"Como dice Marguerite Duras, a nada le tengo más miedo que al olvido", dijo una vez Beatriz Guido. Frase premonitoria si las hay, porque de la escritora rosarina (junto a Silvina Bullrich y Marta Lynch, una de las más leídas de Argentina en los 50 y 60), se habla menos de lo que su notable obra amerita.
"Santa Fe es mi segunda ciudad": la visita de Beatriz Guido que resguarda el archivo de El Litoral
El 27 de agosto de 1967, la autora de "La casa del ángel" llegó a Santa Fe y conversó con un cronista de este diario. La charla incluyó arte, peronismo, censura y literatura.

Sin embargo, El Litoral conserva en su archivo un documento que permite volver a pensar en ella. Se trata de una entrevista publicada el 27 de agosto de 1967, cuando Guido llegó a Santa Fe pocos meses antes de cumplir 45 años, con la certeza de estar en una ciudad que "citó en todas sus novelas".
"Mi segunda ciudad"
"Santa Fe es mi segunda ciudad, mi ciudad intelectual, citada en todas mis novelas, sobre todo en 'Fin de fiesta'", le dijo Guido al cronista, en el vestíbulo de un hotel que el propio texto describe como un lugar silencioso, una suerte de paréntesis para la conversación.
En 1967, Beatriz ya no era la joven que en 1954 había ganado el premio Emecé con “La casa del ángel”, que tres años después Leopoldo Torre Nilsson, su compañero de vida, llevaría al cine. Era, para entonces, la autora de "La caída" (1956), "Fin de fiesta" (1958) y "El incendio y las vísperas" (1964).

La entrevista de El Litoral la encuentra ahí, en ese paso entre la escritora consagrada por el éxito de ventas y la mujer que, apenas mencionada su formación filosófica en París con Gabriel Marcel y en Nápoles con Benedetto Croce, decía que su sino "parecían ser los viajes".
"Premonición de horas terribles"
El centro de la charla estuvo lejos de lo autobiográfico y se centró en lo político, en esa Argentina de 1967, que se encontraba bajo la asfixiante dictadura de Juan Carlos Onganía, en el poder desde el año anterior.
"Creo que la censura es el signo más triste que pueda suceder en un país. Es la premonición de horas muy terribles por venir. Nada nos ha sido más nefasto que la prohibición de 'Bomarzo', 'Blow-up' y 'La vuelta al hogar'", afirmó.
Consultada sobre si la censura ahogaba la expresión artística, fue categórica. "Totalmente. Eso se puede ver en cualquier régimen político que emplea la censura como arma de oposición a la cultura. No es evolución, sino involución".

Cuando el cronista le recordó que en la España franquista autores como Camilo José Cela seguían produciendo obra a pesar de la censura, Guido concedió que apenas que se toleraban "dos obras como cortina" para sostener el boom turístico en ese país.
Moral, literatura y el fantasma del peronismo
La conversación derivó luego a la relación arte y moral. Ahí, Guido volvió a mostrar la contundencia que le había valido enemistades como la de Arturo Jauretche, que llegó a calificarla, según recuerda Mónica López Ocón en Tiempo Argentino, como "una escritora de medio pelo para lectores de medio pelo".
"La obra de arte no puede ser juzgada desde un punto de vista ético. Existen libros buenos o malos. Juzgar, por ejemplo, la moralidad del 'Ulysses', de Joyce, como se hizo en Francia, es un absurdo", sostuvo. Solo admitió, como excepción acotada "una forma de control en televisión y en determinados horarios, pero nada más".
"Al hablar de su propia generación, la de David Viñas y Alberto Rodríguez afirmó "que en toda Latinoamérica y sobre todo para mi generación la política es el pan cotidiano. Mi generación es una generación resentida. No hemos tenido una juventud".

"Hubo diez años, desde los 18 a los 26, con la mordaza del peronismo. Todos esos avatares nos dan una desubicación y un desconcierto, y toda nuestra obra no es nada más que la incógnita o la pregunta del acontecer político en nuestro país, que es el personaje primordial".
La idea de la literatura como "delación" antes que como denuncia panfletaria también apareció cuando se le preguntó si su obra era positiva o negativa. "Creo que positiva es la obra de delación. Esta, aunque sea delación de horror, es siempre positiva. La única obra negativa es la obra del engaño y la mentira".
El cine, Torre Nilsson y los proyectos
Antes de despedirse, Guido dedicó unos minutos a la adaptación cinematográfica de sus propias novelas, que compartía con Torre Nilsson desde que se conocieron en 1951. "Yo intervengo en diálogos y escenas aisladas, pero la estructura general la da Torre Nilsson o el equipo", explicó.
Habló también de "Rojo sobre rojo", su novela de aquel momento, centrada según sus palabras en "la impotencia de un joven de hoy por interpretar las claudicaciones deshonestas de una generación que se dio en llamar romántica e idealista".

Guido moriría en 1988. Este breve buceo por el archivo de El Litoral no establece, ni mucho menos, qué lugar ocupa hoy Beatriz Guido dentro del canon que la discutió durante su vida. Pero si conserva su voz, intacta, discutiendo todavía. Y da garantías que no se cumplió ese olvido que ella tanto temía.








