La muerte de Sonny Rollins marca el final de una era en la historia del jazz. El músico falleció a los 95 años en su residencia de Woodstock, Nueva York, según confirmó su familia a través de un comunicado difundido en redes sociales.
Murió Sonny Rollins, leyenda del jazz
El legendario saxofonista estadounidense falleció en su casa de Woodstock, Nueva York. Figura central del jazz moderno, dejó una obra monumental atravesada por la búsqueda artística permanente, la improvisación y una visión espiritual de la música.

Considerado uno de los más grandes saxofonistas tenores de todos los tiempos y uno de los últimos sobrevivientes de la edad dorada del jazz, Rollins dejó una trayectoria de más de seis décadas que redefinió el arte de la improvisación y expandió los límites del género.
Su partida ocurre apenas días antes del centenario de Miles Davis, uno de sus grandes compañeros de generación. Junto a figuras como John Coltrane, Charlie Parker y Thelonious Monk, Rollins fue uno de los músicos que moldearon el sonido del jazz contemporáneo.
Un sonido inconfundible
Dueño de un tono robusto, expansivo y profundamente expresivo, Rollins convirtió el saxofón tenor en un vehículo de exploración infinita. Su manera de construir solos -temáticos, narrativos y llenos de sorpresas rítmicas- revolucionó la improvisación jazzística y lo transformó en una referencia para generaciones enteras de músicos.
Aunque su obra se apoyó inicialmente en el bebop y el hard bop, nunca permaneció quieto. Incorporó elementos del free jazz, del calipso caribeño, del funk y hasta del rock, sin abandonar jamás su identidad sonora. Composiciones como “St. Thomas”, “Oleo”, “Doxy”, “Airegin” y “Tenor Madness” se transformaron en estándares fundamentales del repertorio jazzístico.
Rollins solía definirse como “un trabajo en progreso”. Nunca se mostró conforme con lo ya alcanzado y mantuvo una relación crítica con su propia música. “No me considero un músico que haya aprendido todo lo que quiere aprender”, declaró en una entrevista en 2007. Esa insatisfacción permanente fue, paradójicamente, uno de los motores de su grandeza.
Harlem, el bebop y los primeros gigantes
Nacido el 7 de septiembre de 1930 en Harlem, Nueva York, Theodore Walter Rollins creció en un entorno profundamente musical. Sus padres provenían de las Islas Vírgenes y en su casa convivían el clarinete, el piano y el violín. Aunque comenzó estudiando piano, quedó fascinado por el saxofón a los 11 años y muy pronto empezó a tocar profesionalmente en los clubes de jazz neoyorquinos.
Durante su adolescencia compartió escena y formación con futuros referentes como Jackie McLean, Art Taylor y Kenny Drew. Antes de terminar la escuela secundaria ya grababa junto a músicos de la talla de Bud Powell, Dizzy Gillespie y Miles Davis.
En los años cincuenta se consolidó como una figura central del hard bop gracias a discos fundamentales como “Saxophone Colossus” (1956), “Tenor Madness” y “Way Out West”. Especialmente influyente fue su decisión de trabajar en tríos sin piano, una formación que le permitía una libertad armónica inédita y que cambiaría para siempre la manera de pensar el jazz moderno.
El puente de Williamsburg y la búsqueda interior
En el momento de mayor reconocimiento, Rollins tomó una decisión tan inesperada como legendaria: abandonar temporalmente los escenarios para estudiar y practicar en soledad. Entre 1959 y 1961 pasaba horas tocando bajo el puente de Williamsburg, en Nueva York, buscando perfeccionar su sonido lejos de la presión pública.
Aquella experiencia se convirtió en uno de los mitos más célebres del jazz. El saxofonista regresó en 1962 con el álbum “The Bridge”, símbolo de una nueva etapa artística más abierta a la experimentación.
Su inquietud espiritual también marcó profundamente su vida. Tras superar una dura adicción a la heroína en los años 50, Rollins comenzó a interesarse por el yoga, el budismo zen y las filosofías orientales. Durante finales de los años sesenta y comienzos de los setenta viajó a la India y a Japón, donde profundizó su práctica espiritual.
“La música no era mi propósito en la vida. Mi propósito era ser quien soy”, afirmó años después.
Del jazz al rock y los reconocimientos
A lo largo de su carrera colaboró con prácticamente todas las grandes figuras del jazz del siglo XX, desde Max Roach hasta Clifford Brown, pasando por Coleman Hawkins y Ornette Coleman.
También dejó su huella en el rock: en 1981 grabó el memorable solo de saxofón de “Waiting on a Friend”, incluido en el disco “Tattoo You” de The Rolling Stones.
Su prestigio creció con el paso de las décadas. Ganó premios Grammy, recibió la Medalla Nacional de las Artes de manos de Barack Obama y fue distinguido por instituciones académicas y culturales de todo el mundo.
Aun así, jamás perdió el impulso de seguir explorando. Continuó girando y grabando hasta que la fibrosis pulmonar y otros problemas respiratorios lo obligaron a retirarse definitivamente en 2014.
El arte de seguir buscando
Incluso en sus últimos años, Rollins seguía escribiendo, grabando y revisando ideas musicales. Publicó cuadernos personales, diarios y registros inéditos de conciertos que revelaban una mente obsesionada con la creación y la superación constante.
En una de sus últimas reflexiones públicas, expresó una idea que hoy resuena como despedida: “Creo que cuando una persona creativa termina su vida, continúa en la siguiente existencia. Soy una persona espiritual. No creo que esta vida sea todo”.
Con la muerte de Sonny Rollins desaparece uno de los últimos gigantes vivos del jazz clásico, pero también un artista que nunca dejó de mirar hacia adelante. Su legado permanece en cientos de grabaciones, en la libertad de su improvisación y en esa búsqueda inagotable que convirtió cada nota en una forma de descubrimiento.








