Omar el Khayyam: matemático, astrónomo, médico y polímata
Tan sabio como agudo observador, este singular erudito corrigió el calendario persa con precisión asombrosa y sentó las bases para ecuaciones cúbicas, varios siglos antes de ser comprendidas en Europa.
Omar el Khayyam. Sabio persa de la Edad de Oro del Islam, destacado en varias disciplinas. Fue famoso, entre otras cosas, por clasificar y resolver ecuaciones cúbicas, reformar el calendario jalali y por sus célebres poemas filosóficos titulados Rubaiyat, que exploran la brevedad de la vida.
"Allá lejos y hace tiempo", un 18 de mayo, tal vez de 1048, en la antigua Persia nació Omar el Khayyam. Para acercarnos al prodigio de sus obras, se necesitarían varios libros y diferentes especialidades. Se debe ser un avezado matemático, saber de astronomía, de álgebra, de medicina, para comprender el alcance de todos sus saberes. A este tipo de genios se los llama polímatas.
Si hablamos del Siglo de Oro del islam, debemos reconocer que se extiende casi como una era, desde el siglo X al XIII y Omar el Khayyam, sabio versado en una cantidad increíble de ciencias, es un exponente acabado de ese Renacimiento en las artes y las ciencias, resurgimiento éste que se anticipó al Renacimiento europeo del siglo XV.
El ávido lector encontrará diferentes grafías para su nombre. Eso se debe a la transliteración, la traducción desde un idioma a otro. Traducido al inglés se escribe Omar Khayyam, al español -según la Fundación del Español Urgente- Omar Jalan y al árabe Omar al-Jayyam u Omar ibn al-Jayyam.
Cualquiera de las traducciones resultará más fácil de leer que su nombre persa completo: Ghiyath al-Din Abu l-Fath Omar ibn Ibrahim Jayyam Nishapurí. Vio la luz en Nishapur, conocida como "Ciudad de la noche", un llamativo nombre para este genio, quien con su nacimiento iluminaría todas las ciencias y también la literatura, no solo de Persia sino del mundo.
Omar recibió una esmerada educación, pero el compendio de conocimientos que manejó, no se debe sólo a sus maestros sino a la inteligencia de superdotado que poseyó. Lo que conocemos de su vida, tiene visos de leyenda:
"En el 1070 se trasladó a Samarcanda, donde el patrocinio del jurista Abú Taher le permitió completar su Tesis sobre Demostraciones de Álgebra y Comparación. Con ella logró gran reconocimiento y prestigio, hasta el punto de ser llamado por el sultán Malik Shah I, quien le encargó la construcción de un observatorio astronómico".
Durante dieciocho años trabajó en diversas ramas de la astronomía. Uno de sus grandes aciertos fue la corrección del antiguo calendario zoroástrico. Con los cálculos que realizó, determinó el error del calendario persa, que tenía un año de 365 días exactos.
Khayyam calculó la duración del año con una exactitud pasmosa. Su error es de apenas un día en 3.770 años, más exacto aún que el calendario gregoriano (un día en 3.330 años), que se empezó a utilizar en Europa desde el 15 de octubre de 1582 (1).
Los estudiosos de sus adelantos destacan que su afirmación de que "no se pueden hallar las raíces de las ecuaciones de tercer grado mediante regla y compás no pudo ser demostrada hasta 750 años más tarde. Y la teoría de las ecuaciones de tercer grado no fue desarrollada hasta el siglo XVII, por René Descartes".
Si a la India le debemos el 0 (cero) y al matemático italiano Leonardo de Pisa (Fibonacci) que lo popularizara en Occidente, a Omar Jayam le debemos que la incógnita de las ecuaciones se llame X. Pero además, ni la medicina ni las ciencias naturales le fueron indiferentes. Sobre ellas dejó varios estudios y adelantó saberes que Europa, recién mucho tiempo después, los conoció.
Las Rubaiyyat o el Rubaiyat han hecho correr ríos de tinta. Sus versos son hermosos, con suave cadencia que incluso las traducciones no logran arruinar, son inmortales sus cuartetas. Manejó como avezado lingüista cada verso, y al poema lo impregnó a veces con el sentimiento del infortunio, de que todo es perecedero.
Erróneamente fue tildado de hedonista, porque a veces zigzaguea con el "carpe diem" del poeta romano Horacio, ese gran lírico del siglo VIII a.C. quien instituyó esa frase para que aprendamos a disfrutar del momento, ante lo rápido que se nos escapa el tiempo.
Por qué pensar en hedonismo en él. ¿Acaso poemas en nuestra lengua, no tienen un acabado ejemplo de lo fugaz que es todo lo bueno? Tal vez... ¿no es un sentimiento parecido al de Jorge Manrique, que se resiente con el "tempus fugit" y el preguntarse "ubi sunt"?
¡¿Dónde están?! cuando nos recomienda en el siglo XV que: "Recuerde el alma dormida,/ avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando (...)". Y ante ese agónico pensamiento, el persa posa su mirada en la mujer amada.
En el Rubaiyat celebra el vino (2). ¡Nadie como él para cantarle! (por algo lo llaman "El poeta del vino"). Pero también abre los ojos al fulgor de la primavera y de la naturaleza vibrante. Todo ello entre los vaivenes de la alegría y el pesimismo. ¿Acaso nosotros no tenemos momentos así? ¡Lágrimas y sonrisas!, como dijera Khalil Gibran.
Además de su enorme y generosa erudicción, el gran sabio persa fue un lúcido poeta, que entre otras cosas le cantó admirablemente al vino. En homenaje a esta sutil y curiosa predilección, la bodega egipcia Les Caves Gianaclis comercializa un producto de uvas tintas bobal, llamado "Omar Khayyam" en su honor.
Jorge Luis Borges supo comprenderlo: "Y todo esto aconteció porque (...)/ No saben que la mano señalada/ del jugador gobierna su destino,/ no saben que un rigor adamantino/ sujeta su albedrío y su jornada// También el jugador es prisionero (la sentencia es de Omar) de otro tablero/ de negras noches y blancos días" (3).
El carpe diem de los romanos destiñe en esta cuarteta LIII: ¿Por qué, si contemplando lo de allá y lo de aquí,/ detener lo presente es vano frenesí,/ la fruición de los goces dejas para mañana/ cuando ya ni subsista un vestigio de ti?/
Frecuentemente en sus cuartetas vuelve a mirar la belleza de las flores, especialmente de las rosas (XIV): "Ve cuál dice la Rosa de vívido carmín:/ "Yo exhalo mis fragancias de uno a otro confín;/ suelta el sedoso lazo que ciñe mi corola,/ y arroja su tesoro en medio del jardín".
Entre todo esto, una nota de color: cerca de 1911, un tal Henry Soltheran quiso que se imprimiera (fabricara) el libro más lujoso que jamás hubiese existido. El costo no importaba, así salió a la vida y el lujo "El Gran Omar", o "El libro maravilla" (4).
"Más de 1,000 piedras preciosas y semipreciosas, entre las que había rubíes, turquesas, esmeraldas y otras más, fueron empleadas en su fabricación, junto incrustaciones de plata, marfil y ébano. Además contaba con 600 hojas de oro 22 quilates".
La casa Sotheby's lo subastó a nombre de Gabriel Wells, quien decidió llevarlo a Estados Unidos. Desafortunadamente para él, y para el mundo entero, el libro y su dueño se embarcaron en el Titanic. Cuando el Titanic se hundió, en la trágica madrugada del 15 de abril de 1912, una de las víctimas -justamente- fue este libro.
Tal vez alguien musitó también para él aquellas célebres palabras: "Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego" (expresión histórica atribuida a Cornelio Saavedra al enterarse de la muerte de Mariano Moreno en 1811).
Referencias
(1) Inglaterra siguió usando el calendario juliano hasta el 2 de septiembre de 1752.
(2) Las Cuartetas del Rubaiyyat fueron tomadas de El Golem Revista Literaria Nueva Época digital. Año 6 - Número 26 (encontré allí mejor traducción que la de mi viejo libro) https://www. revistaelgolem.com/2023/04/09/poemas-de-omar-khayyam/
(3) Poema "Ajedrez", de Jorge Luis Borges.
(4) Los datos de "El libro más lujoso del mundo se hundió en el Titanic" fueron tomados de National Geographic en español.