"La vecina que jamás saludaba, cada vez que el azar o el ascensor nos juntaba, vino ayer a decirme que mi última novela la excita más que todo Camilo José Cela".

El Nobel español, creador de obras como “La colmena”, concibió la escritura como un choque directo con la realidad, sin atajos morales ni finales tranquilizadores. Lo recordamos en el aniversario de su fallecimiento.

"La vecina que jamás saludaba, cada vez que el azar o el ascensor nos juntaba, vino ayer a decirme que mi última novela la excita más que todo Camilo José Cela".
Ese fragmento de la canción de Joaquín Sabina llamada "El joven aprendiz de pintor" permite mensurar la penetración cultural de la obra de Cela, quien falleció un día como hoy, 17 de enero de 2002.
Talentoso e incómodo, su obra es (apelamos a una comparación de Roberto Arlt) como un cross a la mandíbula, es decir, directa, incómoda y dolorosa. Pero tan necesaria que la literatura de habla hispana del siglo XX no puede pensarse sin su figura y tampoco puede leerse sin tensión.

El autor de "La colmena" sigue generando debates. Cela no fue conciliador, sino, ante todo, alguien que entendió la escritura como una forma de confrontación con la realidad. Era cosa personalidad, de haberse sentido cómodo con el pincel, hubiera sido algo parecido a Francis Bacon.
"Con frecuencia pude hacer más veces lo que quise que lo que me dejaban hacer; todo es cuestión de aferrarse a una idea o a un sentimiento y no cejar", afirmó alguna vez. La obstinación como ética literaria.
Cela escribió 70 obras entre novelas, libros de viaje, ensayos y poesía, pero nunca quiso quedarse en un lugar. Fue pionero del tremendismo con "La familia de Pascual Duarte", cronista implacable de la miseria urbana en "La colmena" y explorador del lenguaje en "Oficio de tinieblas 5".

Para el español Darío Villanueva, Cela estuvo "en la brecha de los cuatro momentos capitales de nuestra novelística de posguerra -el realismo tremendista, la novela social, el experimentalismo y la posmodernidad-, siempre rompiendo con lo estereotipado y abriendo caminos".
Esa resistencia a la clasificación también fue marcada por la editora Valeria Miles, quien recordó que el propio Cela criticaba la obsesión española por etiquetar a los escritores.
En contraste, admiraba la tradición latinoamericana, donde los cruces genéricos y las identidades múltiples eran celebradas. En ese punto, su mirada dialoga con una sensibilidad muy cercana a la literatura argentina.

Publicada en 1951 y prohibida inicialmente en España, "La colmena" sigue siendo su obra más influyente. En el prólogo de la primera edición, fue explícito: "No aspira a ser más que un trozo de vida narrado sin reticencias, sin caridad, como la vida discurre".
Madrid, 1942. Cientos de personajes mínimos, anónimos, quebrados por la posguerra. La novela no juzga, observa. Ese procedimiento conecta a Cela con ciertas tradiciones narrativas argentinas, desde el realismo del mentado Arlt hasta la construcción del espacio urbano en David Viñas.
El vínculo entre la obra de Cela y el cine fue intenso. Sus novelas, cargadas de violencia, climas opresivos y personajes extremos, encontraron en la pantalla un espacio de expansión.

La adaptación más célebre es "La colmena" (1982), dirigida por Mario Camus, quien pudo trasladar al lenguaje audiovisual la estructura coral de la novela, su atmósfera asfixiante y su mirada desencantada sobre la sociedad franquista.
También "La familia de Pascual Duarte" tuvo su versión cinematográfica. El cine encontró en sus textos un reservorio de conflictos primarios: la violencia, la culpa, la marginalidad, la fatalidad como destino social.
La agencia DPA lo resumió así "Cela era muchos Celas". El escritor provocador, ocurrente y a veces soez de las apariciones públicas convivía con el hombre angustiado de sus cartas privadas. "Todos los escritores se inventan personajes. El primero, el suyo propio", señaló su hijo.

Para Eduardo Martínez Rico, "si me dicen la palabra escritor probablemente aparezca en mi cabeza el rostro de Cela". Por su obra, por su presencia, por su peso simbólico y por su forma de habitar el campo cultural.
Años después de su muerte, Camilo José Cela exige lectura crítica, discusión. La suya es una literatura que entiende, como él mismo escribió, que "la vida es lo que vive; nosotros no somos más que su vehículo".