A los 32, la rusa se ha convertido en una de las figuras más carismáticas y singulares de la escena clásica internacional. Su más reciente álbum -dedicado a las célebres suites para cello solo de Johann Sebastian Bach- marca un nuevo punto de inflexión en una carrera en constante expansión, caracterizada por su versatilidad musical, su curiosidad estética y una presencia escénica intensa.
Para Kobekina, estas obras constituyen un territorio familiar y al mismo tiempo inagotable. Foto: Gentileza Nicolas Hudak / Sony Music Entertainment
El álbum “Bach: Suites para violoncello”, publicado en septiembre de 2025 por Sony Classical, aborda uno de los monumentos más desafiantes del repertorio para violoncello. Las seis suites de Bach han sido consideradas durante siglos un verdadero “Everest” para los intérpretes del instrumento, no solo por su exigencia técnica sino por la profundidad expresiva que requieren.
Para Kobekina, estas obras constituyen un territorio familiar y al mismo tiempo inagotable. “Puede que no haya tantas grabaciones de las suites como estrellas en el cielo, pero hay tantas formas de interpretarlas como miradas posibles sobre esta música monumental”, afirma la cellista. En su lectura, las piezas revelan una naturaleza dialéctica que siempre la ha fascinado: un lenguaje que combina estructura racional y arquitectura sonora con una dimensión emocional profundamente personal.
Cada una de las suites -formadas por un preludio seguido de una serie de danzas- forma parte del núcleo más íntimo de la producción de Bach. Su aura enigmática también contribuye a su estatus legendario: no se conserva ningún manuscrito autógrafo del compositor y la principal fuente histórica es una copia realizada por su esposa, Anna Magdalena Bach.
Para esta grabación, Kobekina optó por interpretar la obra con instrumentos y criterios cercanos a la práctica histórica, una decisión coherente con su interés por tender puentes entre tradición y contemporaneidad. Ese enfoque dialoga con la formación que completó en violoncello barroco junto a la especialista Kristin von der Goltz en Fráncfort.
Un ascenso meteórico
El lanzamiento de este álbum llega tras dos años especialmente intensos para la artista. En 2024 recibió el prestigioso Premio Leonard Bernstein y el Premio Opus Klassik, consolidando un reconocimiento que ya venía creciendo desde su etapa como Artista de Nueva Generación de la BBC entre 2018 y 2021.
Su trayectoria incluye colaboraciones con algunas de las orquestas más importantes de Europa, entre ellas la Konzerthausorchester Berlin, la Wiener Symphoniker, la BBC Philharmonic y la Kremerata Baltica. También ha trabajado con directores de renombre internacional como Krzysztof Penderecki, Charles Dutoit, Jakub Hrůša y Semyon Bychkov.
En 2024 debutó en los BBC Proms de Londres junto a la Filarmónica Checa interpretando el Concierto para violoncello de Antonín Dvořák, experiencia que repetiría en ediciones posteriores del festival. Su presencia en escenarios como el Concertgebouw de Ámsterdam, el Lincoln Center de Nueva York o la Elbphilharmonie de Hamburgo confirma su consolidación como una de las artistas más destacadas de su generación.
Una artista entre siglos
Antes del proyecto dedicado a Bach, Kobekina había captado la atención internacional con “Venice” (2024), su primer álbum para Sony Classical. En ese trabajo propuso un recorrido ecléctico por la música asociada a la ciudad italiana, entrelazando repertorio desde el Renacimiento -con autores como Claudio Monteverdi y John Dowland- hasta creadores contemporáneos como Brian Eno y Caroline Shaw.
El disco también incluía una pieza especialmente significativa: una obra basada en el célebre “Lamento de Ariadna” de Monteverdi compuesta por su padre, el compositor ruso Vladimir Kobekin. La relación artística entre ambos ha sido constante desde los inicios de la carrera de la cellista. Kobekin incluso ha dedicado a su hija una colección de piezas para violoncello solo, pensadas tanto para intérpretes profesionales como para estudiantes.
Para Kobekina, interpretar música escrita por su padre supone una experiencia particularmente intensa. Según ha explicado, su objetivo último como intérprete es ir más allá de la técnica del instrumento: “trascender la madera, las cuerdas y el arco para alcanzar esa sensación de canto íntimo y profundamente personal”.
Con los pies en la tierra
Más allá de su virtuosismo, Kobekina también ha llamado la atención por un rasgo escénico inusual: en algunas actuaciones decide tocar descalza. Lo ha hecho, por ejemplo, en conciertos junto a la directora búlgara Delyana Lazarova.
Lejos de tratarse de un gesto provocador, Kobekina explica que esta elección responde a una búsqueda de conexión física con la música. Tocar sin zapatos le produce una sensación de “enraizamiento”, de contacto directo con el suelo del escenario, que refuerza su concentración y su entrega emocional durante el concierto.
Ese gesto se ha convertido en una metáfora de su forma de entender la interpretación: directa, vulnerable y profundamente humana.
Una sensibilidad singular
Nacida en 1994 en Ekaterimburgo, en el seno de una familia de músicos, Kobekina comenzó a estudiar violoncello a los cuatro años y dio su primer concierto con orquesta apenas dos años después. Desde entonces, su formación la llevó por instituciones de referencia en Moscú, Berlín, París y Fráncfort, donde estudió con maestros como Frans Helmerson, Jens-Peter Maintz y Jérôme Pernoo.
Hoy toca un violoncello Antonio Stradivari de 1717, instrumento histórico cedido por la Fundación Stradivari Habisreutinger-Huggler-Coray.
Su carrera sigue expandiéndose con nuevos proyectos, entre ellos el estreno mundial de un concierto para violoncello escrito especialmente para ella por el compositor estadounidense Bryce Dessner.
Mientras tanto, su lectura de las suites de Bach confirma lo que ya insinuaban sus trabajos anteriores: que en manos de Kobekina el violoncello se transforma en algo más que un instrumento. Se convierte en una voz que dialoga con siglos de música y, al mismo tiempo, con la sensibilidad contemporánea.