Leer es como viajar. Leer es como vivir dos vidas, pero sin los cumpleaños que nos hacen más viejos. Algo de eso le ocurrió a Manuel Mujica Lainez. Cuando creyó agotados los temas de la burguesía adinerada de la "misteriosa Buenos Aires", viajó durante unos cinco años por Europa.
De Bomarzo al gabinete de curiosidades
El Jardín de los Monstruos, un legado de los Orsini, fusiona arte y espanto, inspirando a Manuel Mujica Lainez a retratar un Renacimiento lleno de intriga y poder.

Sus ojos quedaron prendados del Jardín de los Monstruos (Parco dei Mostri), cerca de Roma. A ese anti-jardín lo mandó construir el duque Pier Francesco Orsini después de enviudar, un poco como homenaje a su esposa, pero sobre todo como un lugar para el asombro donde "el corazón pudiera serenarse".
Orsini le encargó tamaña obra a Pirro Ligorio, el famoso arquitecto, pintor, anticuario y paisajista italiano que realizó en el siglo XVI la magnífica Villa d'Este, una maravillosa sinfonía de cascadas, gargantas de musicales fuentes y mucho más.
Villa d'Este, ejemplo acabado del renacimiento italiano, toda ella paisaje y danzas de las aguas... un descanso idílico y contagioso de paz y ronroneos acuáticos. Y el Jardín de los Monstruos, como paleta que muestra el dolor, las amenazantes bocas de piedra que parecen que se van a tragar al visitante
¿Habrá sido el punto de inspiración para que "Manucho" Mujica Láinez reviviera un nuevo duque Bomarzo? Con la lectura de la atrapante novela, el lector se pregunta si realmente el Pier Francesco Orsini, duque de Bomarzo, habrá sido tan pervertido y doliente como su otro yo literario?

Mujica Lainez lo retrata jorobado y algo rengo, pero no hay evidencia cierta de que lo fuera. Es real que el personaje era amante del arte, sumamente culto y refinado, ejemplo acabadísimo del Renacimiento italiano.
Pero se desconoce que fuera tan perverso y sin límites morales como el Bomarzo del libro, adicto a las intrigas políticas y familiares, ayudado por poderes satánicos, pervertido sin otros límites que conseguir lo que deseaba, como diera lugar.
En esa época única, turbulenta, matriz del arte como casi ninguna otra, la de los "momentos estelares más grandes de la humanidad", según la expresión del escritor Stefan Zweig, tiempos en que Barbarroja se hacía casi dueño del Mediterráneo pero que además el mundo se hacía más grande, se habían puesto de moda los "gabinetes de curiosidades".
¿Qué eran estos gabinetes de curiosidades? Fueron los primeros antecedentes de museos. Toda testa coronada, todo noble, aristócrata adinerado que se precie, debía poseerlo. Cabinets de Curiosités en Francia, Wunderkammern en Alemania y Austria, Cabinets of Curiosities o Wonder Chambers en Inglaterra y Kunstkammer en Dinamarca.
En España se los llamaba generalmente "gabinete de curiosidades", o también "gabinete de arte y maravilla" o "sala de rarezas". No eran propiamente un gabinete,... ¡eran salones inmensos!

"Los nuevos gabinetes de curiosidades pretendían sumergir al espectador en un micrcosmos que englobaba todo lo que se conocía hasta el momento" (1). Pero en ellos también encontraban refugio lo que hoy llamaríamos hobbies del propietario.
En esos llamativos salones se guardaban las grandes y pequeñas cosas que daban placer y entretenimiento al poderoso señor que las coleccionaba. Por ejemplo, Pier Francesco, duque de Bomarzo, descubre de niño que los labriegos cuando araban las tierras del señor feudal, solían encontrar reliquias antiguas, incluso etruscas.
Y él se las compraba. Fue uno de los pocos entretenimientos que su desdichada infancia tuvo. Limpiaba y lustraba camafeos, mientras sus hermanos "aprendían el arte remunerador de la guerra" (2).
También se buscaba pertenecer a la élite poderosa, en la que se aunaban el ámbito cultural y económico. Era necesario que se hablara de esos gabinetes, que se los envidiara y que se supiera que el dueño era un conocedor, poseedor de "infinidad de objetos exóticos llegados de todos los rincones del mundo".
En aquellas singulares y exclusivas salas "podían contemplarse objetos extraños, muchos de los cuales presentaban unas indudables connotaciones religiosas y mágicas" (3). Poseían todo lo raro, lo difícil de conseguir. Y además, la posibilidad de desaparecer sin que nadie supiera dónde estaba el señor del palacio.
En la novela, el duque lo deja muy claro, ya que cuando descubrió un pasadizo secreto que lo llevaba escondido hasta el Sacro Bosco, se deleitaba fugándose para regocijarse a solas en esa especie de propio santuario.
Gabinetes los hubo y muchos. Todos muy famosos. Por ejemplo, uno de los que más sobresalen, es el gabinete Theatrum Mundi del jesuita alemán Athanasius Kircher.
Mientras que las pinturas de Tiziano Vecellio, Rafael Sanzio y Alberto Durero se amigaban en la "sala de maravillas" del castillo del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Rodolfo II de Habsburgo, esos famosos cuadros compartían el espacio con instrumentos que buscaban la inmortalidad y el poder de la magia.
Mujica Lainez ubica a su personaje en un recoleto recinto que se extiende en tres inmensas salas, que "eran mi fiel reflejo, por absurdas, por intrincadas, por monstruosas./ (...) Habitaciones casi secretas en las que el tiempo fue superponiendo la más diversa, la más desconcertante y fascinante colección de creaciones sugestivas" (4).
Y en más páginas sigue la casi interminable enumeración de todo lo que a través de los años y de sus variables antojos, había reunido en esa especie de "cueva de Alí Babá, donde en lugar de sacos de oro y de arcones henchidos de joyas, se hacinaban las pruebas alucinantes de la fantasía humana".
Esas salas atiborradas fungían como una droga para calmar sus ansiedades: "Perdido en el bosque de los objetos, olvidaría la selva de los hombres" (5).
Pero a la vez que Vicino, para los íntimos, el duque Orsini, el dueño del bosque, del paisaje, de la virginidad de cualquier moza que se le antojara tener a mano, propietario de los sembrados, de los tributos cada vez mayores que exigía para llevar a cabo el increíble Jardín de los Monstruos, esas rocas talladas, esas bocas hambrientas y amenazantes, añadían asombro y prestigio a toda la villa Orsini.
Con la construcción de ese Sacro Bosco, el duque erigió en vida su propio monumento. Como él mismo dice en la obra, ningún escritor, ningún poeta, ningún papa, tendrá tamaño recordatorio porque él, que se asume como un monstruo por su giba, su pierna enclenque y por ser asesino de sus hermanos, repetirá al igual que su padre: ¡Los monstruos no mueren!
Y ese Parque de los Monstruos (Parco dei Mostri) existe todavía en la vida real, aunque parezca una pesadilla. Se levantó aprovechando las ondulaciones del terreno y convirtiendo en arte y espanto, grandes bloques de peperino que fueron tallados directamente en el lugar donde se levantaban.
El peperino es una roca volcánica, grisácea, común en la región de Viterbo. Y ese vómito de los estertores de la tierra pariendo lava, justo se prestó para que el duque construyese otro "gabinete de curiosidades" esta vez a cielo abierto.
Pero todo lo contado hasta aquí surge de la sensación de que en realidad, el gran gabinete de curiosidades que todo lo contiene, es la novela en sí. "Bomarzo" -publicada por primera vez en 1962-, como novela, surge de la tremenda erudición, que brota tormentosa de su elocuente imaginación.
Este libro posee la interminable enumeración de toda la nobleza papal, en los pecados y pocas virtudes de los Borgia, los Médicis, los Colonna, otros príncipes (en total veinte), duques, cardenales, condottieri, bufones, artistas, cortesanos, curalotodo, nobles de la más arraigada prosapia, que se comportaban como vulgares mercenarios.
Y en la extensa novela, el autor va aupando personaje tras personaje. Todos desfilan obedientes al llamado del autor para agregar más figuritas al Gabinete de Curiosidades.
Carlos V por ejemplo, aquél Habsburgo que soñaba en idioma español, ese emperador, dueño de tal extensión geográfica, que siempre era de día en alguna parte del imperio y de los papas, Clemente VII, Paulo III, Julio III, etc. etc. Barbarroja, Solimán el Magnífico, Miguel Ángel Buonarroti, Benvenuto Cellini, el propio Tiziano.
No es de extrañar que Miguel de Cervantes Saavedra también dé su presente en la obra y auxilie al duque Orsini. Uno de los pocos intervinientes que parece que le caían bien a Manucho es Juan de Austria, gracias a quien Lepanto fue un triunfo decisivo para Occidente.
A los 23 años fue el héroe de cruda batalla naval. Andrea Doria fue el otro capitán destacado en la contienda, pero no gozaba de igual simpatía ante Mujica Lainez. .
Para conocer en nuestros días un Gabinete de Maravillas, o Gabinete de Curiosidades, basta con empezar a leer este libro, ir abriendo estuche tras estuche, cajoncitos y estantes, para caer de pronto, desnudo, casi indefenso, del otro lado del tiempo:
¡En el tremendo Renacimiento europeo, que al igual que la Boca del Infierno, la del monumento a Orcus, aquél del Jardín de los Monstruos, nos devorará sin piedad!
Referencias
(1) Ver https://historia.nationalgeographic.com.es/a/los-gabinetes-de-curiosidades-un-mundo-magico-y-misterioso_19438 - National Geographic.
(2) "Bomarzo", Manuel Mujica Lainez. Editorial Debolsillo, Buenos Aires, 2012, página 67.
(3) Ver https://historia.nationalgeographic.com.es/a/los-gabinetes-de-curiosidades-un-mundo-magico-y-misterioso_19438 - National Geographic.
(4) "Bomarzo", Manuel Mujica Lainez. Editorial Debolsillo, Buenos Aires, 2012, página 495.
(5) "Bomarzo", Manuel Mujica Lainez. Editorial Debolsillo, Buenos Aires, 2012, pa´gina 496.











