Griselda Gambaro, una de las figuras centrales de la dramaturgia argentina, murió este martes a los 98 años. Su obra atravesó más de seis décadas de la cultura nacional y abarcó el teatro, la narrativa y el ensayo, con una escritura que combinó experimentación formal y una mirada crítica sobre las relaciones de poder, la violencia y los vínculos humanos.
El adiós a Griselda Gambaro, una figura fundamental del teatro argentino
Desde el impacto de “El desatino” en los años 60 hasta “La malasangre”, “Antígona furiosa” y “Puesta en claro”, dramaturga y escritora construyó una obra atravesada por el poder, la violencia, las relaciones humanas y la condición femenina. Fue también una de las grandes renovadoras de la escena nacional.

Con su muerte desaparece una autora que modificó profundamente el teatro argentino y que, desde un lugar de singular independencia, abrió además un camino para generaciones de escritoras.
Su producción nunca se desentendió del tiempo histórico: aun cuando evitó el costumbrismo y la representación literal de la coyuntura, sus personajes y conflictos expusieron mecanismos de sometimiento, humillación, silencio y violencia.

De La Boca a la literatura
Gambaro había nacido en 1928 en el barrio porteño de La Boca, en una familia de inmigrantes. Allí cursó la escuela primaria y luego completó sus estudios secundarios en Barracas. Desde muy joven desarrolló una intensa relación con la lectura y supo que quería escribir.
No siguió una carrera universitaria: aunque había pensado estudiar Letras, decidió trabajar y reservar su tiempo para la escritura. Su formación fue esencialmente autodidacta. Trabajó en la biblioteca socialista Sociedad Luz, donde amplió una biblioteca personal que incluyó a Rudyard Kipling, Robert Louis Stevenson, Jack London, Anatole France, Horacio Quiroga y, posteriormente, Silvina Ocampo.
Cuando descubrió el teatro, leyó a Chéjov, Ibsen, Pirandello, Eugene O’Neill, Armando Discépolo y Florencio Sánchez, entre otros.
Su carrera comenzó ligada a la narrativa. En 1963 publicó “Madrigal en ciudad”, que recibió una distinción del Fondo Nacional de las Artes. Dos años después obtuvo el Premio Emecé por “El desatino”, obra que también marcaría su entrada decisiva en la dramaturgia.

El escándalo de “El desatino”
El estreno de “El desatino” en 1965, en el Instituto Di Tella y con dirección de Jorge Petraglia, produjo una fuerte conmoción. En un panorama teatral dominado por el realismo social, Gambaro apareció con un lenguaje diferente, atravesado por el absurdo, la amenaza y la crueldad.
La reacción fue virulenta: hubo críticas que rechazaron la obra y otras que vieron en ella la aparición de una voz renovadora. La propia Gambaro nunca terminó de saber si aquella hostilidad respondía a la ruptura con las formas teatrales dominantes o a su condición de mujer en un ámbito mayoritariamente masculino.
Después llegarían “Las paredes” (1966), “Los siameses” (1967), “El campo” (1968), “Nada que ver” (1972) y “Sólo un aspecto” (1974), entre otras piezas. En ellas comenzó a consolidarse un universo dramático propio, habitado por víctimas y victimarios, relaciones desiguales, silencios, amenazas y diferentes formas de ejercicio del poder.
Su teatro podía hablar de la Argentina sin necesidad de reproducir directamente la realidad política. La violencia cotidiana, las relaciones familiares y las estructuras de dominación funcionaban como metáforas capaces de trascender una circunstancia histórica determinada.

Censura, el exilio y “Teatro Abierto”
La dictadura atravesó de manera directa su trayectoria. En 1977, “Ganarse la muerte”, publicada el año anterior, fue prohibida por el gobierno de facto, que consideró que la novela atentaba contra la “institución familiar y el orden social”. Ese mismo año Gambaro se exilió en Barcelona junto a su marido, el artista plástico Juan Carlos Distéfano, y sus dos hijos.
El exilio fue una experiencia difícil para la escritora. En España le costaba escribir narrativa y, especialmente, teatro: sentía que desconocía la historia del país en el que estaba viviendo y la relación que podía establecer con ese público.
La familia regresó a la Argentina en 1980. Al año siguiente Gambaro participó de “Teatro Abierto”, el movimiento que reunió a dramaturgos, directores y actores como espacio de resistencia cultural frente a la dictadura. Lo hizo con “Decir sí”, protagonizada por Jorge Petraglia y Leal Rey.

“La malasangre” y una nueva etapa
En 1982 estrenó “La malasangre”, una de sus obras más reconocidas. Ambientada durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, la pieza presenta una casa gobernada por la violencia y el autoritarismo de Benigno, cuya lógica de dominación se proyecta sobre toda la familia.
En el centro del conflicto se encuentra Dolores, su hija, y su relación amorosa con Rafael. El ámbito doméstico se convierte así en una representación del poder autoritario y de la posibilidad de resistirlo. La frase de Dolores, “¡Yo me callo, pero el silencio grita!”, quedó asociada a una obra que siguió encontrando nuevas lecturas y puestas a lo largo de las décadas.
A “La malasangre” le siguieron, entre otras, “Puesta en claro”, estrenada en 1986 bajo la dirección de Alberto Ure y con Cristina Banegas como protagonista; “Penas sin importancia”; “Antígona furiosa”; “La señora Macbeth” y “Querido Ibsen, soy Nora”.
En ellas Gambaro retomó personajes y conflictos de la tradición teatral para mirarlos desde otra perspectiva, particularmente desde la experiencia femenina.

Una clave femenina
La cuestión de género fue ocupando un lugar cada vez más visible en su producción. Gambaro escribió en un ambiente teatral en el que las mujeres tenían una presencia mucho menor y, con el tiempo, convirtió esa experiencia en una mirada crítica sobre las relaciones de poder.
Sus protagonistas femeninas no respondían a modelos idealizados. Podían ser víctimas, resistentes, contradictorias o incluso ejercer formas de dominación.
La autora también se interesó por revisar los clásicos desde esa perspectiva: “Antígona furiosa” dialogó con Sófocles; “La señora Macbeth”, con Shakespeare; “Penas sin importancia”, con Chéjov; y “Querido Ibsen, soy Nora”, con “Casa de muñecas”, de Henrik Ibsen.
En 1999 estrenó “De profesión maternal”, donde abordó la relación entre dos mujeres desde una perspectiva cotidiana, sin convertir la sexualidad de los personajes en un elemento excepcional o subrayado. También escribió “El misterio de dar” y “El don”, entre otras obras de sus últimos años.
Pero Gambaro no fue solamente dramaturga. Escribió novelas, cuentos y literatura infantil. Entre sus obras narrativas se encuentra “El mar que nos trajo”, publicada en 2001, donde recuperó aspectos de la historia de su propia familia.

Una vida dedicada a escribir
A lo largo de su extensa trayectoria recibió el Premio Municipal, diversos premios Argentores, el Premio Nacional de Teatro, el María Guerrero, distinciones de la Academia Argentina de Letras y numerosos reconocimientos de la Fundación Konex. En 2016 recibió el Premio a la Trayectoria del Instituto Nacional del Teatro y en 2023 la Biblioteca Nacional le otorgó “La Rosa de Cobre”.
En 2005 se convirtió en la primera escritora en inaugurar la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En 2010, cuando la Argentina fue país invitado de honor en la Feria del Libro de Frankfurt, estuvo a cargo del discurso inaugural en representación de los escritores argentinos.
Sin embargo, su vida pública estuvo lejos de la solemnidad. Gambaro mantuvo un perfil bajo, no disfrutaba especialmente de las entrevistas ni de las fotografías y continuó escribiendo a mano, antes de pasar sus textos a máquina y luego a computadora. Vivía en Don Bosco y dedicaba buena parte de su tiempo al cuidado de su jardín.

Una historia compartida
La muerte de Gambaro se produjo apenas 52 días después de la de Juan Carlos Distéfano, su esposo desde 1955. El escultor murió en julio, a los 92 años, mientras dormía, acompañado por Gambaro. La pareja atravesó más de siete décadas de vida en común, con dos hijos, proyectos artísticos, trabajos compartidos y también el exilio en Barcelona.
Distéfano fue además uno de los primeros lectores de los textos de Gambaro y tuvo un papel en el camino que llevó “El desatino” al Instituto Di Tella. Ambos desarrollaron carreras independientes, pero compartieron una misma casa, una familia y una relación profunda con la creación artística.
En julio de este año Gambaro cumplió 98 años. Al día siguiente murió Distéfano. Poco más de siete semanas después, murió ella.

El legado
“Soy lo que escribo y escribo lo que soy”, había dicho Gambaro en una entrevista con La Nación. La frase resume una concepción de la escritura entendida no como una actividad separada de la vida, sino como una forma de relacionarse con el mundo.
Su obra modificó los códigos del teatro argentino sin abandonar una preocupación permanente por la realidad. En sus personajes aparecen el miedo, la violencia, la obediencia, el deseo, la resistencia y la posibilidad de quebrar los mecanismos de dominación.
Gambaro ya no está. Quedan “El desatino”, “Las paredes”, “El campo”, “Decir sí”, “La malasangre”, “Antígona furiosa”, “Puesta en claro” y una extensa producción narrativa. Queda también una manera de entender el teatro: como un espacio en el que aquello que una sociedad intenta silenciar puede encontrar una voz.









