Hay noches en las que la literatura hace lo imposible. El sábado pasado, en la terraza de la Casa Tomatis, en Mendoza 2811, ocurrió algo así. En el mismo lugar donde Juan José Saer vivió durante sus años santafesinos, entre libros, recuerdos y conversaciones, su figura volvió a ocupar el centro de una reunión. No fue solo por lo que se dijo sobre su obra, sino por la emoción que despertó una voz que, durante unos minutos, pareció acercarlo de nuevo.
Una noche con Saer: la poesía, la amistad y una luna que asomó entre las nubes en la terraza de su antigua casa
En la Noche de los Museos, la Casa Tomatis abrió sus puertas y reunió a un numeroso público alrededor de la memoria del escritor santafesino. El momento más conmovedor llegó cuando Martín Prieto, un estudioso de su obra, leyó “Una elegía”, un poema inédito sobre su vínculo con Saer que había compartido públicamente una sola vez, poco después de la muerte del escritor. Arriba, una luna llena se abría paso entre las nubes, como si también quisiera participar del encuentro.

La escena tuvo varios protagonistas. Una terraza colmada de público, una conversación sobre literatura y amistad, la presencia de José Tuma —sobrino de Saer y actual propietario de la casa— y, por encima de los techos, una luna llena que aparecía y desaparecía entre las nubes. Las nubes, precisamente, como una presencia inevitable en el universo del escritor, a quienes utilizó de forma memorable de su literatura para dejar en claro que esa última es la única realidad.

El momento central llegó cuando Martín Prieto, escritor, crítico y profesor de literatura argentina, además de autor de “Saer en la literatura argentina” (UNL), tomó la palabra para leer un poema propio: “Una elegía”. Explicó que era inédito y que lo había leído públicamente una sola vez, en un homenaje realizado en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, poco después de la muerte del escritor.
El poema forma parte de un conjunto “Retratos de ciertas personas de importancia en mi vida”. Pero aquella noche, en esa terraza y en esa casa, dejó de ser solamente una pieza literaria para convertirse en una evocación íntima. Una manera de reconstruir, a través de escenas pequeñas, conversaciones, viajes y recuerdos, la presencia de un hombre cuya literatura sigue habitando Santa Fe.
Un poema para recordar a un hombre
Prieto comenzó por el título, casi como quien advierte que las palabras no siempre alcanzan para nombrar lo que se quiere contar. “Si una elegía es una composición poética del género lírico en que se lamenta la muerte de una persona y que en español se solía escribir en tercetos o en verso libre, esto no es una elegía”.
La aclaración, que podía sonar a juego literario, era también una declaración de principios. No se proponía escribir un poema convencional sobre la muerte, sino recuperar a Saer a través de la memoria. Y para eso eligió alejarse de cualquier solemnidad: contar al escritor desde las escenas cotidianas, las anécdotas personales, el humor, las pequeñas ironías y hasta los malentendidos que sobreviven al paso del tiempo.
En uno de los primeros pasajes, el poema viaja a París y recuerda un encuentro en la estación de tren Gare de Lyon. También una cena en la que Saer y la madre de Prieto comían ostras. El entonces niño, que tenía apenas diez años, preguntó si encontrarían perlas dentro de ellas. Saer se rio. El recuerdo quedó asociado para siempre a esa risa, aunque el chico creyera entonces que se estaban burlando de él. “Y, como el eco de su risa, esa sensación duró y tal vez dure todavía”, escribe Prieto.

La escena tiene algo de revelador: el Saer que aparece allí no es únicamente el escritor de una obra exigente, el autor de novelas que modificaron el mapa de la literatura argentina, sino también un hombre capaz de despertar fascinación en un chico con una carcajada durante una cena parisina.
El poema avanza después hacia Santa Fe. Saer regresa a la Argentina, pasa por Buenos Aires y Rosario antes de llegar a la ciudad. Prieto se convierte entonces en su informante: le cuenta qué sucede en el ambiente cultural, quiénes son las personas que aparecen en escena, qué leen los jóvenes. Caminan por calle Córdoba y Saer anota en una libreta palabras que encuentra en carteles y publicidades, atento a las manifestaciones del habla social.
Hay allí una observación especialmente interesante para comprender su literatura. Saer no miraba solamente los grandes acontecimientos ni buscaba inspiración en situaciones extraordinarias. Prestaba más bien atención a los carteles, las conversaciones callejeras, los gestos y las palabras que circulaban en la vida cotidiana. La realidad, en sus detalles más pequeños, podía convertirse en materia narrativa. Esa narrativa tan saeriana de contar largo y detallado, cada acto, en páginas y páginas, por efímero que sea.
Prieto recuerda, además, los encuentros con lectores que lo reconocían, los viejos conocidos que se acercaban a saludarlo y los visitantes que intentaban encontrar en la vida real el origen de alguna escena de sus novelas. En uno de esos episodios aparece el humor filoso de Saer: su explicación de que no era la realidad la que necesariamente inspiraba la literatura, sino que muchas veces era la literatura la que terminaba dándole sentido a lo real. “Porque —le decía— en la literatura, afuera de la literatura, no hay nada. Nada”.

La frase, contundente y provocadora, condensa una de las claves de su poética: la literatura no como reproducción transparente del mundo, sino como una forma de construirlo, de reorganizarlo y de hacerlo visible.
La lectura también permitió asomarse a una relación que no respondía a la imagen habitual de la amistad entre escritores. Prieto reconoce que no fueron amigos de esos que se sientan a fumar y conversar durante horas sobre mujeres o literatura. Eso lo hacía Juani con el músico y cronista Roberto Maurer, quien acompañó a Prieto esa noche sentado a su lado en aquella terraza. Sin embargo, compartieron viajes, almuerzos, encuentros y una cercanía que terminó convirtiéndose en materia de escritura. Saer fue amigo de sus padres. Prieto se crió junto a esa amistad heredada. La intimidad del recuerdo no necesitó exageraciones.
La casa real y la casa de la ficción
La elección del lugar le dio a la lectura una dimensión particular. La Casa Tomatis no es una vivienda cualquiera dentro de la historia personal de Saer. Es el espacio donde transcurrió una parte decisiva de su juventud y donde comenzó a tomar forma el universo de personajes que después poblaría sus libros. Y uno de ellos quizá estaba allí, bajo la misma luna. Maurer, o Leto, ¿tal vez? Porque hay algo de su amigo en aquel personaje. Y viceversa.
La casa de Mendoza 2811 fue construida por su padre en la década de 1950. La familia se había trasladado a Santa Fe en 1949, después de vivir en Serodino, donde Juan José había nacido el 28 de junio de 1937. Allí, en esa vivienda que reunía el hogar familiar y un negocio, Saer vivió su adolescencia y parte de su juventud, trabajó en el comercio de sus padres y escribió su primer libro de cuentos, “En la zona”, publicado en 1960.
Pero la casa no quedó confinada a la biografía. Pasó a la ficción. En sus habitaciones, escaleras, ventanas y terrazas encontró escenarios para algunos de sus relatos y novelas. Carlos Tomatis, uno de los personajes recurrentes de su obra, habita literariamente ese espacio. Por eso, ingresar a la vivienda implica algo más que conocer un edificio histórico: supone atravesar una frontera en la que la experiencia real y la imaginación literaria se confunden. Eso fue lo que ocurrió el sábado.

La programación de la Noche de los Museos recuperó esa relación entre arquitectura y literatura. Antes de la charla de Prieto y Maurer hubo otras actividades, entre ellas una presentación dedicada a Lo imborrable, de Juan José Saer. El encuentro “La literatura y la amistad en Juan José Saer” estuvo a cargo de ambos invitados y fue coordinado por la profesora de literatura Valeria Olivieri, otra apasionada por su obra.
Maurer -cronista jubilado de El Litoral- aportó otra perspectiva: la de quien conoció a Saer en sus años de juventud y compartió con él los bares, los libros, las conversaciones y las noches de Cine Club de la Santa Fe de los años sesenta. Periodista, crítico de cine y televisión y músico de jazz, Maurer reconstruyó esa amistad en Juani en “Pequeña crónica de una amistad”, publicado por Ediciones UNL.
La conversación entre ambos permitió que la memoria dejara de ser una evocación distante. Los libros propios de los invitados funcionaron como puertas de entrada a una época y a un grupo de personas que, alrededor de Saer, construyeron una trama cultural decisiva para Santa Fe.
Y entonces estaba José Tuma.
Su presencia tenía otro significado especial. Sobrino del escritor y actual propietario de la vivienda, fue quien permitió que la casa familiar pudiera abrirse al público y convertirse en un espacio de encuentro con la obra de Saer. Pero, además, su parecido físico con Juan José es tan marcado que para muchos de los asistentes resultaba difícil no hacer una asociación inmediata. En medio de aquella reunión, verlo circular por la casa producía una ilusión particular: la fantasía de que Saer todavía estaba allí, recorriendo sus habitaciones, escuchando las conversaciones o asomándose a la terraza.

No era una confusión, naturalmente. Era algo más cercano a un deseo: el de encontrar, aunque fuera por un instante, un rastro físico de alguien que sigue presente en sus libros.
Las nubes, la luna y una despedida en Montparnasse
A medida que avanzaba la lectura, el poema iba dejando atrás las anécdotas para acercarse a algo más difícil de explicar: la persistencia de una persona en los lugares, los objetos y las palabras que dejó. Prieto enumeró entonces aquello que permanece de Saer: los argumentos y los escenarios de sus novelas, las calles de Santa Fe y la costa, sus frases largas y provocativas, los personajes, los paisajes y esas imágenes que los lectores reconocen incluso mucho después de haber cerrado sus libros.
Aparecieron el calor, los melones, los gorilas, el bañero, el viejo Arce, los Particulares, el sillón de Viena. Y también las manchas de colores que avanzaban por el camino arenoso de la ciudad hacia la costa y que terminaban siendo las sombrillas de la Negra, Josefa y una amiga.
La enumeración tenía algo de inventario afectivo. Eran fragmentos de un mundo que, para quienes leyeron a Saer, no necesita demasiadas explicaciones. Un mundo profundamente ligado a la geografía del litoral, a sus ríos, sus caminos, sus árboles, sus pueblos y esa luz particular de la llanura que atraviesa buena parte de su obra.
No es casual que Santa Fe ocupe un lugar tan central en su literatura. Aunque Saer se radicó en Francia en 1968, donde trabajó como profesor de literatura en la Universidad de Rennes, nunca abandonó literariamente la región. Desde París siguió escribiendo sobre un territorio que conocía íntimamente y que transformó en una geografía universal. Hoy el mundo conoce las calles de esta ciudad a través de sus cuentos y novelas.

Su obra abarca novelas fundamentales como “El limonero real”, “Nadie nada nunca”, “Glosa”, “El entenado”, “La pesquisa”, “La grande” -novela póstuma- y “Las nubes”, además de cuentos, ensayos y poesía. En 1987 recibió el Premio Nadal por “La ocasión”. Murió en París el 11 de junio de 2005, a los 67 años.
El final de “Una elegía” regresó a París. “Como ardió mi cabeza esa noche en Montparnasse, cuando, después de una cena mundana, supe de pronto y sin pensarlo que ya no nos volveríamos a ver”, dice Prieto.
Es un cierre que conmueve precisamente porque no busca la grandilocuencia. La conciencia de la pérdida aparece de golpe, como sucede tantas veces en la vida: no necesariamente en el momento de la despedida, sino después, cuando algo cotidiano adquiere retrospectivamente un significado definitivo.
Mientras Prieto leía, la noche santafesina acompañaba la escena. La terraza estaba llena, silenciosa, atenta, con una gran cantidad de público que había llegado para participar de las actividades y escuchar a quienes habían conocido, estudiado y compartido momentos con el escritor. Por encima de los edificios, una luna llena se asomaba entre las nubes. Por momentos aparecía con claridad y, enseguida, volvía a quedar cubierta. Era difícil no encontrar allí esa asociación literaria.
La luna, las nubes y la terraza parecían completar una escena que ningún programa de actividades podía haber previsto.
Después de la charla, la noche continuó con música en vivo, a cargo del Dúo Casis & Hussein, en el segmento anunciado como “Jazz bajo las estrellas”. La literatura dio paso a la música, aunque el clima de intimidad y encuentro permaneció.

Quizás eso haya sido lo más significativo de aquella apertura de la Casa Tomatis: comprobar que la memoria de Saer no está solamente en las bibliotecas, en las universidades o en los estudios críticos sobre su obra. No está sólo en el encuentro íntimo con cada lector. También está en una casa santafesina de Mendoza al 2800, en los recuerdos de sus amigos, en el parecido de un familiar, en las historias que todavía pueden contarse y en los lectores que se acercan para reconocer los escenarios de una literatura que sienten propios.
Prieto había comenzado diciendo que aquello no era una elegía. Y tenía razón. Aunque el poema hablaba de la muerte, de la distancia y de la imposibilidad de volver a encontrarse, su lectura terminó produciendo el efecto contrario al de una despedida: durante unos minutos, Saer volvió a estar entre los suyos.
Arriba, la luna seguía asomándose entre las nubes.








