emocionamos. Ahí comprendí el valor de una mirada y de una palabra dicha con amor: pueden devolver humanidad. De eso trata mi trabajo final de carrera, no solo en esos contextos de enfermedad o pobreza, sino también en la vida cotidiana: entre estudiantes y docentes, por ejemplo, al momento de rendir un examen.
Mirarnos a los ojos también es una forma de reconocer al otro. No salvé vidas ni transformé el mundo, pero sí pude mirar a los ojos a quienes estaban allí. Ver su padecimiento, estar presente. Agradezco el regalo de poder custodiar a otros por un rato. Me siento la persona más afortunada del mundo por eso.
-Después de todo lo vivido, ¿qué te llevás de esta experiencia?
-El mundo necesita personas dispuestas a involucrarse con la realidad. La acción social permite conocer los extremos que existen en la humanidad y contribuye a formar profesionales más sensibles. No todo es como lo vemos en el lugar donde nacemos: una gran parte de la humanidad vive en condiciones muy precarias. Salir de nuestras burbujas y adentrarnos en esas realidades nos ayuda a trabajar después de manera más consciente y abrir la cabeza.
Más allá de la carrera que elijamos, siempre vamos a trabajar con personas. Ese trato cotidiano puede ser profundamente humanizante o, por el contrario, deshumanizante. Como dijo Catalina de Siena: "Si somos lo que tenemos que ser, prenderemos fuego el mundo entero", a veces basta una palabra, una mirada o un gesto para llenar el corazón de alguien.
El ejercicio de nuestra profesión nos tiene que interpelar a esto. No se trata de romantizar el trabajo -que siempre implica esfuerzo y compromiso-, sino de encontrar en este un sentido que nos movilice y nos recuerde que tenemos algo valioso para poner al servicio de los demás. Dar valor al tiempo y nuestra presencia, eso también es una forma de cuidado. No hace falta viajar siempre tan lejos para vivir esto, podemos empezar en nuestro entorno cotidiano. Si mi presencia en Calcuta logró que al menos una persona se sintiera amada, entonces todo valió la pena.