Tom Cruise es un fuera de serie. Ya lo había demostrado en "Nacido el 4 de julio", pero las cumbres que alcanzó en "Collateral" y en "Magnolia" lo pusieron tan alto que bien puede competir contra actores de método como Robert De Niro. A esas alturas parece haber llegado en "Digger", que se estrena en Argentina el jueves 1° de octubre.
La nueva película de Tom Cruise y una mirada incisiva de los superricos que se creen dueños del mundo
Desde el poder de la comunicación de masas y clonación de dinosaurios hasta los experimentos con inteligencia artificial, el cine imaginó varios multimillonarios que confundieron el poder económico con la capacidad de controlar el planeta. "Digger" se ubica en esa tradición con un Cruise irreconocible.

Allí, Cruise se pone en la piel de un magnate petrolero que provoca una catástrofe ambiental y después, hipócritamente, quiere demostrar que es capaz de salvar al mundo. La película trabaja una idea que está a flor de piel en estos tiempos ¿qué pasa cuando una persona acumula tanto poder que empieza a creer que lo puede todo gracias al "dios dinero"?
Digger es, según la sinopsis, "el hombre más poderoso del mundo". Su fortuna está vinculada al petróleo y su imperio deriva en un desastre de dimensiones globales. A partir de ahí, el personaje emprende una cruzada personal para constituirse en salvador de la humanidad. Así es la mentalidad, sentirse Dios por tener una fortuna sideral.
Los nuevos dueños del mundo
La película llega en un momento particular, inédito. Elon Musk, Larry Page, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y otros empresarios tecnológicos lograron una presencia pública que va mucho más allá de sus compañías. Hablan de cohetes, satélites y vivir en Marte a la vez que apuestan miles de millones de dólares por la inteligencia artificial, que los hará más poderosos.
A diferencia de magnates de otros tiempos, dotados de cierta filantropía culposa, a estos la humanidad les importa poco. Lo explicitan desde el momento en que analizan habitar otros planetas. No quiere decir que alguno de ellos sea Digger, la comparación sería obvia. Lo interesante es que el cine viene imaginando hace décadas a este perfil de personajes, donde riqueza y poder son el centro.
En 1941, por ejemplo, Orson Welles rodó "Ciudadano Kane" donde puso el foco en Charles Foster Kane, un magnate de la prensa inspirado en William Randolph Hearst (un súper rico real y desalmado hasta el escándalo) que amasa una fortuna gigantesca y se vale de ese poder sin regulaciones para destruir a sus adversarios y promover su imagen pública.

En "Jurassic Park", de 1993, aparece uno de los más peligrosos magnates, el bienintencionado que juega a ser Dios para (supuestamente) beneficiar a la humanidad. Pero lo que termina haciendo, muy lejos de eso, es generar un apocalipsis a pequeña escala al clonar dinosaurios ávidos de sangre.
John Hammond está convencido de que está haciendo algo extraordinario, el problema es que puede hacerlo y que nadie (salvo el doctor Malcolm) se opone a su delirio. Sobre todo por su poder económico. Pero, y ahí está el drama que expone la película, tener el dinero para hacer algo no significa saber o poder afrontar las consecuencias.
De la obsesión personal al desastre planetario
La misma idea aparece, de otra manera, en "Ex Machina", de 2014, donde se lleva esa lógica al mundo de la inteligencia artificial. Nathan Bateman es un empresario que posee los recursos para construir una inteligencia artificial y aislarla en un laboratorio privado. Sin embargo, las consecuencias de sus acciones son imprevisibles.

Son películas muy diferentes entre sí, pero puede verse un hilo conductor en el individuo que tiene suficiente dinero como para convertir una obsesión personal en un experimento que puede afectar a otros. "Digger" lleva esa locura un poco más lejos, porque el experimento ocurre a escala planetaria.
Pero si existe una película que conviene poner al lado de "Digger", es "No mires arriba" (2021). En esta sátira Peter Isherwell es un multimillonario que se da cuenta de que puede redondear un negocio con el meteorito que amenaza con destruir la Tierra. Mientras, arma su plan de escape por si algo sale mal, pero solamente para él y unos pocos elegidos.
Isherwell se disfraza de benefactor pero dista mucho de serlo. Habla de tecnología, de innovación, tiene respuestas que parecen sensatas, está convencido de que los problemas más grandes pueden resolverse con dinero, datos y capacidad empresarial. En el fondo, solamente le importa aprovechar el desastre para ahondar su poder.

Hay una película anterior, de 1983 que merece ser revisada en esta vinculación del cine con los ultra millonarios. Se trata de “Un tipo genial”. En esta comedia, un empresario petrolero estadounidense manda a un ejecutivo a Escocia para comprar un pueblo y construir una refinería. No les importa que para los habitantes esa es su casa.
El peligro del poder ilimitado
¿Cómo dialoga todo esto con Musk, Zuckerberg y Bezos? En el problema de la concentración de poder en sectores como comunicación, inteligencia artificial y energía. Ni siquiera hace falta que estos millonarios sean villanos al estilo Lex Luthor de "Superman". Basta con medir la dimensión de las decisiones que pueden tomar las empresas que dirigen.
El problema tiene que ver con la creencia de que el poder económico habilita a una persona a decidir sobre el destino de todos. Pensado así, casi podría establecerse un paralelismo con los regímenes totalitarios del siglo XX, donde líderes carismáticos ejercían un poder ilimitado pero sin tener un respaldo legítimo.

El cine viene jugando con esa idea desde hace mucho tiempo, como lo demuestra el poderoso Kane. Lo terrorífico es que esos personajes ya no están en la ficción, ahora son bien reales, al igual que sus apetencias de carácter universal.
Quizás sea por eso que un multimillonario petrolero tan complejo como Digger resulte menos extraño de lo que debería. La pregunta que sigue es si la humanidad, aletargada y llena de otros problemas mucho más mundanos, está en condiciones de limitar el poder de estos magnates.








