“Cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida comience lo antes posible”. Esa es, tal vez, la frase más icónica de la película "Cuando Harry conoció a Sally".

El éxito de la película reactiva un viejo género desde nuevas coordenadas. La rom-com vuelve en clave digital pero ahora tiene menos finales felices garantizados y pone más atención en la incertidumbre afectiva de la época.

“Cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida comience lo antes posible”. Esa es, tal vez, la frase más icónica de la película "Cuando Harry conoció a Sally".
Desde que el cine es cine, la comedia romántica funciona como espejo del modo en que Occidente piensa el amor. El caso prototípico es "Sucedió una noche" (1934), que fijó los rasgos del género: la pareja antagónica, la batalla verbal, el obstáculo que posterga la consumación y el final feliz.
Es, hay que admitirlo, una vertiente bastante subestimada por la crítica, pero al mismo tiempo didáctica para entender cambios sociales, imaginarios afectivos, formas de representación del varón y la mujer y lógicas industriales del cine.
En estos días en que "Gente que conocemos en vacaciones" se instala como uno de los fenómenos de Netflix, aparecen dos preguntas. Una: si la comedia romántica volvió. Otra: qué tipo de romanticismo está reapareciendo en una época marcada por el algoritmo. Para intentar respuestas, cabe evocar algunos hitos recientes.

Estrenada en 1989, "Cuando Harry conoció a Sally" actualizó radicalmente la comedia romántica. El film de Rob Reiner, escrito por Nora Ephron, marca el pasaje de la rom-com clásica, heredera de la screwball comedy de los años 30 y 40, a una versión contemporánea, urbana, neurótica y autoconsciente.
El gran descubrimiento de la película, ya insinuado por Woody Allen en "Annie Hall" unos años antes, es que el amor ya no es un destino, sino un problema a resolver. Harry y Sally hablan de sexo, fracaso, miedo al compromiso y de soledad. El diálogo rápido, inteligente, lleno de observaciones, pasa a ser el "motor narrativo".

La mítica frase del final ("Me encanta que pases frío cuando hace 22 grados; me encanta que tardes una hora y media en pedir un sándwich; me encanta que se te arrugue la nariz cuando me miras como si estuvieras loca…") resume bien la idea.
Ese modelo (no hay que olvidar que se trata de Hollywood, donde las recetas que funcionan son vistas como oro en polvo) se volvió canónico. Es decir, protagonistas adultos, conflictos reconocibles y una estructura que ironiza sin renunciar al final feliz.

La década del 90 es una era dorada para la comedia romántica porque se alinean varios planetas. Estrellas carismáticas, estudios dispuestos a invertir y un público predispuesto a creer en el amor. Meg Ryan, Julia Roberts, Hugh Grant y Tom Hanks protagonizan películas y a la vez encarnan una promesa.
"Tienes un e-mail" incorpora el miedo al avance tecnológico pero en clave romántica. "Un lugar llamado Notting Hill" juega con la idea de la estrella de cine enamorada de un hombre común y corriente. "Mujer bonita" repiensa el cuento de hadas en el mundo neoliberal y "Cuatro bodas y un funeral" suma encanto british.

Un dato de color: la última de las películas mencionadas, dirigida por Mike Newell, también se encuentra disponible en Netflix.
A comienzos de los 2000, algo se rompe. El género comienza a ser cuestionado. Aparecen películas que discuten sus propias reglas. "500 días con ella" desmonta el mito del "destino romántico". Y "Eterno resplandor de una mente sin recuerdos" introduce el trauma, la memoria y el dolor.

La comedia romántica se vuelve más fragmentaria, triste y ambigua. El final feliz deja de ser obligatorio. Es también el momento en que el cine independiente absorbe al género, mientras Hollywood empieza a dejarlo.
A eso hay que sumar un dato contextual: en un mundo sumido en el caos tras el atentado a las Torres Gemelas de septiembre de 2001, una comedia romántica podría parecer fuera de lugar.

Durante la década de 2010, la comedia romántica prácticamente desaparece de las salas. No porque deje de interesar, sino porque deja de ser rentable para el modelo industrial dominante. Las franquicias, los universos compartidos y el cine-evento desplazan a las historias pequeñas.
Al mismo tiempo, el clima cultural se vuelve más cínico. El amor romántico empieza a ser leído como ingenuo o problemático. La rom-com queda asociada a una sensibilidad "pasada de moda".

Las plataformas entienden algo: la comedia romántica funciona mejor en la intimidad del hogar. Aparecen títulos como "Set It Up", "To All the Boys I’ve Loved Before" y, más recientemente, "Gente que conocemos en vacaciones".
El éxito de "Gente que conocemos en vacaciones" no es casual. La película retoma estructuras clásicas (la amistad que deriva en amor, la pregunta ¿van a terminar juntos?, los viajes como ritual) pero las reescribe desde una sensibilidad contemporánea.

Los personajes cargan frustraciones, silencios, decisiones postergadas. El amor no aparece como solución mágica, sino como un riesgo. Hay menos idealización y más escucha. Es, en ese sentido, una comedia romántica que entiende el presente sin renegar del pasado.